España - Cantabria

Música y Academia en el siglo presente (2)

Xoán M. Carreira
lunes, 18 de julio de 2011
Santander, jueves, 14 de julio de 2011. Palacio de Festivales de Cantabria. Sala Pereda. Javier Fierro, contrabajo y Juan Pérez Floristán, piano. Adolf Misek, Sonata en la mayor, Op. 5. Antonio Ortiz, piano. Sergei Prokofiev, Sonata nº 7, Op. 83 y Frédéric Chopin, Scherzo nº 4, Op. 54. Nicole Crespo, violín, Kian Soltani, violonchelo, y Camila Könhker, piano. Antonín Dvořák, Trío para piano, violín y violonchelo nº 4 en mi menor, "Trío Dumky". Ciclo de conciertos patrocinado por el Diario Montañés.
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Incluso en un lugar tan inhóspito para la música como la Sala Pereda del Palacio de Festivales de Cantabria, pueden hacerse maravillas cuando está por medio el sentido del humor y el savoir-faire de un modesto violista de origen campesino -irónica y trágicamente agoráfóbico-que llegó a transformarse en un refinado artista cosmopolita, culto, políglota como Antonin Dvořák. Su música de cámara con piano puede considerarse un paradigma de equilibrio dinámico y empaste entre el piano y las cuerdas, y muy probablemente su Klavierquintett en la mayor Op. 81 (1887) pueda considerarse como la obra canónica del género desde el punto de vista idiomático. Pero también su 4º KlavierTrio -compuesto en el invierno de 1891 en Nueva York bajo la influencia de Charles Darwin, quien creía que la música es un lenguaje universal- es una obra canónica, incluso aunque, como toda obra canónica, plantee extraordinarios problemas interpretativos derivados de la propia perfección de su equilibrio, especialmente en lo que atañe al piano, cuya presencia está totalmente delimitada por el idiomatismo de la escritura. La urdimbre textural y dinámica de los tres instrumentos es tan compleja y tan delicada precisamente porque no es consecuencia de un plan formal como en el caso de Brahms, ni siquiera retórico-afectivo como en el caso de Chaicovsqui, sino que es consecuencia de un plan relacionado con las especulaciones de Dvořák sobre el lenguaje, que luego desarrollarán Janáček y Bartók.

Apenas escuché tocar a Camila Köhken (Bonn, 1983) los primeros acordes del Dumky Trio y como arrastraba tras de sí a sus espléndidos compañeros, la violinista Nicole Crespo (Getxo, 1991) y al violonchelista Kian Soltani (Bregenz, 1992), intuí que iba a asistir a una interpretación muy interesante. Poco después había comprendido que estaba asistiendo a una interpretación memorable de esta obra maestra, que la estaba escuchando desde una nueva perspectiva, con una nueva luz y, sobre todo desde una sensibilidad que me resultaba absolutamente inédita e inaudita. No comprendí del todo bien la experiencia hasta que al día siguiente tuve la enorme fortuna de asistir a una clase magistral de la profesora Irina Vinogradova en la cual atendía precisamente a Camila Köhken, quien estaba trabajando la Sonata para piano en do mayor "Waldstein" de Beethoven que debe interpretar en la Sala Pereda el día 18 de julio. Me llamaron la atención en primer lugar dos cosas, Köhken estuvo toda la hora de clase sin partitura, sin tomar ninguna nota ni apunte y totalmente relajada a pesar de la auténtica catarata de correcciones y consejos que hubo de soportar por parte de Vinogradova, indisimuladamente poco simpatizante de la escuela germana de interpretación beethoveniana. Pero lo que realmente me fascinó es que Köhken incorporó sin la menor vacilación todas las sugerencias de Vinogradova, las comentó con ella, las matizó e incluso bromearon alegremente sin que menguase un solo instante la tensión de la clase. Al terminar la misma no me quedó la menor duda acerca de que Camila Köhken tenía su propia perspectiva y sensibilidad acerca de la importantísima tradición beethoveniana rusa y de que el 18 de julio el público santanderino va a asistir a una interesantísima lectura de la Sonata Walstein que, para mi desgracia yo me perderé. No se la pierdan ustedes si tienen ocasión de escucharla en su ciudad, es una de esas raras artistas con magia.

El resto del programa del concierto se modificó a causa de un accidente sufrido por el pianista previsto, János Palojtay. En su lugar intervino como solista Antonio Ortiz en dos lúcidas lecturas del Scherzo nº 4 de Chopin y la Sonata nº 7 de Prokofiev que avalaron sobradamente el brillante currículum de este joven profesor malagueño; la minuciosidad en el detalle y la perspicacia analítica de Ortiz me hacen creer que posee un gran talento docente que no debería ser desaprovechado.

El programa fue abierto con la presentación del dúo de contrabajo y piano de Javier Ferro y Juan Pérez Floristán, quienes ejecutaron la Sonata en la mayor de Adolf Misek de manera mecánica y escasamente conciliable con el calificativo 'camerístico'. Obviamente el principal problema provenía de que Juan Pérez Florestán, quien en casi ningún momento pareció avenirse a ejercer su rol de acompañante. En todo caso, ese tipo de cuestiones han de resolverse en los ensayos: es poco o nada profesional que se muestren en el escenario. Y si se revelan en público, la responsabilidad es del dúo, no de uno solo de los miembros. Ignoro si acaso surgieron escrúpulos estéticos acerca de la calidad de la obra de Misek -impecablemente escrita desde las perspectivas idiomática y formal- pero, una vez más, considero poco profesional que eso se muestre en el escenario, un lugar en el cual la obligación de un intérprete es seducir al público -encantarlo como había hecho Javier Ferro el día anterior tocando Vivaldi- pero jamás  aburrirlo. Participar en experiencias como los Encuentros de Música y Academia es un logro que se alcanza tras un trabajo y un tesón admirables, salir a escena en los Encuentros es el reconocimiento del talento y de esfuerzo empleados. Romper con la mano izquierda lo que la mano derecha ha construido trabajosa y delicadamente, es muestra de inmadurez. Y como la carrera artística es una carrera de obstáculos, quienes tropiezan, acaban por llegar tarde, mal y a rastras a la meta.

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