Opinión

Apología del Teatro Colón

Daniel Varacalli Costas

miércoles, 9 de mayo de 2001
El propósito de estas líneas no es explayarse sobre los problemas internos del Teatro Colón. Persiguen, en cambio, ensayar una justificación, para mí evidente aunque para muchos irritante, sobre la existencia misma del Colón y sobre la necesidad de que el Estado lo sostenga.Es un lugar común acusar al Colón de elitista, y creo que justamente son los lugares comunes los que inhiben la posibilidad de pensar. En el mes de agosto un célebre comunicador social arremetió una vez más contra el Colón y solicitó públicamente su cierre, demolición, conversión de su predio en una plaza pública y la propuesta de que el Estado lleve todos los años a sus doscientas familias de abonados (sic) a ver ópera a Europa, lo que resultaría más económico que mantener la sala abierta. Semejante irresponsabilidad no puede ser tomada con humor y merece por lo menos una respuesta.La acusación de elitismo que se formula al Colón está sólo fundada en una sensación que, si bien tiene un origen histórico, hoy se encuentra totalmente desvanecida. Es cierto que hubo soberbia en la Generación del 80, pero fue una soberbia productiva, muy alejada del pesimismo y la complacencia paralizantes que hoy padecemos. Si los que opinan ligeramente sobre el elitismo se tomasen la molestia de recorrer, durante cualquier función, los sectores que van desde la cazuela hasta el paraíso y que constituyen la mitad de la capacidad de la sala, observarán que la concurrencia pertenece a lo que queda de la clase media argentina; lo mismo resulta extensivo a la totalidad de la sala en abonos de ópera como el Especial o el Vespertino, o en todas las funciones de la Orquesta Filarmónica o del Ballet Estable. Quien esto escribe se pone como ejemplo de quien durante una década, antes de dedicarse al periodismo y desde los doce años, fatigó las veredas de la calle Tucumán para pagar su localidad de pie en tertulia, generalmente más accesible que el tablón de cualquier cancha de fútbol. Claro que llegado a este punto, debemos profundizar un poco más en la mencionada acusación: el Colón puede ser más barato que el fútbol, pero no es el fútbol. Esto es correcto: los productos más elevados de la cultura son por fuerza complejos y exigen a quien los desea abordar con madurez una predisposición anímica y una formación intelectual. Acusar al Colón de elitista por su propio producto equivaldría a extender la misma invectiva a la gran literatura o a las artes visuales. Porque, ¿cuántas personas en Buenos Aires leen con regularidad libros de alto valor literario? ¿Cuántas recorren asiduamente galerías y museos donde se exhibe la vanguardia artística? Seguramente ese número es sensiblemente inferior al del público fiel a las manifestaciones de la música clásica, ya que el Colón es, en términos cuantitativos, infinitamente más exitoso que cualquier museo o cualquier librería en la Argentina.Sin caer en temas de diván -el elitismo como subterfugio de quienes no les interesa la música y no tienen la honestidad de reconocerlo-, hay factores sociales y económicos que impiden que muchas personas accedan a un espectáculo del Colón. En las condiciones de precariedad y presión con que se trabaja en la Argentina, ¿quién podría exigirle a una persona cuya jornada laboral alcanza las doce horas que tolere una ópera que dura cuatro o una sinfonía de Bruckner? Sin embargo, ¿tiene el Colón la culpa de la situación laboral en la Argentina? ¿La tiene también de que en nuestro país no haya una educación musical estimulante, de que la hora de música haya sido desde tiempos inmemoriales la hora de descanso? Por el contrario, en muchos casos, gracias al Colón, la Argentina puede exhibir tantas buenas individualidades de nivel internacional dedicadas al canto o la danza, y seguir seduciendo a tantos espectadores que, como el firmante, alguna vez descubrieron en su sala el milagro de la música.Pero aun al disipar con datos reales la aureola de elitismo que se le sigue imponiendo al Colón, quedaría