España - Galicia

Doctor Jekyll and Mister OSG

Paco Yáñez
lunes, 14 de febrero de 2011
A Coruña, viernes, 4 de febrero de 2011. Palacio de la Ópera. Ananda Sukarlan, piano. Orquesta Sinfónica de Galicia. Carlo Rizzi, director. Richard Strauss: Don Juan. Eduardo Soutullo: That Scream Called Silence. Jean Sibelius: Sinfonía Nº6 en re menor. Ocupación 85%
0,0003827 ¿Cuántas orquestas cohabitan en una misma orquesta?... En la Orquesta Sinfónica de Galicia parece que, al menos, dos: una que zozobra desde hace años bajo la batuta de su director principal y otra que se revitaliza en los programas de los numerosos directores invitados que se suceden, año tras año, en la programación herculina.

Hace apenas tres semanas, presencié en Santiago de Compostela una Tercera de Mahler de decepcionantes resultados musicales, por momentos bordeando el mayor de los ridículos, especialmente en algunas intervenciones del metal. En aquella ocasión me encontraba con la cara más gris de la OSG, con una orquesta desmotivada, en la que su director resultaba incapaz de extraer nada más allá de una mera ejecución anclada en la superficialidad y el efectismo más vacuo, ni tan siquiera bien tocada, y en la cual la empatía entre batuta y atriles parecía brillar por su ausencia... Las interpretaciones hablan por sí solas, especialmente del trabajo realizado en los días de ensayos previos, y con respecto a aquella Tercera sinfonía comunicaban serios problemas en el planteamiento de cómo enfocar una interpretación con vistas a extraer el máximo de una orquesta que, aun no estando en el primer nivel europeo, podría dar mucho más de sí.

Al salir de aquel concierto, charlando con uno de los profesores de la OSG, le comentaba mis impresiones al respecto, a lo que esta persona -que por cierto había cuajado una notable actuación- me respondía que tales ‘matices’ (para mí, imperdonables errores de bulto) eran percibidos tan sólo por quienes ‘hilábamos muy fino’... Quizá sean esas personas a las que se deba dirigir una orquesta, o al menos al más fino de todos los hilos: a la partitura, donde se recogen las ideas del compositor. Si tal estándar no se toma como el mínimo exigido, el crecimiento de una orquesta estará condenado al fracaso, a lo acomodaticio, a la mediocridad.

Conociendo la dinámica pendular que afecta a esta orquesta, el distinto grado de motivación y empatía que suelen mostrar los músicos con según qué batutas, esperaba esta noche una interpretación mucho más ricamente hilada que la brindada en Santiago, y más teniendo en cuenta que Carlo Rizzi es uno de los directores más queridos por la plantilla de la OSG, o al menos uno de aquellos con los que parecen mostrar una mayor empatía. Desgraciadamente, mis expectativas no se han cumplido esta noche, y aun siendo un concierto de más refinada musicalidad que el perpetrado en Santiago con Mahler, las sucesivas versiones de este concierto han ido de más a menos.

Abría programa el Don Juan (1889) de Richard Strauss (Munich, 1864 - Garmisch, 1949), uno de sus furibundos y vitales poemas orquestales de juventud, una partitura que, rezumando romanticismo, abre las puertas a un planteamiento que nos llevará directamente al siglo XX, con su moderna orquestación y discurso. Carlo Rizzi llega en su lectura a superar el umbral de lo interpretativo, lo cual no es poco, para dibujar un arranque poderoso en el que retrata a un héroe hercúleo y rotundo; un retrato en el que quizás se hubiese precisado algo más de contención en las trompetas, una sección con una empedernida tendencia en la OSG a la falta de musicalidad, a lo chillón, a la ausencia de refinamiento. Por lo demás, versión notable de este opus 20 straussiano, en la que se percibe una mayor sutilidad en el trabajo entre director y músicos, con mayor atención a los planos, a las dinámicas, a las voces y su sentido, ya sea en los pasajes asertivos que presiden el arranque, en los episodios de galanteo y sensualidad intermedios, o en un final realmente severo en manos de Carlo Rizzi, que poco a poco fue ‘domando’ a los metales en el último clímax orquestal, para brindar un episodio conclusivo brumoso e infernal, plagado de sombras y renuncia, de abatimiento y un sereno morendo en las cuerdas. Como casi siempre en la OSG, destacada presencia de la percusión, así como buen trabajo de las maderas -extraordinario Casey Hill en los pasajes para oboe- y gran firmeza en las cuerdas.

La segunda obra del programa fue That Scream Called Silence (2007), del compositor gallego Eduardo Soutullo (Bilbao, 1968). Autor, asimismo, de las notas al programa, en ellas nos dice que su obra toma como referente la película de Werner Herzog Jeder für sich und Gott gegen alle (1974), titulada en España El enigma de Kaspar Hauser (y editada en DVD -pésimamente- por Manga Films). Según el compositor, el título de este concierto para piano alude a la frase con la que arranca el filme herzoguiano: «Hören Sie denn nicht das entsetzliche Schreien ringsum, das man gewöhnlich die Stille heiβt» (¿No oís el horrible griterío en derredor al que comúnmente se llama silencio?), una frase que, incomprensiblemente, Soutullo cita en sus notas en inglés junto a la traducción castellana; puente y desv(ar)ío éste hacia el norte anglosajón que no se comprende, al estar rodada (y rotulada) en alemán la película de Herzog. Cosas de la lengua del imperio y de su encarceladora dominación global...
 
