Italia

Y Rieti se postró ante Carmen Romeu

Alejo Palau

miércoles, 17 de octubre de 2012
Rieti, sábado, 29 de septiembre de 2012. Teatro Flavio Vespasiano. Adina or Il califfo di Bagdad, farsa en un acto con música de Gioachino Rossini y libreto en italiano de Gherardo Bevilacqua Aldobrandini, que es a su vez una reducción del libreto Il califo e la schiava de Felice Romani, musicado por Francesco Basili. Se estrenó en el Real Teatro de San Carlos de Lisboa el 22 de junio de 1826. Producción del Reate Festival de Rieti. Gennaro Vallifuoco, director de escena. Flaviano Pizzardi, Andrea Papi y The Pool Factory, imágenes digitales. Laura Viani, vestuario. Patrizia Salvatori, escenografía. Corrado Verini, iluminación. Intérpretes: Dario Ciotoli (Il Califo), Carmen Romeu (Adina), Moisés Marín García (Selimo), Alessandro Granato (Alì), Simone Alberti (Mustafà). Belcanto Chorus y Ensemble Novecento. Carlo Rizzari, director musical. Reate Festival 2012. Ocupación: 90%

La historia de la ópera Adina, de Gioacchino Rossini, no empezó con buen pie. Comisionada por el Teatro de San Carlos de Lisboa en 1818 (es el único título lírico del compositor no estrenado en París o Italia), no pudo escucharse por primera vez hasta 1826. Aparte, a causa de las prisas, Rossini escribió solo tres números, dejando el resto a sus ayudantes y añadiendo otros tres pasajes escritos, anteriormente, para la ópera Sigismondo.

Tras su estreno, no consta ninguna otra representación hasta casi 140 años después, en 1963. Desde entonces hasta ahora, en contadas ocasiones hemos podido ver esta injustamente maltratada farsa de serrallo sobre un escenario. Digo injustamente maltratada porque, pese a los refritos, la pincelada del propio Rossini y el trabajo de sus colaboradores, el título es una exquisitez musical de primer nivel. Y no solo por la belleza de la música, sino porque los solistas requieren una gran preparación vocal y técnica para abordar las siempre complicadas coloraturas del repertorio rossiniano y que, en este caso, recaen principalmente en el papel de Adina.

Es por ello que no podemos más que quitarnos el sombrero ante la valenciana Carmen Romeu, que abordó el personaje con una destreza fascinante y una coloratura limpia y clara, algo que, por desgracia, es terminantemente difícil de encontrar en los cantantes de las nuevas generaciones. La joven soprano, que justo este verano hemos podido escuchar también en el ROF de Pésaro con Ciro in Babilonia, se está decantando por el bel canto, opción que, si sigue en la misma línea, la llevará a ser una de las grandes de un género que espera recuperar la uniformidad y la efervescencia conseguidas décadas atrás.

Compartiendo cartel con Romeu, encontramos a otro español, el granadino Moisés Marín García, que, como Selimo, debutó su primer papel protagonista con un resultado más que exitoso. Y no es para menos, pues hizo gala de una potente voz de agudos vibrantes y fabulosas agilidades.

Momento de la representación

© 2012 by Massimo Rinaldi/Teatro Flavio Vespasiano de Rieti

 

Cerró el triángulo amoroso Il Califo del bajo Dario Ciotoli, un bonito timbre destrozado por una fatal afinación, y una coloratura tan sucia e insuficientemente trabajada, que llegó a provocar justos rumores entre el público.

Contrariamente, requiere una especial mención Simone Alberti, que encarnó majestuosamente al jardinero Mustafà, el rol buffo de la ópera. Es una lástima que Rossini no dedicara ninguna aria a este personaje, pues el bajo estuvo exultante y resolvió con gran belleza y enormes dosis de humor las trabas técnicas de la partitura.

Por su parte, Alessandro Granato cantó con corrección y entusiasmo el breve papel de Alì.

En cuanto a la dirección escénica, Gennaro Vallifuoco centró la atención en un resuelto y convincente fondo con proyecciones que dejó el escenario completamente libre para los cantantes y el coro. Este último, el Belcanto Chorus, formado solo por voces masculinas, actuó vigorosamente y de forma adecuada, al igual que el Ensemble Novecento, formado por jóvenes músicos, de entre los que destacó el fortepianista Diego Procoli. Al frente de todos, el gran maestro Carlo Rizzari, cuya impecable dirección hizo de este espectáculo una delicia y, como no, el descubrimiento de un título que merece mucho la pena conocer.

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