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Conciertos breves: la Academia de la JONDE (I)

José-Luis López López
lunes, 15 de octubre de 2012
Alicante, lunes, 24 de septiembre de 2012. Auditorio de la Diputación (ADDA), Sala de Cámara. Academia de Música Contemporánea de la JONDE. Directores: José Antonio Trigueros y Francisco Valero-Terribas. Obras: Anagnórisis II: Aurora expropiada, de Irma Catalina; Memorias, de Jorge Fernández Guerra; Las aguas lustrales, de Diana Arismendi; Impromptu, de Jorge Sancho. 28 Festival de Música de Alicante 2012, 18.30 h. Asistencia: media entrada
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Como en años anteriores (con la diferencia de que estos conciertos se interpretaban en la Sala del Centro Cultural Las Cigarreras) el FMA programa dos sesiones con la interpretación, a cargo de la Academia de Música Contemporánea de la JONDE, de obras generalmente de jóvenes intérpretes (aunque no faltan otros más veteranos), con el común denominador de que se trata de estrenos absolutos (algunos, encargo del propio Festival) o, al menos, de estrenos en España. En este caso, se escucharon cuatro piezas (las dos primeras dirigidas por Trigueros y las otras dos por Valero-Terribas, tres de ellas premières compuestas en 2012, y sólo la de D. Arismendi, de 1993, primera audición en España).

Comenzó Irma Catalina (Cuenca, 1980) con Anagnórisis II: Aurora expropiada (12 min). Su actividad alterna la composición musical contemporánea y electroacústica con proyectos interdisciplinares del grupo artístico “Miseria y hambre”, del que es cofundadora. Puesto que realizó estudios de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, sus explicaciones están impregnadas de referencias culturales (La vergüenza de Europa de Günter Grass, Poética de Aristóteles, epitafio de Seikilos -fragmento de inscripción epigráfica hallada en la antigua Tralles, hoy Aydín, en Turquía, no lejos de Éfeso, sobre una tumba hecha construir por un desconocido Seikilos en honor de su esposa Euterpe, y que constituye un ejemplo de la forma de composición musical griega, con el añadido de ser la más antigua melodía escrita que se conoce-, la alusión, esta vez transliterada, de peripeteia, “cambio de fortuna”, o sea, nuestra “peripecia”). Eso no está mal; pero cuando el oyente -en este caso quien esto escribe- es del oficio filosófico y conoce el antiguo griego (también alemán), no deja de sucumbir a la “malvada” tentación de intentar comprobar de donde proceden tantas frases helénicas clásicas, y descubre -como sospechaba- que la “fuente” está en la Wikipedia; incluida la traducción (porque el original no figura) de los dos últimos versos de La vergüenza de Europa de G. Grass (tomado de el diario El País de 25-05-2012, “Un alemán ante el castigo [de la UE, se supone] a Grecia”). No es ilícito ¿verdad?, pensar que esas “apoyaturas” muestran que la autora no sabe ni griego ni alemán (y uno recuerda a algunos alumnos que le presentan trabajos por este procedimiento del cut and paste).

Pero, averiguado eso, queda la pregunta, aquí básica: ¿qué hay de los 12 minutos de música? Pues lamentamos decir que nuestro oído nos declara que no mucho: pese a un efectivo instrumental de cuarteto de cuerdas, flauta, trompa, clarinete, oboe, fagot, percusión y papeles de periódicos estrujados en determinado momento, y de una patente cita del Himno a la alegría de la Novena de Beethoven al final, el conjunto resulta -lo mejor que podemos decir- curioso, pero nada innovador, ni desde el punto de vista armónico, ni melódico, ni tímbrico, ni rítmico… Una pieza meramente audible, y sentimos mucho decir esto, porque Irma Catalina es una simpática persona.

Aunque no fuera nada más que por oficio -y en él hay mucho más que eso-, escuchar Memorias de Jorge Fernández Guerra (1952) tras la obra anterior es, musicalmente, como “pasar de lo pintado a lo vivo”. En 10 minutos se muestra el pulso de un auténtico compositor: escrita para un sexteto de flauta, clarinete, fagot, dos violines y cello, utiliza con sabiduría y libertad un material que, según él mismo reconoce, había usado ya hace más de veinte años, y que ahora amplía sus posibilidades, abriendo unos espacios de velocidad de transmisión y memoria sonora que llegan al “oído interno”, a la sensibilidad, en un flujo que se desliza permanentemente, con una destacada omnipresencia rítmica. Música cuya coherencia estructural se traduce en simetría, orden, regularidad y sencillez. Esa es la clave: conseguir que la complejidad se manifieste como simplicidad, mostrando, en primer lugar, una capacidad de arraigo en el recuerdo del oyente; y, por otra parte, revelándonos lo que siempre esperamos en el mundo de los sonidos: la “cara oculta” de la música, esa que perdura, en el plano consciente y, más aún, en el inconsciente, transformando –otro poco más‒ nuestra propia estructura personal profunda. Sin duda, la obra más destacada, de lejos, de este concierto.

La venezolana Diana Arismendi (1962), que no estuvo presente, es la autora de Las aguas lustrales (13 minutos), para cuarteto de cuerdas. Según la compositora, el título proviene “de un antiguo rito judío de purificación, relatado en la Biblia, que se hacía tras la muerte de una persona en el lugar donde el hecho sucediera, implicando en él los elementos agua, aire y cenizas”. Según nuestros conocimientos (impartimos desde hace años Filosofía e Historia de las Religiones), el “agua lustral” fue conocida, desde tiempos remotos, no sólo por los hebreos, sino por los egipcios, los etruscos, los hindúes de Calicut, y casi todos los pueblos de la Antigüedad. Era el agua en la que se habían apagado tizones ardiendo, procedentes de la hoguera de un sacrificio, y se guardaba en unas grandes vasijas colocadas en el vestíbulo de los templos, con la que se lavaban los que a ellos acudían. También se lavaban con ella los cadáveres y los asistentes a la ceremonia fúnebre. En todo caso, y tras esta precisión, hay que decir que Diana Arizmendi compuso este cuarteto al enterarse que uno de sus hermanos padecía una enfermedad mortal. Una obra, pues, doliente, en tres movimientos, con bruscas alternancias de tempi y con frecuentes pausas, así como con una trabajada intensidad de los timbres, en la que el dolor se expresa con más “exterioridad” que profundidad. No obstante, pieza interesante.

Concluyó la sesión con Impromptu, miniatura (6 minutos) del joven autor zaragozano Jorge Sancho (1979), un septeto para flauta (en do y piccolo), clarinete en Si bemol, trompa, percusión, violín, viola y cello. De escritura desenfadada, casi un divertimento, sin mayor trascendencia. Sancho debe crecer como compositor, y esperamos que lo consiga: apunta maneras, que podrá desarrollar con tiempo y dedicación.

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