Precisamente, sobre encarcelamientos varios y coacción de la libertad tratan también las notas de Soutullo, que vuelve a exponer su falta de interés por los procedimientos que se basen en el cálculo, en la serialización o, por extensión, en buena parte de las sintaxis que dominaron la avantgarde de la posguerra, contra la cual muchos de los autodenominados ‘postvanguardistas’ parecen haberse rebelado en las últimas décadas, en muchas ocasiones luchando contra unas supuestas cárceles que no manifiestan más que los nuevos confinamientos en los que estos mismos compositores se han recluido..., y es que la verdadera libertad es un estado al alcance de muy pocos. Dudo mucho que buena parte de estos compositores pudieran realizar una crítica cara a cara a los creadores que supuestamente representan ese ‘encarcelamiento estilístico’ (¿se refieren a Luigi Nono, a Helmut Lachenmann, a Iannis Xenakis, a Brian Ferneyhough, a Pierre Boulez, a José María Sánchez-Verdú, a Emmanuel Nunes, a Karlheinz Stockhausen...?), acusando a estos u otros compositores de ‘falta de libertad’ o comportamientos ‘sectarios’, cuando uno percibe, precisamente, cada día más lo contrario en sus voces.

En 2010 mantuve una entrevista con el propio Eduardo Soutullo para la revista gallega Cavatina, en la cual el compositor me decía que "la mejor respuesta a esa cuestión creo que sigue siendo el desafío que supusieron las obras de György Ligeti en los años sesenta y sesenta frente a la 'estética oficial' que proponía el entorno de Darmstadt, que anatematizaba cualquier obra que hiciese uso de cualquier elemento musical 'sospechoso' (según ellos) de recordar la música tonal (la melodía, por ejemplo)". Bien, recomendaría a Eduardo Soutullo, o a quien tenga ese tipo de pensamientos, que se escuche, sin ir más lejos, la primera caja de seis compactos que el sello alemán NEOS (11060) acaba de editar bajo el título Darmstadt Aural Documents. Composers - Conductors, pues hará recapacitar a más de uno sobre unos cursos que, ya desde la posguerra, han albergado mucho más eclecticismo sonoro que el que algunos ahora quieren (o parcialmente sólo pueden) hacernos ver; y por supuesto, mucha más riqueza, trascendencia y heterogeneidad musical que la que sus catálogos representan.

Dicho esto, hay que reconocer que no le falta a Eduardo Soutullo oficio a la hora de escribir música, demostrando técnica y conocimiento del medio. Ahora bien, en sus reconocidas filiaciones (que incluyen desde la música neomodal al postespectralismo, con nombres que en un recorrido histórico irían de Claude Debussy a Marc-André Dalbavie, pasando por Olivier Messiaen, Tōru Takemitsu, Magnus Lindberg, Jesús Rueda o David del Puerto) Eduardo Soutullo se va tejiendo, de igual modo, una ‘guarida estética’ de tintes, si se quiere, igual de encarceladores -por entrar en la lógica por ellos expuesta-. Las improntas de un Messiaen son tales en el aparato estético de That Scream Called Silence -especialmente en sus pasajes para piano-; es tan audible el peso gravitacional del postespectralismo y sus manierismos finales; que a pesar de su prístina corrección, esta pieza no deja de transitar ‘lugares comunes’ harto (re)conocidos. Es por ello que la losa mayor que veo ahoga este concierto para piano es la falta de personalidad propia, una barrera en la que parece que Eduardo Soutullo se detuviera cada vez que en su partitura tiene la posibilidad de ir ‘un paso más allá’ y adentrarse en un territorio desconocido, en una epifanía que revelara algo sustancialmente idiosincrásico, aun sacrificando por ello el esteticismo y preciosismo formal que el gallego despliega, parte de ese creciente ‘querer gustar’ que se alinea con una declarada búsqueda del público; un público que demostraría su mayor inteligencia valorando propuestas enteramente personales y no constructos epigonales de estéticas ya muy manidas, para nada novedad en nuestros auditorios.

Por otro lado, no sé si ha sido una cuestión de interpretación, de esa suerte de grandes bloques que dominan la obra, de una cierta circularidad, o de qué, pero la respiración y el temblor del silencio no se me han hecho tan patentes como los aullidos de los metales... Desde luego, no nos encontramos ante una reflexión sobre el silencio del calado de los ¿antitéticos? John Cage y Luigi Nono con respecto a ese supuesto vacío repleto de posibles. No creo que sea un problema de una escucha poco atenta. También es cierto que me hubiese gustado una profundización mayor por parte del autor en sus notas sobre este delicado tema, y quizás no tanta retahíla de premios, menciones, encargos, orquestas-que-ejecutan-mis-obras, y demás. En fin, cada uno tiene su estilo...

