España - Galicia

Acotaciones de oyente

Julio Andrade Malde (1939-2020)
viernes, 3 de febrero de 2012
Vigo, viernes, 27 de enero de 2012. Centro Cultural Nova Caixa Galicia. Orquesta Sinfónica de Galicia. Director, Piero Lombardi. Programa: Gaos, Impresión nocturna; Sibelius, Vals triste; Weber, Obertura de la ópera El cazador furtivo; Puccini, intermedio de la ópera Manon Lescaut; Kodaly, Danzas de Galanta.
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Espero que a mi admirado conciudadano, Wenceslao Fernández Flórez, no le molestará, allá donde se encuentre tras su pasamento (acaso en un bosque tan animado y maravilloso como aquél por donde vagaba el fantasma de Fiz de Cotovelo espantando a la clientela de Fendetestas), que tome en préstamo el título de las crónicas parlamentarias que publicaba en el diario ABC para abrir estas notas retrospectivas de un concierto que tal vez llegue a ser una referencia para la historia de la música de nuestra tierra. Porque una gran orquesta sinfónica gallega, dirigida por un jovencísimo maestro gallego (veintidós años), tocó en una gran ciudad gallega un programa con música del repertorio llamado clásico, dentro del cual se incluyó la obra de un compositor gallego, que ha sido registrada por orquestas canadienses, alemanas, checas y, por supuesto, españolas. Por si algún lector no está en las claves, diré que me refiero al acto musical que realizó la Orquesta Sinfónica de Galicia, dirigida por el coruñés, Piero Lombardi, en el Teatro García Barbón (Centro Cultural Nova Caixa Galicia), de Vigo. Y que la obra gallega interpretada que ha dado la vuelta al mundo, la compuso el músico coruñés Andrés Gaos; se llama Impresión nocturna y está escrita únicamente para cuerdas.

Breves consideraciones sobre esta partitura. Fue compuesta por Gaos con destino a uno de los dos conciertos que, en representación de la música argentina, dirigió en la Salle Gaveau, de París, al frente de la Orquesta de Conciertos Lamoureux, el año 1937, con motivo de la Exposición Universal. El éxito fue enorme; lo recogieron importantes periódicos galos. En la Argentina, los grandes diarios (La Nación, La Prensa) destacaron el triunfo. Pero -sic transit gloria mundi- después Gaos y su música cayeron en el olvido. La recuperación de la obra se debe a músicos gallegos -Joam Trillo, Maximino Zumalave- y al director de la Sinfónica de Galicia, Víctor Pablo Pérez. La Impresión nocturna se ha convertido en la obra más intepretada por la OSG y ha sido registrada por orquestas como la de Cámara de Stuttgart, Virtuosi de Praga, I Musici de Montreal, Orquesta de Cámara Joaquín Turina..., aparte de las dos grandes agrupaciones de Galicia. El autor la apreciaba sobremanera; tardó un mes en componerla y, durante las horas del día que le dedicaba, cerraba las puertas y ventanas de su estudio para evitar ruidos y trabajar en penumbra. Además, pidió a su familia que fuese interprtetada durante su velatorio. Es un movimiento lento que puede situarse sin desdoro al lado de los grandes adagios del Barroco, de Mahler (Quinta Sinfonía), de Barber (Adagio para cuerdas), de Schönberg (Noche transfigurada) e incluso de Grieg (Dos melodías elegíacas), a quien Gaos tanto admiraba.

La Impresión nocturna es un modelo de belleza, de identidad de estilo, de economía de medios y, acaso sobre todo, de matices agógicos y dinámicos. El aire es Andante y Gaos añade una calificación que vale para toda la pieza: "serenamente". Además, a lo largo de ella, se establecen indicaciones tales como "poco più mosso", "più calmo", "sempre più calmo"... Por añadidura, abundan los reguladores de la intensidad. ¿Por qué todos estos detalles? Pues porque Piero Lombardi ha puesto en valor todas estas indicaciones con total respeto a la partitura, y la orquesta ha seguido fielmente al joven maestro con una precisión que la honra. Continúa siendo aquella agrupación de la que decía Peter Maag -el gran director suizo que llegó a ser su principal director invitado- que entendía de inmediato todos sus requerimientos. Con gestos suaves y amplios -algo que define su técnica de batuta en gran medida-, sin necesitar una gesticulación excesiva, con un arranque que, como ya he dicho en otra oportunidad, recuerda el "départ" de Furtwängler (y no estoy estableciendo ninguna comparación absurda; sólo una apreciación personal), Piero Lombardi ha dirigido la obra utilizando una dinámica voluntariamente limitada entre el pianísimo y el forte; y empleando en ciertos momentos la agógica para dilatar el compás con efecto expansivo del discurso musical o retendiendo el tempo en algún tenso momento expectante. Se escuchan todas las líneas de la polifonía, lo que implica una perfecta disposición de los planos sonoros. No dudo en calificar esta interpretación como el momento más destacado del concierto. Una lectura así define a una orquesta y a una batuta.

