Discos

El hombre multidimensional

Paco Yáñez
lunes, 29 de octubre de 2012
‘A Life in Music. Earle Brown Contemporary Sound Series. Vol. 6’: John Cage: Cartridge Music; Six Melodies for Violin and Keyboard. Christian Wolff: Summer for String Quartet; Duo for Violinist and Pianist; Duet II for Horn and Piano. George Crumb: Four Nocturnes for Violin and Piano. Isang Yun: Gasa. Charles Wuorinen: The Long and the Short. Gerardo Gandini: Soria Moria. César Bolaños: Divertimento III. Marlos Nobre: Tropicale. Óscar Bazán: Sonogramas. Manuel Enríquez: Díptico I. Alcides lanza: Penetrations II. ‘Abstract Sound Objects’: Earle Brown: Home Burial; Folio; Twenty-Five Pages; Four Systems; Summer Suite ’95. Gilbert Kalish, Sabine Liebner y David Tudor, piano. Kenji Kobayashi, Matthew Raimondi y Paul Zukofsky, violín. Walter Trampler, viola. David Soyer, violonchelo. Howard Hillyer, trompa. John Cage y David Tudor, objetos sonoros. The New Sound Composers-Performers Group. Alcides Lanza, director. Frank Kämpfer, Rolf W. Stoll y Udo Wüstendörfer, productores. Bob Arnold, Michael Morawietz, Elliot Scheiner y Gene Thompson, ingenieros de sonido. Tres CDs ADD de 137:15 minutos de duración y un CD DDD de 78:35 minutos de duración grabados en Nueva York (Estados Unidos), de 1960 a 1973; y en la Deutschlandfunk Kammermusiksaal (Alemania), del 10 al 12 de junio de 2009. Wergo WER 6943 2 (‘Earle Brown Contemporary Sound Series. Vol. 6’) y Wergo WER 6745 2 (‘Abstract Sound Objects’). Distribuidor en España: Diverdi
0,0004109 El pasado 30 de julio, publicamos en Mundoclasico.com una amplia reseña del cuarto volumen de las ‘Earle Brown Contemporary Sound Series’; ciclo discográfico de 18 compactos de cuyo sexto volumen damos cuenta hoy. Como su nombre indica, tiene esta edición del sello Wergo como protagonista al compositor norteamericano Earle Brown (Lunenburg, Massachusetts, 1926 - Rye, New York, 2002), si bien en este último volumen de la serie únicamente en condición de productor, pues no encontraremos en los tres discos seleccionados ninguna de sus composiciones. Sí las disfrutaremos en el otro compacto abordado en esta reseña: Abstract Sound Objects, soberbio monográfico dedicado a su obra para piano, de más reciente grabación (2009).

El primero de los discos comprendidos en este sexto volumen de las ‘Earle Brown Contemporary Sound Series’, publicado como LP en 1962, es realmente fascinante por el agudísimo contraste que marca entre las piezas de dos buenos amigos y miembros de la New York School como John Cage y Christian Wolff. Abre el compacto una obra tan radical, subversiva y epifánica en la historia de la música como Cartridge Music (1960), de John Cage. El uso de micrófonos de contacto aplicados a la superficie de objetos tratados para la producción de diversos ruidos crea una acumulación de efectos realmente impactante, reforzada en esta edición por la superposición de diversas grabaciones de la obra efectuadas por el propio John Cage y el pianista David Tudor (lo que da idea de su valor histórico). Ello acaba conformando un marasmo de ruidismo de una potencia musical reveladora: las entrañas del sonido canónicamente considerado ‘no-música’. Es ésta una vía en la que Cage fue (como en tantas otras cosas) un pionero de procedimientos que años más tarde se aplicarían en la avantgarde europea, sin ir más lejos en las excepcionales Mikrophonie (1964/1965) de Karlheinz Stockhausen.

De otro universo musical parecen provenir las partituras de Christian Wolff en comparación con la de John Cage. Summer for String Quartet (1961), Duo for Violinist and Pianist (1961), y Duet II for Horn and Piano (1961), aunque dejan entrever el asomo de algunos tímidos procedimientos extendidos, pertenecen a un mundo de trabajo fundamentalmente interválico, basado en una serie de alturas determinadas, a partir de las cuales los intérpretes de estas partituras semiabiertas poseen un abanico de posibilidades para determinar entradas, dinámicas, etc. (procedimiento habitual en los compositores neoyorquinos de los años cincuenta). Es por ello crucial la selección de músicos que revelará tales partituras. El propio Wolff alaba las versiones recogidas en este compacto, y no es para menos, con buena parte de los líderes de la vanguardia de la posguerra en los Estados Unidos, con David Tudor, Kenji Kobayashi, etc.

