España - Madrid

La idea en blanco

Xoán M. Carreira
viernes, 11 de marzo de 2011
Madrid, viernes, 25 de febrero de 2011. Teatro Real. La página en blanco, ópera en dos actos de Pilar Jurado, sobre libreto de la compositora. Obra encargo del Teatro Real. Estreno mundial, Teatro Real, 11 de febrero de 2011. David Hermann, dirección escénica. Alexander Polzin, escenógrafo. Annabelle Witt, figurinista. Urs Schönebaum, iluminador. Elenco: Otto Katzameier (Ricardo Estapé), Nikolai Schukoff (Xavi Navarro), Pilar Jurado (Aisha Djarou), Natascha Petrinsky (Marta Stewart), Hernán Iturralde (Gerard Musy), Andrew Watts (Kobayashi) y José Luis Sola (Ramón Delgado). Coro y Orquesta del Teatro Real. Titus Engel, dirección musical. Producción del Teatro Real de Madrid. Estreno mundial. Asistencia: 75% del aforo (primer acto)-50% del aforo (segundo acto)
0,0007237 Desde hace un año se ha despertado cierta expectación por el estreno mundial de La página en blanco, ópera compuesta por la primera compositora que recibe un encargo para el Teatro Real. El propio teatro destacó en todo momento esta característica ‘femenina’ del encargo y Pilar Jurado, autora del libreto y música de La página en blanco, y protagonista del papel principal de dicha ópera, ha promocionado hábilmente el estreno consiguiendo éxitos tan notorios como un espléndido reportaje en Hola (la más prestigiosa de las revistas femeninas en español), que por primera vez se interesa por un estreno de una ópera española.

Según las informaciones publicadas y las declaraciones de la propia Pilar Jurado, las previsiones de quienes encargaron la ópera no preveían una producción acorde con el proyecto que ellos mismos habían generado. Fue la nueva dirección del Teatro Real, encabezada por Gerard Mortier, la que tomó plena conciencia del desafío heredado y lo impulsó con la contratación de David Hermann, Alexander Polzin y el resto del equipo escénico para lograr un montaje modélico, además de la implicación personal del propio Mortier en los más mínimos detalles, de modo que acabó recibiendo un homenaje oblicuo de la siempre cariñosa Pilar Jurado en el nombre con el que se bautizó al personaje del empresario teatral, ‘Gerard Musy’, también volcado en el buen fin de “su” ópera. Entre todos, le hicieron un regalo valiosísimo a Jurado: una producción que puede ser presentada en escenarios grandes, medianos y diminutos, en teatros cerrados y al aire libre, lo cual va a facilitar enormemente nuevas presentaciones de La página en blanco. ¡Qué haya suerte!, el trabajo bien hecho y coordinado de tanta gente lo merece.


Fotografía © 2011 by Javier del Real

La escenografía del siempre interesante artista plástico y diseñador Alexander Polzin (Berlín Este, 1973) [ver página web] muestra una vez más su absoluto dominio de los espacios y la composición. Para La página en blanco hizo construir una especie de caja de órgano del siglo XVIII. La parte correspondiente a los tubos se abre con unas ventanas de amplio despliegue lateral que hacen las funciones de pantallas sobre las que se proyectan los vídeos creados por Polzin, básicamente apropiaciones de El Bosco que convierte en paráfrasis de El Apocalipsis utilizando el lenguaje del cómic. Cuando se abren estas ventanas dejan a la vista una sala blanca iluminada con luz fría que es el gabinete de trabajo de Ricardo Estapé, el compositor que protagoniza esta ópera de Pilar Jurado, decorado con una amplia colección de pájaros disecados que ocupa toda la pared derecha de su estudio. La parte inferior, que correspondería a la consola del órgano, se abre con una cortinilla vertical y es un espacio siniestro donde tienen lugar las conspiraciones -primer acto- y los experimentos científicos -segundo acto-. Los figurines y la iluminación están totalmente integrados en el concepto escenográfico de Polzin hasta en el más mínimo detalle. El coro está fuera de escena y canta en el foso, por lo que no interviene en la acción.