En el otro extremo, tanto por su situación al final del concierto, como por su condición de obra para gran orquesta, brillante, llena de fuertes contrastes y que culmina en un movimiento orgiástico, las Danzas de Galanta de Kodaly, una bellísima partitura que el autor dedicó a su homónima ciudad de adopción. Aquí,
Lombardi da rienda suelta a su temperamento apasionado, determina bien los pasajes líricos, de melodías envolventes, casi orientalizantes, y se entrega con intensidad en los momentos en que la música se hace reiterativa para alcanzar el clímax mediante un largo regulador del volumen. La orquesta, en todo su esplendor, permite apreciar cómo el joven maestro dirige con movimientos horizontales de la mano izquierda, en alto, expresiva, a las maderas agudas; cómo permite las líricas expansiones del clarinete solista (magnífico, Ferrer) y de la trompa (extraordinario Bushnell), en el comienzo. De qué modo marca los cambiantes ritmos, las melodías que se precipitan unas sobre otras, las repetidas aceleraciones y los remansos del tiempo. En esta obra, su habitual técnica de dirección de gestualidad contenida, sobria, clásica -podríamos decir-, se hace multiforme, cambiante; hay un mayor movimiento corporal -incluso de los hombros-, dentro de la corrección de unos ademanes ni excesivos ni extravagantes. La orquesta estuvo magnífica, con una sonoridad rica, esplendorosa. El público se manifestó con gran entusiasmo y se escucharon las exclamaciones de entusiasmo y los reiterados aplausos.

Existen obras que por sí mismas no despiertan un excesivo entusiasmo en el público. Hay que buscar su belleza en el refinamiento expresivo, en los delicados contrastes, en el juego de luces y sombras. Son minoritarias, para paladares exquisitos, para oídos sutiles. Así sucede con la Impresión nocturna. Y también con el Vals triste, de Sibelius. También es ésta una bellísima partitura; pero el polo opuesto de la opulencia instrumental que caracteriza las Danzas de Galanta. Ahora bien: quienes saben gozar con el refinamiento sonoro hubieran disfrutado al escuchar los pianísimos con que Lombardi comienza la partitura y con los que la concluye; de manera que el fluir musical forme un arco que crece, alcanza un punto de inusitada intensidad y decrece hasta llegar a un destino que es como un retorno; acaso, como un eterno retorno.

Otra vez la señal de départ para iniciar la obertura del Freischütz. Aquí, el director se reviste del papel de un clásico de la batuta; su técnica rectora recuerda la de los viejos maestros de la dirección de orquesta. En ellos parece buscar el modelo. Una vez más, amplios y altos ademanes para dirigir los vientos, o marcar la entrada del clarinete describiendo un amplio arco con el brazo izquierdo, o pedir a los violonchelos (soberbios) una intensidad especial en el pasaje que tienen confiado en la obra. Piero Lombardi consigue que el público experimente un verdadero suspense en los pasajes transicionales donde el timbal con sus golpes misteriosos se erige en protagonista. Es la angustiosa calma que precede a la tempestad.

El apasionado temperamento del director coruñés pudo advertirse también en la arrebatadora y cambiante música de Puccini: el justamente célebre Intermedio de Manon Lescaut. Tras una introducción suave donde los primeros atriles de los arcos se expresan bellamente con vehemencia contenida, surge el arrollador lirismo pucciniano envuelto en esa orquesta sensual, maravillosa que nos conmueve del modo más profundo. La Sinfónica interpretó con fidelidad y bello sonido esta música llena de fuego donde la pasión alcanza el paroxismo y que, tal vez por eso mismo, halló su mejor traductor posible en una jovencísima batuta.

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