España - Valencia

El trabajo, la emoción: la música

Julián Carrillo

jueves, 22 de septiembre de 2011
Alicante, domingo, 18 de septiembre de 2011. Centro Cultural Las Cigarreras. Academia de Música contemporánea de la Joven Orquesta Nacional de España (JONDE). Director, Francisco Valero-Terribas. Miguel Urkiza, Gaueko (Premio “Promoción de estrenos para jóvenes compositores”, estreno absoluto). Alicia Díaz de la Fuente, Nadiyama (estreno absoluto). Concierto celebrado como parte del Encuentro Profesional de Música Contemporánea de Alicante

En paralelo al 27 Festival de Música de Alicante ha tenido lugar el segundo Encuentro Profesional de Música Contemporánea. Decía en la reseña del primer concierto del festival que el Encuentro es una verdadera feria musical, en el más serio, realista -y debo añadir también que en el más noble- sentido del término. La actividad humana se ennoblece en el intercambio de ideas, pero también en el de bienes y servicios, ya sean estos de un carácter totalmente material o con vocación de espiritual. Y este y no otro es el principal camino por el que ha de circular también la cultura y sus manifestaciones: convencer cada cual a sus interlocutores de la bondad de la propia propuesta.

La instalación del Encuentro en Las Cigarreras ha mejorado en espacio y calidad respecto del año pasado, acogiendo un total de veintinueve estandes. Durante tres días, este centro cultural ha sido punto de encuentro y lugar de promoción y tratos comerciales entre compositores, intérpretes, organizadores y editoriales. Al tiempo, en su espacio La Caja Negra se han venido celebrando conciertos de breve duración, en los que se ha producido el estreno absoluto de varias obras: entre otras, una de cada compositor galardonado en los premios “Promoción de estrenos para jóvenes compositores”.

Por la optimización a la excelencia

Para dirigir estos estrenos se ha contado con dos jóvenes directores absolutamente comprometidos con la música contemporánea, Francisco Valero-Terribas y José Antonio Trigueros. Destacaba Trigueros en una charla informal con mundoclasico.com cómo “las condiciones han sido las mejores que uno puede imaginar para un estreno. Se ha programado dentro de un encuentro de la Academia de Música Contemporánea de la JONDE, en el que durante una semana los intérpretes han recibido clases de sus respectivos profesores. Además, los propios compositores han estado presentes en cada ensayo”.

Si a todo lo anterior añadimos el hecho de que los intérpretes han estado divididos en grupos especialmente diseñados para cada concierto, bien podemos decir que estos estrenos se han producido en unas condiciones óptimas y, así, se ha logrado que el público haya podido escuchar cada obra tal como realmente la ha pensado su autor. Algo imposible siquiera de imaginar en el actual sistema de producción de conciertos de las grandes orquestas, con dos ensayos de menos de una hora por cada obra en el mejor de los casos. Un hecho que todo el mundo admite como la situación más extendida y real. Algo que, al parecer, nadie se cuestiona. Supongo que no tendré que pagar derechos de autor al entrenador de fútbol Jose Mourinho si desde aquí me atrevo a preguntar: "¿Por qué?"

¿Alguien puede decirnos en qué beneficia este sistema a la creación musical?

Dos por el precio de uno

El domingo 18 se celebraron los dos conciertos que completaban el ciclo de estrenos de los jóvenes compositores premiados. Por razones de extensión, en esta reseña solo se hablará del primero de ellos. En él, Valero-Terribas dirigió dos obras de muy diferente carácter. En Gaueko, Mikel Urkiza (Bilbao, 1988) realiza lo que él mismo llama “una tentativa hacia este término [nocturno] polisémico en música, de englobar esta obra entre aquellas que han sido llamadas o han querido llamarse nocturnas”.

La creación de un ambiente nocturno, confiada al cuarteto de cuerda a través de la sutileza de los falsos armónicos y salpicada aquí y allá por notas sueltas, es acertada y el especial pulso del tiempo de la noche queda caracterizado por los pizzicati del chelo. Sucesivos glissandi parecen aludir a las desapariciones por las que se conoce a Gaueko, dios de la noche de la mitología vasca al que alude el título de la composición, aunque también sugieren esos sueños inquietos que tantas veces turban la placidez del descanso. La obra tiene una notable dificultad de ejecución, especialmente en el aspecto rítmico, perfectamente salvada por Valero-Terribas y el grupo de intérpretes, que también supieron dar el adecuado carácter a cada uno de los diez minutos de su duración.

La obra, según su autor

Las notas al programa de estos estrenos del Festival de Alicante suelen contener una descripción de la obra, escrita por su propio autor. Tales artículos van frecuentemente en dos direcciones: por la primera se abren a una poética de simbolismos, significados y orígenes de la inspiración que les impulsó a escribirla (dicen); por la otra, se adentran en vericuetos desriptivos de sus técnicas y estrategias compositivas, en los que es muy frecuente hallar la frase: “la obra se estructura en (x) secciones, perfectamente diferenciadas, que se tocan sin solución de continuidad”.

Muchas veces, el problema es que la diferenciación se reconoce perfectamente en la partitura escrita, claro; pero el público a cuya audición (digo yo, no sé) va destinada la obra sólo la oye; incluso la escucha (o sea, que presta atención a lo que oye). Pero, justo cuando cree que empieza a localizar la segunda de las cuatro secciones descritas por el autor en sus notas, se encuentra con un potente final o una progresiva y delicada disolución en el vacío sonoro. Entonces, los aplausos de su vecino le hacen darse de bruces con la realidad del despiste: el suyo o el del autor respecto de ¿su? público, que esto es bastante bidireccional. Pero volvamos al concierto.

Significado último o fin único

Cuando leí la descripción de Nadiyama por Alicia Díaz de la Fuente (Madrid, 1967), temí que volvería a pasar otra vez lo mismo. La gratísima realidad de su audición, sin embargo, confirmó su descripción:

[Nadiyama] “juega con elementos sonoros concisos pero siempre cambiantes que se transforman variando su grado de tensión color, textura, densidad.. De este modo, el discurso se presenta como un continuo juego caleidoscópico. Sonidos, gestos, armonías… Todo parece girar en un universo que, a su vez, contiene microuniversos que a veces se fusionan, otras se oponen y la mayor parte de las veces se dan la mano. Se trata de una invitación a sumergirse en un juego de múltiples sonoridades espectrales cuyo significado último parece siempre posponerse”.

La realización sonora de la partitura, o sea la verdadera música, superó con creces las expectativas. La descripción -por una vez y sin que sirva de precedente- se ajusta como un guante a la materialidad de la música escrita por Díaz de la Fuente. Pero lo oído en Las Cigarreras supera esa descripción. De largo; muy de largo. Toda esa tensión y cambio de densidades, todo ese universo caleidoscópico contenedor de microuniversos en suave transición, todas esas oposiciones y fusiones acaban, como dice la autora, dándose la mano. Y lo hacen ofreciéndosela también al oyente para que navegue por sus espacios sonoros, sumamente cálidos y atrayentes. Y para que lo haga arropándose con esos tejidos sonoros de sutileza casi etérea e iluminado por la acogedora linterna amiga de esa campana de mano, dorada como un viejo almirez, ligeramente percutida y posteriormente frotada en su borde.

Tiene razón la creadora de este íntimo micromundo musical cuando dice que su significado último parece siempre posponerse. Pero es que la música, cuando hechiza y emociona como Nadiyama, no necesita de significado alguno que pueda explicarse. La emoción del que la escucha es su único e inefable fin

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