Islandia

Probando acústicas

Agustín Blanco Bazán

viernes, 30 de septiembre de 2011
Reikiavik, domingo, 18 de septiembre de 2011. Sala Erborg del Centro Cultural Harpa. Martin Fröst, clarinete. Orquesta Sinfónica de Gotemburgo. Gustavo Dudamel, dirección. Karin Rehnqvist, Rugido de tigre; W. A. Mozart, Concierto para clarinete en La mayor K.622; P. I. Chaicovsqui, Sinfonía nro. 6, en Re menor, op. 74. Conciertos de inauguración del Centro Cultural Harpa

El emblema de Harpa, el flamante centro cultural islandés, son diapasones en círculo formando los rayos de una rueda. Nada mas apropiado para simbolizar las expectativas del primer concierto de una orquesta visitante en pos del fascinante atractivo que representa probar su trabajo con una nueva acústica.

"Una sala de conciertos es como un instrumento mas” comentó Gustavo Dudamel, luego de haber lanzado a su orquesta de Gotemburgo en una audaz confrontación con la sala Erborg del Harpa. Ya en la prueba de sonido, el venezolano advirtió desafíos que decidió enfrentar sin timidez. Dudamel comenzó el concierto con un regalo de cumpleaños que le hizo Karin Rehnqvist, la inspirada compositora sueca que tan bien sabe incorporar elementos folklóricos como médula expresiva de composiciones de consumada vena clásica

“Un presente musical a alguien que viaja alrededor del mundo e interactúa constantemente con grandes obras maestras. ¿Que escribiría usted?” pregunta Rehnqvist, y sigue: “¿tal vez una fanfarria? ¿o algo sueco? ¿no sería bueno si él pudiera llevar algunos ritmos suecos para armonizar con el mundo? Seguramente debe ser algo desafiante para una persona con una habilidad única de comunicar música tanto a sus colegas como a los oyentes. Así se me ocurrió pensar y ¡abracadabra! Hay de todo esto en un diálogo musical entre instrumentos y expresión, con los poderosos metales respondiendo a las cuerdas en unísono". La compositora habla del encuentro de un vital y juguetón tema de maderas con “salvajes ritmos polacos” pero confieso que a mí esto se me escapó. Mas diría que me pareció escuchar algunas reminiscencias temáticas del folklore irlandés en esta pieza breve pujante y que permitió a Dudamel explorar la acústica con expansivo tratamiento de la percusión y contrapunto temático. La obra progresa con agitadas interrupciones recíprocas de instrumentos hasta, sí… el momento esperado… el rugido del tigre… un extenso y hierático acorde final. El primer test acústico llegó así a su fin, con el éxito de haber abarcado con diafanidad una obra de extremos sforzandi y expansividad de percusión.

Frost, Dudamel y la Sinfónica de Gotemburgo

© 2011 by Harpa

Pero fue en el concierto mozartiano que la acústica logró reproducir con pristina calidez y aireada diferenciación de texturas un momento mágico, los rubati y pianissimi suspendidos en suavísima pero palpitante tensión en la parte central del adagio del concierto mozartiano, con la ayuda del recondito y concentrado virtuosismo del clarinete 'basset' de Martin Fröst . Siguió un diálogo de distendida y humorística expresividad en el rondó. Bajo la intuitiva batuta de Dudamel este Mozart salió terso en fraseo, distendido y asertivo a la vez en contrapunto y dinámicas y sin el menor rasgo de duda o preciosismo. Fröst estuvo siempre a su altura con extraordinaria sensibilidad, exactitud y calidoscópico cromatismo en esta incomparable exploración de color texturas y registro regaladas por Mozart al clarinete.

Y también la Patética salió de antología. Aún cuando en este caso Dudamel se pasó de rosca en su exploración acústica con dos tutti que salieron algo estridentes, el Adagio-Allegro ma non troppo fue un modelo de balance entre el cantabile y un nihilismo sombrío, aterrador, que finalmente se apoderó de la obra en el adagio lamentoso final luego de un toque de gong como nunca suave y penetrante. Los moderados sforzandi del allegro con grazia y el implacable tiempo de marcha impuesto al allegro molto vivace fueron otros momentos inolvidables de esta ejecución. Dudamel terminó con su exploración sonora del flamante auditorio islandés dejando morir los últimos acordes de la partitura casi como un preanuncio de lo mas negro de Shostakovich. Y culminó “dirigiendo” un prolongadísimo silencio final que contuvo por medio minuto los aplausos que estallaron cuando finalmente bajó la batuta. Como bis los suecos nos obsequiaron inesperadamente con el intermezzo de Manon Lescaut. Fue una elección acertadísima de pasión itálica para cargar baterías antes de salir de la calidez de la sala Erborg a confrontar la igualmente apasionada afirmación de lluvia y viento del Atlántico Norte.

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