Tal como he dicho antes, he disfrutado muchísimo con el trabajo de Polzin y sus colaboradores, y mi único reproche es que no puedo concebir un laboratorio científico dedicado a experimentos de neurología con ese aspecto decimonónico de sala de torturas, inspirado en películas clásicas sobre Frankenstein. Comprendo que Polzin deba trasmitir la propuesta de Pilar Jurado de que “La tecnología nos desborda” y su mensaje de identificación de conocimiento científico con apocalipsis, pero mi formación y experiencia como científico e incluso mi propio sentido común se rebelan al imaginarme un quirófano de neurocirugía lleno de porquería.

Y aquí enlazamos con el trabajo de Pilar Jurado como libretista, sobre el cual ella misma ha declarado a La Revista del Real: “Yo no pensaba escribir el libreto, pero empecé a documentarme mucho porque lo que sí tenía claro es que la ambientaría en el presente o en el futuro, y que sería una historia muy cinematográfica. Pensé en contratar a un guionista pero era todo tan complicado que acabé por escribir un guión para pasárselo al guionista y ya me pareció más sencillo hacer yo misma el libreto.” Siguiendo esta lógica, un personaje de Aída -la serie española de TV, no la ópera- basándose en que ha leído el argumento del capítulo del día, podría aducir que quiere escribir el guión y los diálogos [los lectores no españoles pueden aplicar el ejemplo a un personaje de Friends]. Así encontramos en el libreto perlas dignas de cualquier culebrón venezolano: [Marta] “¡Por supuesto que sí! Y recuerda que hasta que no haya separación de gananciales yo seguiré siendo la beneficiaria de tu creación”. [Xavi] “Ricardo ha sido siempre más que un amigo, hemos sido desde niños como hermanos, pero si para alguien es de vital importancia este proyecto es para mí” [Ramón] “Sólo se trata de un cerebro estimulado a través de una realidad virtual y unos trasmisores intraneuronales de última generación que nos han permitido introducirnos en su mente e interactuar para estimular la creación y extraer una partitura de entre todos esos impulsos” [Reproduzco la cadencia y puntuación original del libreto …, o más bien la falta de ellas]. Estas citas son muestras de los resultados obtenidos por Pilar Jurado en su pretensión: “aparte de recoger pensamientos de tipo filosófico importantes para mí, es que la ópera sea el reflejo de las pasiones e inquietudes del ser humano, que, pese a todo, sigue siendo el mismo y demandando lo mismo de todos los tiempos”. Jurado interpola en sus propios textos fragmentos del texto latino de El Apocalipsis de San Juan cantados siempre por el coro o por el conjunto de solistas en el número final, con la única excepción del aria del robot Kobayashi.


Fotografía © 2011 by Javier del Real

Las carencias más importantes del libreto de La página en blanco no son literarias, ni siquiera gramaticales o prosódicas: son culturales. El libreto es una antología de tópicos que se suceden sin solución de continuidad y sin aparente sentido. Lo de menos es que los científicos sean “eminentes” y los artistas “sensibles”, lo grave es que los presuntos pensamientos filosóficos de Pilar Jurado parezcan resumirse en una reflexión expuesta en su mencionada entrevista en La Revista del Real: “En el momento actual, el ser humano dispone de menos libertad que nunca. No puede salir de casa sin el móvil porque si no se produce una hecatombe. Estamos controlados todo el tiempo.” Si realmente Jurado cree que los campesinos medievales o los niños-soldado en las guerras africanas tienen más libertad que ella o que yo, estoy convencido de que su percepción de la realidad está distorsionada. Y si no lo cree y simplemente ha dicho una boutade, de lo que estoy convencido es de que resulta inmoral buscar notoriedad bromeando con los derechos civiles. En todo caso, resulta evidente que Jurado tiene pánico a la tecnología, lo cual probablemente no le impide utilizar despertador digital, ascensores, análisis de sangre, leche pasteurizada, y ordenadores para su trabajo como compositora o para su blog (que reproduce -espero que no textualmente- en el programa de mano de La página en blanco). Es muy sencillo soltar discursos apocalípticos y citar devotamente a Paulo Coelho, lo difícil es asumir las propias convicciones y atreverse a vivir un solo día sin tecnología, algo que ninguna de las grandes religiones se ha siquiera planteado en el mundo actual, en el cual la tecnología es idéntica -salvo por motivos económicos- en cualquier punto del globo terrestre.

