Suiza

Contundencia en do menor

Josep Mª. Rota

lunes, 27 de agosto de 2012
Lucerna, viernes, 17 de agosto de 2012. Sala de conciertos del KKL. Radu Lupu, piano. Lucerne Festival Orchestra, Claudio Abbado, director. Ludwig van Beethoven, Concierto para piano nº 3 en do menor, op. 37. Anton Bruckner, Sinfonía nº 1 en do menor WAW 101 (versión de Viena de 1890/91). Lleno “hasta la bandera”

Después de una semana de música de cámara, el festival de Lucerna retomaba su actividad sinfónica con dos nombres propios de la orquesta: Beethoven y Bruckner. A ambos compositores les viene como anillo al dedo el tema central del festival de 2012: La Fe. Cada uno, naturalmente, desde su propia realidad. El programa reproducía la estructura clásica: concierto en la primera parte y sinfonía en la segunda. Las piezas elegidas, en cambio, estaban en las antípodas respectivas: el Tercer concierto para piano de Beethoven y la Primera sinfonía de Bruckner. Cuando hablo de antípodas, me refiero a su frecuencia: sólo en Lucerna, el concierto de Beethoven se dio ya en el lejano 1949 (Edwin Fischer y Herbert von Karajan) y la última vez, en el de 2011 (Mitsuko Ushida y Mariss Jansons). Piedra de toque de pianistas y orquestas, el Concierto de Beethoven (con sus hermanos mayores en sol y mi bemol) es una obra de repertorio. La Primera sinfonía de Bruckner no se dio hasta 1973, con Abbado, precisamente; la última interpretación fue hace 20 años, en 1992 (Riccardo Chailly). El Tercer concierto es coetáneo de las dos primeras sinfonías, un acabado ejemplo del período clásico de Beethoven. Está dedicado al príncipe Luis Fernando de Prusia [Ver nota 1]. La Primera sinfonía de Bruckner está dedicada a la Universidad de Viena, que le acababa de conceder el Doctorado honoris causa; sus "padrinos" no son menos ilustres: Hermann Levi y Hans Richter.

Abbado y Lupu dieron una visión acertadamente clásica al Concierto de Beethoven: orquesta proporcionada en dimensiones y sonoridad, detalle en la melodías, plástica y elegante. La obra mira a Mozart, en concreto, al concierto también en la tonalidad de do menor del salzburgués. En la cadencia, lo último que retocó Beethoven, Lupu se ajustó a las características conceptuales; por cierto, considero la cadencia del Tercero al mismo nivel de belleza que la del mismísimo "Emperador". Destacar la batuta del maestro Abbado en la considerablemente larga introducción orquestal. La bellísima entrada del piano solo en el largo, momento que yo esperaba con ansia, quedó ofuscado por una impertinente (y continuada tos). ¿Sería acaso su propietario el único entre el respetable que no echó mano a los generosos cajones de caramelos Ricola que flanquean todas las escaleras del KKL? En cualquier caso, el segundo movimiento, en la sorprendente tonalidad de mi natural mayor (en lugar del esperado relativo mayor en mi bemol), deambuló sereno y plácido, con mención especial para chelos y contrabajos en el delicado y sugerente contracanto. Sin solución de continuidad, el rondó tronó en medio de la tormenta agresiva del do menor, mientras el oboe anunciaba la bonanza; el presto despejó los nubarrones y el cielo resplandeció en su brillante do mayor. Después, aplausos, bravos, saludos, idas y venidas de director y pianista, más aplausos y bravos, idas y venidas ahora del pianista, propina y más aplausos y bravos. ¡Y lo mejor estaba todavía por llegar!

A la tercera va la vencida. Después de dos intentos considerablemente serios, el inseguro Bruckner se convenció a si mismo que esta Sinfonía en do menor era su primera sinfonía, lo cual no es poco, dado su carácter dubitativo. Cariñosamente, Bruckner se refería a ella llamándola das keke Beserl, algo así como la "picaruela fresca". Dicha sinfonía la compuso Bruckner bajo la apabullante impresión que le reportó el conocimiento del Tannhäuser de Wagner; también Lohengrin y Tristán, pero el "coro de peregrinos" y sus trombones flotan en la sinfonía. Por otra parte, esta obra contiene ya todas las características de las posteriores sinfonías del maestro de Ansfelden; así, el scherzo en sol menor, cuyos ritmo y energía son "made in Bruckner", el "eterno reposo en Dios Nuestro Señor" del adagio, o los poderosos crecientes sonoros que se desvanecen en una elaboración, las articulaciones, el desarrollo de temas secundarios a partir del principal y, sobre todo, la presencia mística del número tres. Incluso el denso estilo polifónico avanza ya los futuros corales. El estreno de dicha sinfonía tuvo lugar en Linz, bajo la batuta del mismo Bruckner el 9 de mayo de 1868. No fue hasta 1889 que Hermann Leví conoció la partitura y le pidió al maestro, cosa inaudita, que no la retocara demasiado. Terminada de revisar la Octava, se puso Bruckner a retocar su Primera para el estreno vienés, que tuvo lugar el 13 de diciembre, bajo la batuta de Hans Richter. Dicha versión, llamada de Viena, es la que eligió Claudio Abbado para el presente concierto.

Después de la pausa, el escenario se llenó de tarimas y sillas para albergar, por primera vez en lo que iba de festival, a la orquesta al completo; desde mi localidad conté dieciséis segundos, diez contrabajos, cuatro fagots y cinco trompas; el resto, a tres, sin tuba. Desde el arranque de la sinfonía pude comprobar, ahora sí, todo el poder de la Lucerne Festival Orquestra y la habilidad del maestro Abbado a su frente. La interpretación fue creciendo en intensidad y emoción, sin decaer; el maestro Abbado controló las transiciones, mantuvo el pulso firme en los contrastes y supo construir un edificio granítico, marmóreo, sin tiras y aflojas y sin precipitaciones. Debo reconocer, y perdonen la sensiblería, que consiguió ponerme los pelos de punta en la última recapitulación que lleva a la coda del finale. La sinfonía le duró unos 51 minutos, desglosados de la siguiente manera: 13', 13', 9', 16' [Ver nota 2]. Después del acorde final, se produjo un tenso silencio que sólo se rompió con unos tímidos y aislados aplausos, hasta el estallido final del público. Siete minutos duraron los aplausos y perdí la cuenta de cuantas veces salió Abbado a saludar. El maestro hizo levantar, por individuos y por secciones, a los diversos músicos de viento y percusión para que recibieran su merecido aplauso. También la orquesta tuvo su gesto de agradecimiento hacia el director, pues, pese a la repetida insistencia del director, se mantuvo sentada, otorgando así los aplausos a Claudio Abbado.

NOTAS

1.- Nieto de Federico el Grande, Luis Fernando de Prusia era pianista y compositor. Se alineó con la reina Luisa, Stein y Blücher contra la nefasta política de no intervención de Federico Guillermo II. La esperanza de las armas prusianas murió en el combate de Saalfeld el 10 de octubre de 1806, cuatro días antes del desastre de Jena-Auerstadt. No llegó a cumplir los 34 años.

2.- Jochum (EMI), 47,08; Jochum (DGG), 47,19; Barenboim, 50,03; Wand, 48,05; Janowski, 45,00. Todos ellos en la versión de Linz de 1866.

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