España - Cantabria

Música y Academia en el siglo presente (1)

Xoán M. Carreira
viernes, 15 de julio de 2011
Santander, miércoles, 13 de julio de 2011. Palacio de Festivales. Sala Argenta. Klaus Thunemann, fagot. Hansjörg Schellenberger, oboe. Zahkar Bron, violín. Radovan Vlatkovic, trompa. 19 participantes en el Encuentro de Música y Academia de Santander 2011. Obras de Antonio Vivaldi, Franz Krommer, François Couperin, Sergei Prokofiev y Witold Lutoslawski. Concierto de Clausura de Instituto Internacional de Música de Cámara de Madrid.
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Con palabras muy sencillas, Paloma O'Shea, la directora del Encuentro de Música y Academia de Santander afirma que "como su nombre sugiere, el Encuentro busca, sobre todo, crear un ámbito de reunión. Concretamente, el Encuentro reúne a los que son hoy grandes figuras internacionales de la música con los que lo serán mañana y a todos ellos con el público. En el Encuentro se hace música joven: la que combina el virtuosismo técnico con una capacidad de asombrar que solo se tiene al comenzar la carrera. Es esa intensidad, tan difícil de encontrar, la qie buscan los maestros consagrados cuando vienen a trabajar con los participantes del Encuentro y la que busca el público cuando acude a nuestros conciertos del Palacio de Festivales y de los teatros e iglesias de toda Cantabria."

Como anuncia Paloma O'Shea, una de las características identitarias del Encuentro de Música y Academia de Santander es hacer música joven, en el sentido en el que ese concepto se viene entendiendo recientemente en los festivales más innovadores de Europa, como por ejemplo el de Moritzburg, en cuyos programas conviven, gozosamente diversas músicas compuestas a lo largo de los últimos trescientos años e interpretadas con criterios y vivencias del presente, al igual que sucede en el Encuentro de Santander. También en la encantadora localidad sajona el Festival tiene soporte en un prestigioso curso internacional y en los conciertos se pueden escuchar agrupaciones de alumnos, de profesores y mixtas en interpretaciones que, a menudo, son ejemplares, cuando no de referencia. Pero el mecenazgo público y privado del Festival de Moritzburg es modesto, los alumnos han de pagar una cuantiosa matrícula y el público unas costosas entradas, y la crisis le ha afectado de modo significativo en la presente convocatoria que se celebrará el próximo mes de agosto. Peor suerte ha corrido el Festival Músicas del Sur de Motril -otra maravillosa iniciativa empeñada en hacer música joven-, que ya no verá la luz a comienzos del próximo otoño a pesar del éxito de público de las anteriores ediciones y de la ilimitada generosidad mostrada por los intérpretes participantes, rayana en confundir la ilusión con lo ilusorio.

Para poder hacer música joven en el sentido que yo utilizo es imprescindible tener la capacidad técnica y vital de hacerla en el sentido que lo utiliza Paloma O'Shea. Una forma de hacerlo es la mejor tradición del maestro y el alumno interpretando juntos la Sonata para dos violines en do mayor, Op.56 de Prokofiev como hicieron Zakhar Bron y Albert Skuratov con una frescura y una intensidad que en nada desmerecía -y en nada se parecía en cuanto a perspectiva, como es lógico- a la, por otra parte, sabia, refinada, incluso caústica versión de la Sonata para violín y piano nº 2 en re mayor Op.94 b de Prokofiev que nos obsequiaron Zakhar Bron e Irina Vinogradova como queriendo demostrar a los posmodernos supervivientes, que algunos bloques de hielo a la deriva en los ríos de la historia (Derrida dixit), no se derriten por mucho que los analistas culturales de guardia los etiqueten de old-fashion.

Concerto Grosso "La Pastorella". Fotografía © 2011 by Elena Torcida

Otra foma de hacerlo, que a mi me divierte especialmente, es la de interpretar de forma divertida y con sentido común al compositor más influyente de los años de desarrollo de las vanguardias musicales, la música histórica y el rock. Es decir, Antonio Vivaldi quien abrió el concierto con su popular Concerto Grosso en re mayor RV 95 "La Pastorella" del cual ofreció una deliciosa versión el sexteto de alumnos formado por Rui Borges, flauta, Juan Manuel García Cano, oboe, Fuyu Iwaki, violín, Adolfo Cabrerizo, fagot, Javier Fierro, contrabajo y Cheng-I Chen, clave.A menudo se afirma que es imprescindible que un instrumentista hubiese trabajado las técnicas históricamente informadas antes de tocar música de Vivaldi. Pero desde que escuché por vez primera al Giardino Armónico me pregunté si lo que realmente resulta imprescindible no será haber tocado alguna vez rock and roll o rhythm and blues como ejercicio de desinhibición. Al fin y al cabo no se trataría más que del camino inverso del recorrido por Chuck Berry y otros pioneros del rock. Ignoro si entre las aficiones de Cabrerizo, Fierro y Cheng-I Chen se encuentra el rock, pero doy fe que tienen excelentes condiciones a juzgar por su espléndida y untuosa realización del bajo vivaldiano. Con semejante servicio, Con semejante servicio, Borges, García Cano y Fuyu Iwaki organizaron la fiesta y el público disfrutó de lo lindo. Como me dijo en una ocasión mi llorado amigo Enrique Morente, "¡Qué flamenco es don Antonio Vivaldi!".

Tras la efusión vivaldiana, el maestro Klaus Thunemann eligió muy atinadamente el espléndido Cuarteto Op. 46 nº 1 de Franz Krommer (1759-1831), que lo interpretó acompañado por Aglaya González y Esra Kerber, violas y Marie Girbal, violonchelo. Es todo un regalo la oportunidad de escuchar en directo música la excelente música de cámara de quien fue el compositor imperial en la época de Beethoven y Schubert y una figura central de la música vienesa desde 1795. El Cuarteto Op. 46 nº 1 es un cuarteto de solista al estilo de la moda parisina que exhibe magistralmente la cantabilidad y ductilidad del fagot como solista, recursos del registro agudo y sus posibilidades de empaste y/o contraste con las cuerdas, una obra idónea pues, para el objetivo deseado en este Encuentro, de lograr una interpretación conjunta entre maestro y alumnos para disfrute propio y del público.

Si la perfección más impoluta es la característica del maestro Hansjörg Schellenberger, pocos autores podían resultar tan propicios como François Couperin para el propósito de este Encuentro basado en sus alumnos de maderas. Yuki Koyama y Michal Tikotzki, flautas, el maestro y Emily Ross, oboes, Sinèad Frost, fagot, Javier Fierro, contrabajo y Cheng-I Chen, clave, interpretaron tan modélicamente la suite "L'espagnole" de Les nations que me sentí un poco frustrado por la ausencia de expectativas.

Suite L'espagnole. Fotografía © 2011 by Elena Torcida

Cuando ya habían transcurrido ciento cincuenta minutos de concierto, tuve que irme sin poder escuchar los Cinco preludios de danza de Witold Lutoslawski en la versión para noneto preparada por el maestro Radovan Vlatkovic con un grupo de alumnos del Encuentro.

Elogia Paloma O'Shea la respuesta del público del Palacio de Festivales y no le falta razón a la vista de la ocupación mantenida a lo largo de las tres horas de duración del concierto, y de la cálida respuesta a las interpretaciones. Ha sido para mi una muy grata sorpresa comprobar que las actuaciones de unos jóvenes músicos suscitan tanto interés y que el aforo es incluso superior al que están logrando este verano espectáculos de grupos y compañías profesionales en festivales europeos ya veteranos con públicos supuestamente consolidados.

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