Por otra parte, ignoro cuáles son los gustos cinematográficos de Pilar Jurado. A juzgar por el concepto narrativo desarrollado en La página en blanco, por el tempo y por la trama, me siento tentado a pensar que nunca ha frecuentado el cine clásico ni los grandes maestros, ni siquiera los considerados honestísimos artesanos del séptimo arte. Y, para mi sorpresa, puesto que Jurado es cantante profesional, tampoco parece conocer bien el repertorio operístico pues es evidente que no entiende o no percibe los códigos básicos de la dramaturgia musical, no sólo de la libretística. Como antes dije, falla la base cultural imprescindible que le permita acceder a unos conocimientos y a una comprensión de los conceptos elementales de la ciencia, de la tecnología, de la dramaturgia, de la literatura y de la poesía.


Fotografía © 2011 by Javier del Real

Sin este bagaje, no basta con la intuición, el tesón, el talento o la voluntad de trabajo que obviamente posee Pilar Jurado. Para su desgracia, no tuvo la oportunidad de recibir una buena formación general ni tuvo la suerte de tener a su lado quien la supiera orientar, para así encauzar su enorme potencial. Ignoro los criterios que seguidos por la anterior dirección del Teatro Real para hacer este encargo a Pilar Jurado, una compositora sin la menor experiencia operística, como por otra parte ya había sucedido anteriormente con encargos absurdos que acabaron en desastres como el de Don Quijote de Cristóbal Halffter, por mencionar el caso de otro compositor sin experiencia teatral, con semejantes carencias musicales y culturales, pero menor intuición y sensibilidad. En cualquier caso, la responsabilidad del uso del dinero público es de los gestores y nunca de los artistas, que lo que quieren es trabajar y mostrar sus creaciones. Que cada palo, pues, aguante su vela, ya que en España no es costumbre pedir responsabilidades ni rendir cuentas.

La vocalidad es otra de las fuentes de hastío de La página en blanco. Como diría un jurista, Pilar Jurado es una cantante válida pero no suficiente. Es decir, que sea competente para desarrollar una carrera profesional no significa que lo sea para defender el papel solista de una ópera. Jurado escribió el papel de Aisha Djarou [un anagrama de su apellido, por cierto] a la medida de sus posibilidades, lo cual no está ni bien ni mal. El problema es que cayó en la tentación de usar esta medida como rasero técnico para escribir los otros seis roles de la ópera, frustrando cualquier expectativa de lucimiento del resto de los cantantes. Como además la ópera carece de arias dignas de tal nombre, salvo la del robot Kobayashi, duetos -que son sustituidos por diálogos- o concertantes, la monotonía llegaría a ser insufrible de no ser por los alegres sobresaltos producidos por los disparates del libreto. Más convincente es la convencional escritura del coro, por lo general bien ubicado en la partitura, y al que favoreció cantar cómodamente desde el foso. Y muy agradecida la parte orquestal, dúctil y ágil. Pilar Jurado tiene claros en todo momento sus modelos y los aplica con decisión, soltura y el sano desenfado de un compositor de opereta o musical. Y que quede constancia de que estoy haciendo un elogio. La ópera, al igual que el cine, es un género paródico en el cual la apropiación y la deuda es consustancial a la tradición, y es más que dudoso que la originalidad sea recomendable, al menos en un porcentaje sustancial. En una situación tan desesperada como la que sucedía sull palco, Pilar Jurado consiguió ‘salvar los trastos’ manteniendo la atención del público con el foso coral y orquestal. Y esto es mucho más de lo que habían conseguido Halffter o De Pablo en sus respectivos estrenos en este mismo teatro.

