Alemania

Todos los caminos ¿conducen a...?

Eduardo Benarroch
miércoles, 31 de agosto de 2011
Bayreuth, jueves, 28 de julio de 2011. Bayreuther Festpielhaus. Parsifal de Richard Wagner (Bayreuth, 26-07-1882). Dirección de escena: Stefan Herheim. Escenografía: Heike Scheele. Vestuario: Gesine Völlm. Iluminación: Ulrich Niepel. Video: Momme Hinrichs y Torge Møller. Dramaturgia: Alexander Meier-Dörzenbach. Elenco: Detlef Roth (Amfortas), Diógenes Randes (Titurel), Kwangchul Youn (Gurnemanz), Simon O’Neill (Parsifal), Thomas Jesatko (Klingsor), Susan Maclean (Kundry), Simone Schröder (Eine Altstimme). Coro del Festival de Bayreuth (director del coro: Eberhard Friedrich). Orquesta del Festival de Bayreuth. Director de orquesta: Daniele Gatti. Festival de Bayreuth 2011. Aforo: 100%
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Imágenes, imágenes, imágenes ..., una explosión de imágenes y de creatividad fue puesta frente a un público silencioso, atento y totalmente concentrado en la acción que estaba siendo presentada por un maestro de la escena. Jamás se había visto un Parsifal tan sobrecargado de símbolos y de significados, ni siquiera la tan discutida puesta de Schlingensief pudo competir con este thriller que pasa a través de dos siglos y dos guerras mundiales. Es una superabundancia, un exceso de Parsifal que uno no puede comerlo todo, hay que dejar algo para pensar después de la función, para digerir muy lentamente, comer un helado...

Stefan Herheim es noruego, y quizás eso le de un punto de ventaja sobre los directores alemanes, porque se puede dar el lujo de tomar distancia, Parsifal ‘no pertenece’ a su tradición y puede jugar con todos los significados y símbolos sin sonrojarse. Pues bien, en su cuarto año en este Festival, Herheim ha pulido la acción y algunos de los detalles que antes necesitaban explicación son ahora mucho más accesibles para quienes estén mirando con mucha atención. Es que hay tanto que sucede en la ancha escena que es fácil concentrarse en un costado y perder lo que sucede en el otro. Hay que estar como una abeja sacándole el néctar a cada flor.

Pero incluso si el espectador no estuviera mirando en el momento preciso habría disfrutado de un espectáculo tan completo y tan rico en detalles que habría sido suficiente para entender su mensaje. Para Herheim el siglo XIX fue nefasto. Por todos sus logros en las artes y en la industria fue también el siglo que dio raíz a nacionalismos insanos y esos nacionalismos crearon sus propios símbolos y mitos que a su vez reforzaron la enfermedad y llevaron a esas generaciones a un final trágico.

 

 

Herheim pasea al espectador por esas épocas y muestra lo símbolos creados por esas sociedades, desde poco después de la guerra franco-prusiana que tanto mal le hizo a Alemania porque le llevó a creer cosas que no eran verdad; y Herheim muestra eso también hasta el exceso total y cruel del nazismo que envolvió a todo el país en algo criminal y tan criminal que la escena final tiene lugar en el Parlamento Aleman, el Reichstag. Y allí todavía supura la herida anterior y hasta allí llega este Parsifal niño, casi tan niño como al comienzo, y con un gesto de una lanza caduca les dice, “yo cierro la herida de todos los alemanes.... o al menos trataré de hacerlo....”

No hay aquí seguidores de un nuevo orden como en la producción de Nikolaus Lehnhoff, ni tampoco la posibilidad de perdón a través del aprendizaje de una nueva religión budista como con Harry Kupfer. La cosa termina aquí dice Herheim, pero no se pierdan de vista porque esto tiene para mucho mas... O sea, a mas de 60 años del fin de esa infame guerra mundial la herida no duele tanto ni tampoco supura, pero queda una enorme cicatriz que siempre hará recordar lo que sucedió. De todas las producciones de Parsifal que he visto, esta colma todas las expectativas, es un espectáculo visual sin par, una fiesta para los ojos y para pensar (si uno lo desea, sino se puede concentrar en las imágenes).

 

Y también en este caso coincidió que hubo un elenco excelente, el debut del neocelandés Simon O’Neill no podría haber sido mas promisorio. No posee una figura agraciada, pero su voz es sana, sabe expresar y sabe conmover con buenas posturas y siguió la complicada regie con aplicación y creyó en ella.

Susan Maclean, ya totalmente compenetrada de esta producción, creó una Kundry multifacética, mujer, prostituta, enfermera, nodriza, una seductora de primera que tiene mucho en común con la madre de Parsifal, una mujer erótica que asusta a su propio hijo que huye de ella, para ser empujado a su abrazo... el mismo abrazo que le ocurrió a la población de Alemania, excepto que ellos no huyeron de él. Maclean cantó en forma segura en todo el registro.

Detlef Roth repitió su sufriente y aislado Amfortas, un ser marginado por no participar en lo que sucede alrededor suyo, a su manera (o mejor dicho a la manera de Herheim) este Amfortas tiene algo de Parsifal.

Thomas Jesatko cantó con voz feroz y cortante un ser andrógino, un hombre vestido como Marlene Dietrich en El ángel azul, ¡vaya imagen! Un hombre ya pasado de revoluciones, sin mas que hacer que engañarse a si mismo con lo que sucede a su alrededor, un prestidigitador de sufrimientos ajenos, un desalmado amoral que recurre a lo mas bajo para conservarse... ¿y a qué recurre este amoral? Al nazismo, y al nazismo recurrió la República de Weimar y ya sabemos lo que ocurrió...

Diógenes Randes dió relieve a la figura ausente (la conciencia) de Titurel y Kwangchul Youn cantó el mejor rol que le he visto en su larga y distinguida carrera. Su Gurnemanz lo tuvo todo, voz, dicción, fraseo, autoridad moral, resignación, esperanza, un soldado que pasó por tres guerras (la franco prusiana y la 1ª y 2ª guerras mundiales) que lo sabe todo, que ve a Parsifal en el tercer acto a punto de besar a Kundry y los aparta bruscamente el uno del otro....”¿es que vamos a empezar todo esto de nuevo..?”, una creación noble y magistral de un soberbio artista.

Como siempre hay que destacar la labor del coro, algo muy especial como sonido en esta obra sin par y si se agrega una dirección sensitiva de Daniele Gatti, liviana, transparente, con atención a los muchos solistas de la orquesta (están en la partitura, solo hay que darles la oportunidad de ser oídos...) que sonaron como casi nunca (con Boulez también sonaban así y aun más rápido), una lectura que satisfizo internamente, llena de musicalidad y de respeto.

Queda solo un año para disfrutar de esta producción; si he despertado algún interés en ustedes, queridos lectores, no se la pierdan, y luego de verla escriban al foro de Mundo Clásico con su opinión.

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