pendiente el debate de fondo: si el Colón, dado su carácter deficitario como cualquier teatro lírico del mundo, debería ser financiado por el Estado. Esta pregunta no intenta soslayar la necesidad de incrementar el aporte privado al Teatro, lo que depende no sólo de la política de la institución sino también de una legislación de estímulo que aún no existe en nuestro país. Por el contrario, la consigna apunta a discutir si, aun faltando ese aporte, el Estado debería seguir manteniendo al Colón. El presupuesto del teatro ronda los 44 millones de pesos anuales y se puede recuperar en una buena temporada completa alrededor de un 20 por ciento de esa cifra (dato no menor). ¿Qué pasaría si, siguiendo el encendido consejo de nuestro comunicador social, el Colón se cerrara? Podríamos plantearnos las siguientes preguntas: ¿Se solucionaría el problema de la pobreza en la Argentina? ¿Esos poco más de 30 millones reales -ya que el Colón dejaría de recaudar- serían destinados a ayuda social, o antes bien, a financiar la costosa clase política argentina y a sus no menos módicas afinidades electivas? El Colón dejaría de existir, pero nadie objetaría los elevados presupuestos de organismos por lo menos ineficaces (me ahorraré otros adjetivos más urticantes) como la Secretaría de Inteligencia del Estado, la Auditoría General de la Nación o las mismas Fuerzas Armadas, por no mencionar otras instituciones necesarias para un sistema republicano, pero inequitativas en cuanto a sus prioridades de gastos y su rédito social concreto (como el Congreso Nacional o las legislaturas provinciales). Otra pregunta: con el Colón cerrado, ¿disminuiría la desigualdad social? Ciertamente, no. El Colón cerrado sería un buen argumento para liquidar otras instituciones esenciales del país, como la universidad pública. Tomemos por caso la Facultad de Ciencias Exactas o la Facultad de Agronomía. Nadie puede decir que el cálculo infinitesimal o la mensura de fincas sean más populares que Verdi. Nadie puede decir que el número de interesados en esos tópicos sea mayor que el de los asistentes al Teatro Colón. Probablemente, si se mantiene la proporción, el presupuesto de la universidad pública para esas áreas sea comparativamente superior al del primer coliseo. Sin embargo, ¿es lo mismo nacer en una ciudad donde se pueda estudiar matemática superior que en una ciudad que nos exija emigrar para hacerlo? ¿Es lo mismo vivir en una ciudad donde se pueda escuchar ópera que en una ciudad donde, como en la mayoría de las urbes latinoamericanas, es impensable soñar con que alguna vez se ofrezca un espectáculo de esa magnitud? Es claro que la igualdad social tiene que ver con la igualdad de oportunidades. En Buenos Aires, cualquier persona con inquietud por escuchar música puede hacerlo, aun aquellas de muy bajos recursos (recuérdese que el Colón ofrece espectáculos gratuitos, en su sede y fuera de ella, y otros muy económicos). Con el Colón cerrado, las posibilidades se reducirían notablemente (en el caso de ciertos productos musicales, desaparecerían), como también las de estudiar una disciplina minoritaria si no existiera la universidad pública.A principios de los 90 la Argentina se convirtió en un país infinitamente más pobre y más inicuo, a partir de decisiones como el desmantelamiento de los ferrocarriles o de la radiodifusión pública cultural, ésta última hoy a cargo de Radio Clásica Nacional, que, como el Colón, soporta los embates de acusaciones infundadas que le exigen lo que el Estado no está dispuesto a hacer.Una Argentina sin Colón no sería ni más rica ni menos desigual, sino todo lo contrario, y en grado inconmensurable. Sería un país donde ni ese comunicador social querría vivir, y en el que acaso se cumpliría su sueño elitista de un Estado que pagase a unos pocos la posibilidad de ver ópera en Europa o Estados Unidos. Seguramente él sería de la partida, y a los demás nos restaría ensayar la triste especulación de cuál sería la próxima esperanza que el Estado se propondría liquidar.

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