Como en estas ocasiones anteriores, el Teatro Real fue generoso en la selección del elenco vocal. En primer lugar, es de justicia destacar al espléndido Andrew Watts (Kobayashi), quien defendió con profesionalidad un papel cuya escritura es del todo menos cómoda para un contratenor. A esta dificultad ha de sumarse el hieratismo requerido por su personaje del robot, al cual Watts acertó a aportar presencia y fuerza escénica. Tampoco tenía fácil el lucimiento Otto Katzameier (Ricardo Estapé), quien se vio obligado a cantar en su registro medio un texto antiprosódico mientras se movía convulsivamente en lo que parecen ser remedos de raptos de inspiración compositiva que le atacaban como breves crisis parkinsonianas. Que en estas circunstancias haya mantenido el decoro en todo momento, cuidado la emisión y la proyección, mimado sus escenas con Katzameier e incluso creado instantes de lirismo, ratifican las cualidades de este barítono.


Fotografía © 2011 by Javier del Real

Valoraciones semejantes cabría hacer sobre la mezzosoprano Natascha Petrinsky (Marta Stewart), los tenores Nikolai Schukoff (Xavi Navarro) y José Luis Sola (Ramón Delgado) y el barítono Hernán Iturralde (Gerard Musy), quienes defendieron sus respectivos papeles con entrega y profesionalidad ejemplares, tanto en lo vocal como en lo actoral. Con la ventaja en este segundo aspecto de no estar sujetos por los condicionantes ideológicos del libreto como sí lo están Aisha y Ricardo, que en vez de personajes semejan ser arquetipos.

Esto ha afectado manifiestamente al trabajo de David Hermann, quien realiza -para los personajes humanos- una dirección de actores naturalista y espontánea con dos únicas excepciones. La primera es la de las antedichas crisis convulsivas de Ricardo mientras compone, que interpreto como un irónico remedo de las escenas de las películas americanas de postguerra sobre Chopin, Schumann y otros músicos románticos que entraban en trance en el momento de crear sus obras. La segunda, que no he sabido interpretar, es el comportamiento de Aisha ante todas las situaciones de conflicto que se le plantean en la ópera, pegándose de espaldas a la pared y poniéndose a la defensiva, en la postura característica de una mujer maltratada. Salvo estas dos cuestiones -y alguna excentricidad aislada en el comportamiento de Aisha-, la régie de David Hermann me pareció clara, coherente, sencilla y encaminada a dar sentido y dinamismo al libreto imposible de La página en blanco. Que gracias a su dramaturgia el interés se haya mantenido vivo e incluso se haya encendido por momentos, es mérito grande. Que además lo haya hecho mostrando un gusto exquisito, lo convierte en merecedor de los aplausos que recibió.

Y no menos merecidos fueron los aplausos recibidos por el Coro Intermezzo, que tuvo su noche. La Orquesta Sinfónica de Madrid fue en esta ocasión merecedora de mi reconocimiento, al igual que el maestro Titus Engel, que se conocía la partitura y sus entresijos, y atendió con mimo a la escena -no sólo a los cantantes- y con primor, ritmo y paleta de colores al foso. Porque les recuerdo que se trataba de una ópera y el maestro Engel lo tuvo muy en cuenta en todo momento, incluso cuando salió a saludar con los cantantes y continuó dirigiendo la ceremonia con generosidad y pericia, obteniendo del público algunos minutos más de aplausos.

Decía al principio de esta larga crítica que La página en blanco había “despertado cierta expectación [por estar] compuesta por la primera compositora que recibe un encargo para el Teatro Real”. Del hecho de estar compuesta por una mujer, no se deriva necesariamente ni que sea una ópera “femenina” o “feminista” ni que sea una ópera con perspectiva de género. Como hemos visto por el argumento y libreto, La página en blanco no es ni pretende ser femenina ni feminista. En cuanto a la perspectiva, su enfoque sobre el artista creador reproduce literalmente el esquema tradicional occidental del varón blanco que considera la obra de arte como un ente autónomo creado a su imagen por su propio poder generador. Es obvio que está ausente cualquier perspectiva de género incluso en la propia concepción de La página en blanco. Podemos por lo tanto concluir que si bien desde el punto de vista cuantitativo es loable que el Teatro Real haya estrenado una ópera de una compositora, desde el punto de vista cualitativo de los derechos civiles nada se ha avanzado.
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