Estados Unidos

Inicio con el pie izquierdo

Horacio Tomalino
viernes, 19 de noviembre de 2010
Nueva York, jueves, 14 de octubre de 2010. Metropolitan Opera House. Lincoln Center for the Performing Arts. Rigoletto. Ópera en tres actos con música del compositor italiano Giuseppe Verdi (1813-1901) y libreto de Francesco Maria Piave, basado en la obra teatral ‘Le Roi s'amusse’ de Víctor Hugo. Estreno: Teatro de La Fenice de Venecia el 11 de marzo de 1851. Otto Schenk, dirección escénica. Elenco: George Gagnidze (Rigoletto), Francesco Meli (El Duque de Mantua), Christine Schäfer (Gilda), Andrea Silvestrelli (Sparafucile), Nino Surguladze (Maddalena), Keith Miller (Monterone), Joshua Benaim (Marullo), Eduardo Valdes (Borsa), Jeremy Galyon (Conde Ceprano), Edyta Kulczak (Condesa Ceprano), Kathryn Day (Giovanna). Coro y Orquesta del Met. Paolo Arrivabeni, director musical. Temporada 2010-11
0,0001996 A contar por esta nueva reposición de Rigoletto, el MET no empezó su temporada con el pie derecho. En términos generales, la reposición de la ópera de Verdi estuvo lejos del nivel de excelencia al cual debería apuntar el máximo coliseo neoyorquino.

Vocalmente, la gran decepción la dio el promocionado y debutante tenor italiano Francesco Meli, quien a cargo de la parte del Duque de Mantua hizo agua por los cuatro costados. Meli es un tenor lirico ligero que se encuentra en proceso de transición hacia un repertorio de tenor dramático, situación que quizás explique tan bajo rendimiento en un rol que debería calzarle como anillo al dedo. Ya desde su entrada en el aria ‘Questa o quella’ se lo vio titubeante, con una línea de canto irregular y técnicamente inseguro a la hora de enfrentar las notas agudas. A medida que fue avanzando la ópera, si bien logró superar una emisión particularmente dura, un fraseo deficiente y un canto por demás monocorde, no logró revertir una interpretación anodina y aburrida del aria ‘Parmi veder le lagrime…’. Su mejor momento lo alcanzó en la famosa cabaletta ‘La donna e mobile…’ donde brilló y pareció emerger el cantante de nivel que todos esperaban y del cual al menos esta noche hubo pocas ejemplos.


Francesco Meli y Nino Surguladze. Fotografía © by Ken Howard


Siempre segura, con una línea de canto homogénea en todo el registro y una técnica admirable, la soprano alemana Christina Schäffer compuso una Gilda convincente en lo escénico y excepcionalmente bien cantada. Inteligentemente, la soprano alemana supo aprovechar al máximo los momentos líricos que le propuso la partitura. De su caracterización no puede dejar de mencionarse la sensibilidad y la expresividad que imprimió en su canto y que dieron a la noche varios momentos de gran carga emotiva.


Christine Schäfer. Fotografía © by Ken Howard

El barítono georgiano George Gagnidze hizo la aportación vocal más interesante de la noche. Su Rigoletto fue magistral. Gagnidze posee un generoso timbre de bellísimo color que unido a un canto bien proyectado y a un fraseo cuidado e incisivo hicieron el deleite del público. Su ‘Cortigiani, vil razza dannata…’ y el dúo final con Gilda fueron de una fuerza interpretativa descomunal y permitieron el reencuentro del publico con un nivel de excelencia que no abundó en esta representación.


Andrea Silvestrelli. Fotografía © by Ken Howard

El bajo italiano Andrea Silvestrelli fue un Sparafucile de gran autoridad escénica y la debutante mezzosoprano georgiana Nino Surguladze una Maddalena solvente y sensual.

El resto de los roles secundarios fueron cubiertos con profesionalismo por muy elementos locales de entre los cuales sobresalieron el Monterone de Keith Miller y el Borsa de Eduardo Valdes.

El coro del MET tuvo una gran noche bajo la atenta dirección del maestro Donald Palumbo.

A cargo de la vertiente musical, fue una grata sorpresa descubrir al debutante director italiano Paolo Arrivabeni quien al frente de la orquesta del MET hizo una impetuosa y aplicada lectura de la partitura verdiana, muy atenta al equilibrio armónico y nunca exenta de tensión dramática.

Con sus más de veinte años en la compañía, la ultraconservadora producción escénica del talentoso Otto Schenk sigue resultando tan atractiva y efectiva como el día de su estreno. En ella nada ha quedado librado al azar, todo rebosa de un supremo buen gusto, gran sentido del teatro y un consumado conocimiento de cuanto requiere la acción del trabajo del regista.
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