La interpretación de That Scream Called Silence tuvo como punto fuerte la participación de ese inmenso valor del piano contemporáneo en España que es el indonesio Ananda Sukarlan. Su sutileza, su capacidad para conjugar la precisión rítmica con cierto preciosismo tímbrico, el eco de Messiaen que filia en cada nota, hacen de su versión una lectura en perfecta sintonía con el credo estético de Soutullo, especialmente en sus pasajes centrales como solista, de una intensa poética en la cual parecían resonar los cantos de los pájaros -tanto los del ornitólogo musical de Avignon, como los que Kaspar Hauser escuchaba en los jardines de su benefactor-. Por lo que se refiere a Carlo Rizzi, es probable que no se encuentre ‘en repertorio’ en este tipo de obras, por lo cual su lectura quizás podría haber dado más de sí, como ciertos pasajes de metales, un tanto bruscos. Sutiles efectos de percusión con frotado de arco, maderas bastante finas y cuerdas muy en el lenguaje, completaron una versión notable, al menos en comparación con la lectura que el propio Soutullo nos ofrece en su página web, con Ananda Sukarlan y Adrian Leaper dirigiendo el estreno de la obra con la Orquesta de RTVE. Antes de la interpretación coruñesa, al menos el propio compositor me decía estar satisfecho con el resultado del trabajo efectuado por los músicos, así como con la versión desplegada en el concierto celebrado el día anterior en Pontevedra, con los mismos efectivos.

Cerró el programa la Sinfonía Nº6 en re menor (1923) de Jean Sibelius (Hämeenlinna, 1865 - Järvenpää, 1957). No tengo a este opus 104 del finlandés como una de sus mejores obras, y la verdad es que la dirección de Carlo Rizzi poco hizo por cambiar mi opinión esta noche; aunque a decir verdad, si previamente no lo hicieran los Barbirolli, Maazel, Colin Davis o Berglund, difícil lo tenía el director milanés con la OSG. Su lectura ha pecado de falta de poesía, algo imperdonable en Sibelius. Rizzi no ha llegado a ahondar en el sonido, en el peso de cada nota, en los tejidos tan sutiles, áuricos y densos que hilvana Sibelius en sus sinfonías. Con un tempo muy apresurado -algo que parece estar convirtiéndose en una ‘moda’ generalizada en este comienzo del siglo XXI a la hora de abordar repertorios románticos y postrománticos-, especialmente en el ‘Allegro molto’ final, Carlo Rizzi no llega a calar en una sensibilidad entre lo lírico y lo poético, entre lo liviano y una densidad que en Sibelius sí aflora plena de personalidad.

Curioso el final del concierto en lo que a los aplausos se refiere, pues contrastaba la tibia gratificación por parte del público con la cerrada ovación que los propios músicos tributaron a Carlo Rizzi, algo que viene a dar nuevas muestras de su simpatía por el italiano. Aun siendo en el concierto compostelano más largos y tumultuosos los aplausos por parte del público, no hubo esa reacción por parte de los músicos para con su titular, con el cual parecen haberse quebrado prácticamente las simpatías y los puentes de comunicación. Si el albanés Florian Vlashi, violinista de la OSG, me decía en una reciente entrevista [leer] que desde los atriles se perciben las calidades de los aplausos del público, también desde las butacas los oyentes percibimos (y vemos) este tipo de reacciones y sus significados, sobre todo si contrastamos unos días y otros.

Plenamente abierto ya el debate sucesorio en la OSG, me consta que Carlo Rizzi es en la actualidad uno de los mejor posicionados en la carrera por el podio herculino; al menos uno de los directores que contará con la venia de los músicos, colectivo al que se debería escuchar, como a la comisión artística de la orquesta. No cabe duda de que el milanés representa hoy en día una figura más cercana a los instrumentistas, al tiempo que un planteamiento de trabajo más eficiente y musical. A pesar de que los resultados esta noche no han sido muy halagüeños, sí es cierto que el binomio OSG & Carlo Rizzi ha deparado notables interpretaciones en el Palacio de la Ópera coruñés. Ahora bien, ¿es Carlo Rizzi una apuesta de futuro como director artístico de esta formación? Mucho me temo que, a priori, y conociendo sus programas, no. Más bien se intuye un futuro con ‘más de lo mismo’, si acaso un poco mejor tocado. Resulta en extremo preocupante que Víctor Pablo Pérez haya sido investido de semejantes poderes a la hora de tutelar su sucesión, unos poderes que uno no sabe bien a cuento de qué vienen, tras ya tan largos lustros de reinado. No es más que otro ejemplo de la triste falta de iniciativa y cultura musical por parte de nuestros dirigentes políticos, incapaces de gestionar un plan de futuro ambicioso para el relevo de la OSG, dejando en manos de uno de los principales responsables de su reciente decadencia tan importante relevo, en el que se arroga unos poderes y una influencia que se antojan excesivos... El futuro nos dirá cuál de las caras de la Orquesta Sinfónica de Galicia se hace más audible tras el dilatadísimo relevo en su dirección, tanto en repertorio (crucial) como en calidad interpretativa.
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