Estados Unidos

La expresión del violonchelo: Estreno del concierto de Elliot Carter

María Palacios

lunes, 15 de octubre de 2001
Chicago, sábado, 29 de septiembre de 2001. Symphony Center. Orquesta Sinfónica de Chicago. Yo-Yo Ma, violonchelo. Daniel Barenboim, director. Programa: Max Bruch Kol nidrei, op. 47; (interpretado en memoria de Isaac Stern); Elliot Carter, Concierto para violonchelo en un movimiento; Richard Wagner, selección de El Ocaso de los Dioses. Ciclo 'Wagner y el modernismo'. Temporada de abono 2001-2
La orquesta Sinfónica de Chicago, junto a su actual titular Daniel Barenboim, ha comenzado esta temporada su ciclo de conciertos bajo el epígrafe de Wagner y el Modernismo. Durante las tres primeras semanas se han programado una serie de conciertos en los que se incluyen obras de Wagner junto a música de compositores actuales.Debido al cercano fallecimiento de Issac Stern, el concierto sufrió un pequeño cambio en su programa. Siguiendo los presupuestos del ciclo, el programa se abría con el preludio de Los maestros cantores de Wagner, pero finalmente esta partitura fue reemplazada por la lírica y sentimental canción de Max Bruch Kol nidrei, con la que Yo-Yo Ma al violonchelo y Barenboim desde la batuta, rindieron su personal homenaje al violinista. Además, junto al programa de mano se repartió una breve nota donde la Orquesta, así como Barenboim y Yo-Yo Ma respectivamente, mostraban unas breves palabras de condolencia. El espíritu de Isaac Stern se transformó de esta forma en el alma del concierto.Tras esta íntima canción, interpretada con la calidez y ternura que nos tiene acostumbrados Yo-Yo Ma, se abordó la obra que centraba las miradas del programa: el Concierto para violonchelo en un movimiento del compositor de Nueva York Elliot Carter (1908). No es la primera vez que la Orquesta de Chicago interpreta obras de este compositor americano; asi, en 1990 grabó las Variaciones para orquesta para Deutsche Grammophon con Sir Gior Solti; el 17 de febrero de 1994 estrenó su Partita para orquesta, bajo la dirección de Daniel Barenboim, junto a su Concierto de clarinete, con Bruce Yeh como solista y Pierre Boulez en la dirección; y el 24 de febrero del año pasado interpretó su ópera What New?, de nuevo con Barenboim a la batuta.Carter compuso este concierto para violonchelo como encargo de la Orquesta Sinfonica de Chicago. La última página está fechada el 11 de noviembre del año pasado y ha sido dedicado expresamente a Yo-Yo Ma. En él emplea unos efectivos orquestales masivos: tres flautas y flautín, dos oboes y corno inglés, dos clarinetes, dos clarinetes bajos junto al poco utilizado clarinete contrabajo (al que se le asigna la parte más lograda del concierto), cuatro trompas, tres trompetas, tres trombones y tuba, una enorme percusión, arpa y cuerdas. A pesar de estos inmensos efectivos, el tratamiento de la orquesta y el sentido general del concierto está muy próximo a la música de cámara.Probablemente sea Elliot Carter uno de los compositores americanos actuales más interesante. Se le puede considerar como un especialista en escribir conciertos con solista, esta partitura de hecho constituye su octavo, pero el estilo del compositor se aleja del concepto de virtuosismo que suele acompañar a los conciertos tradicionales. Este concierto para violonchelo es una continuación natural de sus anteriores obras. Compuesto en un solo movimiento, la partitura se puede dividir en siete secciones que son conectadas por pequeños puentes. Se inicia con el violonchelo solo a modo de cantinela, presentando el material temático que después se desarrollará en los demás movimientos. El modo de presentar el material, con dos fuertes acordes proporcionados por el violonchelo, recuerdan el inicio de un clásico del violonchelo, el concierto de E. Elgar.Como afirma Phillip Huscher en sus fantásticas notas al programa, la relación entre el solista y la orquesta en todo concierto, es uno de los puntos centrales que tienen que ser considerados a la hora de analizar la partitura. En el concierto de Carter esta relación es un tanto