España - Castilla y León

Liturgia justificada

Samuel González Casado
martes, 3 de enero de 2012
Valladolid, domingo, 18 de diciembre de 2011. Auditorio de Valladolid. Renée Fleming, soprano. Miguel Harth-Bedoya, director. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Barber: The School of Scandal: obertura; Antony and Cleopatra: Give me some music. Herrmann: Wuthering Heights: I have dreamt. Strauss, R.: Fragmentos sinfónicos de la Suite de Der Rosenkavalier (trío y valses); Arabella: Mein Elemer. Elgar: Variaciones enigma, op. 36: Nimrod. Ochs: Dank sei dir, Herr. Mozart: Gran misa en Do menor, K. 427: Laudamus te. Verdi: La forza del destino: obertura. Cilea: Adriana Lecouvreur: Poveri fiori. Leoncavallo: La Bohème: Musette svaria sulla bocca viva; Mimì Pinson, la biondinetta. Puccini: Tosca: Vissi d´arte. Ocupación: 95%
0,0001881

El mayor riesgo de acudir a un concierto de una reconocidísima soprano y que se espera esté a la altura es salir decepcionado. Ocurrió en cierta medida con el de Angela Gheorghiu, otra cantante que cultiva esta costumbre –de raíces decimonónicas– del recital una vez se ha demostrado exitosamente la valía en otros contextos. Esta "fama que precede" da derecho a toda una liturgia alrededor de las divas, que unas afrontan con más elegancia y generosidad que otras. En el caso de Fleming no puede haber queja: se comportó como una gran dama desde el comienzo hasta incluso cuando el concierto ya era un hecho lejano, después de la formación de una gran cola para que firmara discos y programas, conversando muy amablemente con todos los que lo requerían en el recibidor del auditorio.

Debe decirse cuanto antes que la decepción musical en este caso tampoco se produjo: en directo, la calidad del canto de la soprano norteamericana es realmente sobresaliente. Resulta asombrosa ante todo la habilidad para regular el sonido a su antojo siempre desde la más estricta musicalidad y pulimento en el fraseo, sin descuidos, con una utilización de los matices a su alcance tan adecuada como variada. Ello está relacionado evidentemente con una técnica –más europea que típicamente americana– que ha logrado tras mucho trabajo y ha dado lugar a un mecanismo que no admite reproche. El equilibrio en toda la tesitura es fantástico, y lo más primoroso es la capacidad para colorear y fundir toda la zona baja del centro con el grave (primer paso), característica que solo es patrimonio de las mejores –una muestra en "Poveri fiori": "L´ultimo bacio / o il bacio primo / (...) / Bacio di morte / bacio d´amor", con dos notas sobre la última sílaba en pianissimo inolvidable–. La solidez de la zona central se puso de manifiesto igualmente en "I have dreamt", de Bernard Herrmann, cuyos ascensos al agudo fueron también una excelente piedra de toque para empezar.

La ductilidad en el manejo de los resonadores es realmente exquisita en la zona inferior de la máscara, dentro siempre de un sonido maravillosamente cubierto y personal, que le permitió firmar un "Vissi d´arte" realmente antológico, con un segundo paso que funciona como un –flexible– reloj y una afinación –perfecto el Mi bemol inicial– a prueba de bombas. Y eso después de haber demostrado su versatilidad con otra cumbre: la inesperada propina en la primera parte del Morgen straussiano, cantado con un gusto en el manejo de la media voz y el piano poco menos que hipnótico. Se debe destacar igualmente, en un orden opuesto de cosas, la elegancia en pasajes menos melódicos pero igualmente muy expresivos,  como "Give me some music", de Antony and Cleopatra de Barber, que tanto recuerda a algunos momentos de Salomé, o el absoluto dominio estilístico en "Mein Elemer", de Arabella.

Faltó un punto de picardía en las dos arias de La Bohème de Leoncavallo, pero la expresividad fue variada dentro de la sobriedad. El único pinchazo más o menos grave fue el dificilísimo "Laudamus te", de la Misa en Do menor K. 427 de Mozart. No estoy hablando de incapacidad técnica, sino de que la artista había cultivado hasta ese momento otras esferas y le costó mucho recoger el sonido para conseguir precisión en las agilidades y buena posición en el agudo, sobre todo con semejantes intervalos. Pese a unos espectaculares reguladores cuando la partitura permitía (tradicionales inflados) y unos trinos plausibles, la expresividad en este caso pareció inadecuada en el ámbito de un texto de base litúrgica; todo lo contrario del perfecto recogimiento y "elevación" del "Panis Angelicus" de Franck, obra más adecuada para las capacidades de la artista dentro de este recital. Las tres propinas "vocales", música muy popular, recogieron, como era de esperar, un éxito apoteósico, entre las que destacó una exquisita versión de la Canción de Marietta, de Die tote Stadt de Korngold. Muy notables el "O mio babbino caro" de Gianni Schichi y el "Ave Maria" de Schubert.

La dirección de Harth-Bedoya fue un poco agresiva para mi gusto. No es mal acompañante y dejó explayarse a Fleming, pero la orquesta debió sonar más delicada y amable, por ejemplo en Morgen (buena intervención, sin embargo, de la concertino Wioletta Zabek). En general, debió controlar más el volumen de la cuerda para que los redondos y delicados piani de Fleming llegaran a la butacas donde resultan difíciles de captar (y hay unas cuantas). Además, la soprano era mucho más efectiva a la hora de crear "ambientes" que director y orquesta. Por lo demás, sobresalieron la estupenda planificación de Nimrod, la energía algo desbocada de los extractos de Der Rosenkavalier y no tanto cierta asepsia ruidosa de la obertura de La forza del destino, en ejecución algo rutinaria.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.