Suiza

Lucerna bien vale una Missa (aunque sea de difuntos)

Josep Mª. Rota

viernes, 24 de agosto de 2012
Lucerna, viernes, 10 de agosto de 2012. Sala de conciertos del KKL. Juliane Banse (soprano, Beethoven), Anna Prohaska (soprano, Mozart), Sara Mingardo (contralto), Maximilian Schmitt (tenor), René Pape (bajo), Bruno Ganz (narrador). Chor des Bayerischen Rundfunks y Schwedischer Rundfunkchor (Peter Dijkstra, director de los coros). Lucerne Festival Orchestra. Claudio Abbado, director. Ludwig van Beethoven, Musik zu Goethes Trauerspiel Egmont op. 84. Wolfgang Amadé Mozart, Requiem d-Moll KV 626 (edición de Franz Beyer y Robert Levin). Festival de Lucerna

La programación de la actual temporada de los festivales de Lucerna se abría con un anuncio extraordinario: el concierto inaugural (y sus dos repeticiones) iba a consistir en nada menos que la Octava sinfonía de Mahler, la "sinfonía de los mil", obra monumental, profunda e infrecuente, de proporciones descomunales, se mire por donde se mire. Dado que el tema del presente festival lleva por título ‘La Fe’, dicha programación parecía más que acertada. De hecho, el insigne Abbado ya ha programado (editado y comercializado en DVD) todas las restantes sinfonías de Mahler en su festival de Lucerna. La hora de la Octava había llegado. El radiante himno Veni creator spiritus, de Rábano Mauro, alegre canto a la esperanza, y la solemne escena final del Segundo Fausto, trascendencia y redención, iba a tener su merecido lugar.

La sorpresa fue mayúscula cuando la dirección de los festivales anunció, con las localidades casi agotadas, que la "sinfonía de los mil" caía del programa e iba a ser sustituida por el Requiem de Mozart y el Egmont de Beethoven. ¡Imagínense ustedes el chasco! La dirección, como debe ser, se ofreció a cambiar o reembolsar las entradas. En conversación informal, los amabilísimos responsables de prensa del festival me comentaron que la única y breve razón dada por el maestro Abbado sobre el cambio era "por razones artísticas". De manera oficiosa, me transmitieron su pesar por dicho cambio; en su opinión, el maestro Abbado no se siente a gusto con la magna obra. Las devoluciones debieron ser mínimas, pues excepto unas pocas localidades vacías aquí y allí, el concierto registró un lleno técnico.

Entiéndanme bien, por favor; de ninguna manera pretendo menospreciar la misa de difuntos de Mozart, ni mucho menos. Pero sustituir la Octava de Mahler, obra infrecuente, como dije antes, por el Requiem de Mozart, obra repetidísima hasta la saciedad, ‘El Requiem’ por antonomasia para los neófitos y el gran público, es ir de un extremo a otro. La interpretación a la que tuve la suerte de asistir, repetición del concierto inaugural de dos días antes, fue exquisita, precisa, pero sin unción, casi aséptica (¿sería la mala predisposición de mi subconsciente, todavía sin resignarse al cambio?). Mi esposa, que ocupaba su localidad en una galería cercana al director y a los coros, opinó todo lo contrario; ella, que conoce la obra por haberla cantado en el coro, quedó entusiasmada con la implicación del maestro Abbado; naturalmente, será ella la que lleve la razón.

Acaso se diría que fue una versión más concertística que litúrgica o teatral (así en el Dies irae, confutatis maledictis, Rex tremendae maiestatis, por citar los pasajes más dramáticos). Sobresalientes los coros de las radios bávara y sueca (treinta féminas y veintiséis caballeros): seguros, sonoros, dúctiles; hicieron honor a su reconocida y merecida fama. Misma nota para la orquesta y los solistas, entre los que cabe destacar el lujo de René Pape (contundente su Tuba mirum, en la que el trombón no le anduvo a la zaga). De la excelencia general de la orquesta, coros y solistas, debo dejar aparte a la soprano Anna Prohaska, insegura en todas sus intervenciones solistas, desafinada incluso (Te decet hymnus, Deus, in Sion; Benedictus; luceat eis, Domine). Sólo en los conjuntos anduvo más correcta. La partitura seguida en el concierto se corresponde a la edición de Franz Beyer, a excepción del Sanctus, que se dio en la versión ampliada de Robert Levin.

Después del acorde final, el maestro Abbado contuvo su gesto y se mantuvo de manera extática durante unos larguísimos veinte segundos; relajados cuerpo y espíritu, el auditorio rompió en atronador aplauso.

La primera parte del concierto estuvo dedicada a la música incidental para la tragedia de Goethe Egmont, de Beethoven. Aquí hay que reconocer la originalidad de la programación, ya que, excepto la obertura, que sí es pieza de repertorio, los ocho números musicados por Beethoven con el texto de Goethe son una verdadera rareza. Ciertamente se trata de una música de ambientación al drama, como las cantilenas de Clärchen, o directamente subordinada al discurso de los personajes, como el melodrama, por lo que su valoración debe hacerse en el conjunto del ámbito teatral más que en el musical.

Aquí sí estuvo Abbado dramático, en la obertura y en toda la música incidental; el primer acorde sonó denso, contundente, marcado por una extrema energía vital; maravillosa la cuerda grave en el contracanto; soberbias las trompas en la marcha de la victoria que cierra la obertura y también la pieza, así como las trompetas, en su creciente e incisivo acelerado. También resultó mejor la soprano, en este caso la germana Juliane Banse, que estuvo a la altura de las circunstancias: emotiva, delicada y entregada al papel. La voz es lírica, tiende a crecer y está manejada con gusto. El texto declamado corrió a cargo del actor Bruno Ganz, zuriqués, sin duda uno de los más destacados actores actuales en lengua germana. Fuera incluso de sus fronteras, alcanzó recientemente la fama por su interpretación de Adolf Hitler en la película El hundimiento (los cinéfilos lo recordarán en Nosferatu, de Werner Herzog). No sólo su voz, sino también su gesto y su presencia transmitieron a la perfección el drama del patriota flamenco subyugado por el Duque de Alba.

Como dije al principio, Lucerna bien vale una misa, aunque sea de difuntos.

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