especial. En líneas generales el violonchelo toca largas y complejas líneas, mientras que la orquesta se limita a "molestarle" con secos y fuertes acordes. La relación violonchelo-orquesta está basada, de hecho, en interpretar simultáneamente diferentes estilos de música; así, si el violonchelo tiene una sección rápida y florida, la orquesta realiza un suave acompañamiento, si el violonchelo toca largo y legato, la orquesta realiza estacatos ligeros, etc. Este juego de opuestos alcanza su punto más efectivo en el diálogo que mantienen el violonchelo, en su registro más agudo, con el clarinete contrabajo, en el grave, punto que nos recuerda la textura y el color que consigue Ligeti en su propio Concierto para violonchelo (aunque él utiliza la cuerda para crear este color especial, y se basa en otros principios compositivos, ambas partituras están muy próximas en este punto).La partitura termina como empezó, con el violonchelo solo. Esta obra consigue explotar las posibilidades expresivas del violonchelo al máximo, aunque, probablemente debido a ello, la orquesta queda demasiado en segundo lugar. Como el propio Carter nos dice: "He intentado encontrar el significado, el camino especial para revelar las grandes posibilidades de expresión del violonchelo". Sin duda, Carter sabía que contaba con uno de los mejores chelistas (por no decir el mejor) del panorama actual, y explota al máximo sus posibilidades expresivas y técnicas. Pero teniendo en cuenta que la obra iba a ser interpretada por la Orquesta Sinfónica de Chicago, quizá el compositor podía haber explotado más sus posibilidades. Realmente la Orquesta podía haber hecho mucho más con una partitura más comprometida, como nos demostró en la segunda parte con su interpretación de Wagner.Así, al finalizar este concierto de violonchelo (de unos veinte minutos de duración), Barenboim y la orquesta de Chicago nos ofrecieron una magnífica interpretación de fragmentos de El Ocaso de los Dioses. Quizá sea excesivamente personal, pero siempre que escucho una versión orquestal de cualquier ópera de Wagner pienso que el compositor alemán es genial, y realmente único, por su orquestación. Hay relativamente poca gente que pueda escuchar sin perder la concentración la Tetralogía completa, pero casi me atrevería a asegurar que también es poca la gente que no se hubiera quedado sorprendida tras escuchar el Wagner que nos ofreció Barenboim y la Sinfónica de Chicago.El Ocaso de los Dioses constituye la última entrega de El anillo del Nibelungo, interpretado por primera vez en Bayreuth el 17 e agosto de 1876, aunque el propio Wagner ya había dirigido algunos extractos de la partitura en la ópera de Viena y Budapest en años anteriores. La partitura cuenta con una enorme plantilla: viento madera a cuatro, ocho trompas, cuatro tubas wagnerianas, tres trompetas y trompeta baja, tres trombones, trombón bajo, trombón contrabajo, tuba, percusión, dos arpas y una inmensa plantilla de cuerda.A pesar de que la partitura de Carter también tenía estos potentes efectivos, aquí contamos con una orquestación densa, intensa, de enorme dramatismo, muy distinta a la puntillista partitura que escuchamos en la primera parte. Esta obra de Wagner, con su cuidada orquestación, se ajusta perfectamente a las posibilidades expresivas de la orquesta, que alcanzó una sonoridad, empaste y fuerza propia de las mejores orquestas del mundo. La Orquesta de Chicago, con su actual director Daniel Barenboim, ha alcanzado un nivel técnico y una sonoridad digna de poder situarse entre las grandes. Como se suele decir en estos casos: realmente fue un concierto memorable.Además del programa que nos ocupa, en las sesiones sucesivas del ciclo Wagner y ell modernismo está programada una selección de las Walkirias, junto a la primera interpretación americana de Panorama ciego de Mundry (dirigida e interpretada al piano por Daniel Barenboim- 4, 5, 6, 11 y 12 de octubre); así como la ópera Tristán e Isolda, interpretada, en versión de concierto, los días 13 y 16 de octubre.

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