Ópera y Teatro musical

Carlos Alvarez: belleza y generosidad a partes iguales

Teresa Núñez Marcos

martes, 2 de octubre de 2001
Cuando lean esto, si ninguna circunstancia extraña se ha producido y tal como están las cosas esperemos que no ocurra ninguna, el Teatro Real de Madrid habrá inaugurado su temporada de ópera 2001-2002 con una producción de Rigoletto, de Giuseppe Verdi, que promete dar mucho que hablar.Ya saben ustedes, y si no se lo cuento yo ahora, que el director de escena, el afamado Director Artístico de la Opera de Birmingham, Mr. Graham Vick, vetó al tenor Aquiles Machado para el papel de 'Duque de Mantua', por una cuestión de presencia física. Y es que, por increíble que parezca, Vick no quería un tenor bajito y tirando a gordito, sino un señor esbelto. Tan arbitraria e incomprensible decisión fue servilmente acatada por los responsables del Teatro que, por lo que parece, han preferido la escena a la voz.Todo un síntoma de hacia donde caminan las representaciones de ópera. Supongo que muchos de ustedes, igual que yo, llevarán años escuchando hablar sobre la denominada 'dictadura de los directores de escena'. Bueno, pues aquí tienen un ejemplo de que tal cosa es cierta. Tan cierta, que el Real no iba a ser menos que algunos renombrados Festivales y sus responsables han decidido que ya que tal dictadura existe, exista para todos.Afortunadamente, las cuestiones físicas han parado en el Duque, porque para el papel de 'Rigoletto' se ha quedado con ese señor estupendo, en todos los sentidos y también desde luego en el físico, que responde al nombre de Carlos Alvarez. Aunque eso sí, creo que la obligada caracterización del personaje va a obligar a nuestro cantante a vivir en el teatro. La joroba postiza que le ha preparado el equipo de Paul Brown, escenógrafo y figurinista, pesa una barbaridad de kilos -ruego al Cielo que el esfuerzo no le impida cantar como sabe- y las sesiones de maquillaje han tenido que ser casi tan laboriosas como las de El Planeta de los Simios.Las voces de barítono pastosas, con extensión, volumen y color, son un lujo. Si a eso le añadimos la técnica cuidada, la facilidad para el legato y un fiato envidiable, tendremos la definición perfecta de Carlos Alvarez, un cantante con unas cualidades naturales privilegiadas que hacen de él un arquetipo de barítono verdiano y que, para suerte nuestra, ha decidido que ya está maduro para interpretar al atormentado jorobado.Un papel al que lleva dedicado prácticamente todo el verano, porque salvo dos o tres conciertos esporádicos, el barítono malagueño dijo no a todo lo que se le ofreció para dedicarse en cuerpo y alma a estudiar su 'Rigoletto'. Un papel que ya había rechazado hace años, cuando el maestro Muti le propuso cantarlo en La Scala, porque no se encontraba lo suficientemente preparado para ello. Un ejemplo de honestidad muy poco frecuente en estos tiempos, en los que cualquiera canta cualquier cosa y si además se la graban, mucho mejor.Carlos Alvárez posee una voz sólo comparable a su bonhomía, a su exquisito trato y a su generosidad en el escenario, que ya es mucho decir. Buena muestra de lo que afirmo la dio en el Real el pasado mes de julio, en un recital del que, por razones de salud, no pude hacerles la crítica.En aquella ocasión, la expectación era grande y no la defraudó. Nos había ofrecido un concierto espléndido en el que puso sobre el escenario toda la belleza de su inigualable voz y toda la generosidad que atesora. Tanta, que en la tercera propina y agotado ya después de tanto esfuerzo, se le quebró la voz.Este contratiempo es de los que pueden amargarle la noche a un cantante, para qué nos vamos a engañar, pero el público del Real reaccionó de manera ejemplar y cuando el barítono se calló con la voz rota y totalmente desconcertado, se puso en pie para dedicarle una emotiva, prolongada y cariñosa ovación, mientras se escuchaban alentadores gritos que le decían: "¡Carlos, no pasa nada!"Fue emocionante, créanme. Yo nunca había visto tanta unanimidad y sobre todo tanta verdad en el aplauso en el Teatro Real. Para agradecerlo, recuperado ya del susto, Alvarez volvió sobre los compases del disgusto y culminó la noche con el regalo de su bellísima voz en plenitud de facultades. Como pueden ustedes deducir de lo escrito, el éxito fue ya incontestable. Otro hubiese pensado que con un tropiezo ya había tenido suficiente y que para qué iba a arriesgarse. El no. El malagueño quiso demostrar al público y a sí mismo, supongo, hasta dónde llegaban su generosidad y su entrega en un escenario.Carlos Alvárez debutó en el Teatro de La Zarzuela de Madrid cantando La del manojo de rosas y desde entonces su carrera no ha hecho otra cosa que convertirse en una sucesión de éxitos. En el Teatro Real, además del recital que les he referido, ha cantado el papel del 'Conde' en Le nozze di Figaro de Mozart y el de 'Don Carlo' en Ernani de Verdi.Desde ayer, y hasta el próximo día 28, tendremos la oportunidad de escucharlo en un papel espléndido que han cantado todos los grandes barítonos verdianos. Yo lo haré el próximo día 4 y, entonces les contaré si, pese a los caprichos del Sr. Vick, este Rigoletto está a la altura que todos deseamos. Sobre todo les contaré si escuchar a D. Carlos Alvárez, sigue siendo un auténtico placer. Yo así lo deseo.

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