El segundo compacto tiene como protagonista a Paul Zukofsky, que se enfrenta a una serie de partituras de gran demanda en términos técnicos con respecto a su instrumento: el violín. Lo acompaña en esta travesía el pianista Gilbert Kalish. John Cage vuelve a estar presente con lo que casi podríamos denominar parte de su ‘prehistoria musical’: sus Six Melodies for Violin and Keyboard (1950), piezas marcadas por el color, el ritmo y una progresión melódica entrecortada, cual camino hacia una tradición no consolidada (quizás aquélla en la que Schönberg le había vaticinado sería incapaz de componer). Más maduros, personales e interesantes son los Four Nocturnes for Violin and Piano (Night Music II) (1964), de George Crumb, obra en la que quizás lo más sustancial lo aporta el piano, instrumento para el que dos años antes el compositor americano había creado una partitura crucial en su evolución estilística: Five Pieces for Piano. Nos asomamos en este caso a cuatro piezas nocturnales de refinada escritura, con patrones de estructura pentatónica cuya recurrencia rítmica los acercan a la música india. De Isang Yun escuchamos Gasa (1963), obra basada en un tema tradicional coreano, aquí explotado en sus alternancias de tempo y dinámica, acusando contrastes extremos que, desde un material melódico oriental, trata Yun de modo netamente europeo (diríamos más: expresionista, con cierto carácter decadente) en cuanto a estructura armónica (lo que no obvia compases en suspensión etérea, momentos de evanescencia de corte asiático). Por último, del norteamericano Charles Wuorinen se recoge la pieza para violín The Long and the Short (1969). Como su nombre indica, la duración de los materiales expuestos es centro de atención, como las texturas que estos crean y matizan a lo largo de su existencia. La interpretación, como en el resto del compacto, soberbia, con un estilo despojado de todo romanticismo, muy seco y nítidamente articulado, en el que la mano izquierda tiene un trabajo arduo y continuo, y la derecha una matización con el arco impoluta, con contrastes muy sugerentes en los pasajes en pizzicato.

El último compacto de este volumen, decimoctavo de las ‘Earle Brown Contemporary Sound Series’, da buena muestra de la voluntad trasnacional de este proyecto, pues recoge partituras firmadas por compositores de Sudamérica a lo largo de los años sesenta; piezas en las que se perciben los fuertes vínculos de la avantgarde sudamericana con las corrientes musicales europeas y norteamericanas contemporáneas. Tal es el caso del bonaerense Gerardo Gandini, estudiante con Messiaen en Francia y cuya estancia en Nueva York gravita de algún modo sobre su obra para ensemble Soria Moria (1968), en la que el sonido se construye de forma móvil (muy en línea con las piezas coetáneas del propio Earle Brown). Seis tipologías sonoras son ejecutadas por diversos músicos, grupos o ensembles, dando lugar a alternancias y superposiciones que crean texturas a partir de glissandi, ruidos combinados con gestos, acordes, tímbricas variadas, etc. También una etapa de formación neoyorquina experimentó el peruano César Bolaños. Divertimento III (1967) es una pieza para clarinetes, flauta, piano e instrumentos de percusión que habilita a sus intérpretes la posibilidad de improvisar sus propios ritmos, con la condición de producir una serie de patrones musicales en intervalos temporales determinados. Su naturaleza bascula entre un aroma jazzístico y búsquedas propias de las vanguardias de posguerra, con recitados y pasajes fonéticos que abigarran una escena instrumental muy depurada.

Del brasileño, también ampliamente vinculado con los Estados Unidos, Marlos Nobre escuchamos Tropicale (1968), cuarteto para piccolo, clarinete, piano y percusión que trabaja la música aleatoria, con amplia posibilidad de los intérpretes para elegir alturas en el marco de una música muy rítmica y con tintes surrealistas, de carácter onírico. También argentino es Óscar Bazán, conocido por su vinculación con el teatro musical y autor de cuidada y personal notación. Sonogramas (1963) es una obra para dos pianos dividida en siete breves movimientos, en los cuales muy diversas posibilidades son explotadas: desde rotundos clústers a improvisación libre, pasando por rígidas determinaciones en ritmo y alturas, o uso estereofónico de los dos pianos y trabajo de resonancias en caja vía explotación del pedal. El mexicano Manuel Enríquez es la presencia centroamericana en este compacto, con su Díptico I (1969) para flauta y piano, partitura que busca ahondar en los contrastes que marca la cohabitación de instrumentos con naturalezas tímbricas tan diferentes. Por último, del compositor, pianista y director argentino Alcides Lanza escuchamos Penetrations II (1967). Se trata de la pieza más impactante y ambiciosa del compacto. En su abigarrado marasmo sonoro se entrecruzan instrumentos acústicos y electrónicos, voces y banda magnética. Las partes electrónicas, sintetizadas por Lanza en la Universidad de Columbia, no dejan de poseer ciertos ecos vareseanos, y a ellas reaccionan los instrumentistas en vivo a través de técnicas extendidas. Todo un soundscape polimorfo tan inquietante como vivo y atractivo casi medio siglo después.

Hasta aquí las interpretaciones históricas, las provenientes de ésta que fue visionaria serie de LPs, con ya cuatro décadas de antigüedad. El siguiente compacto de Earle Brown, titulado Abstract Sound Objects, es novedad en el mercado y recoge interpretaciones de Sabine Liebner, una de las pianistas más activas del repertorio contemporáneo, con especial dedicación a la música norteamericana, como sus magníficos registros de Morton Feldman o John Cage dan fe. En esta ocasión, Liebner reúne en su disco para Wergo piezas pianísticas de Earle Brown, que van desde el año 1949, con Home Burial, a 1995, con Summer Suite ’95. Tal y como nos indica en sus notas Rolf W. Stoll, los fuertes vínculos que unieron a Brown con los artistas contemporáneos asentados en el área de Nueva York sirvieron de inspiración para numerosos procesos musicales derivados ya fuera de la action painting de Pollock o de los móviles de Calder. De su gestualidad y estructuras obtendrá principios que aplicados a la música abren la indeterminación, al tiempo que confieren al intérprete amplias posibilidades para concretar cada realización de las partituras. Ello dará lugar a una de las grafías más fascinantes de la historia de este arte: la notación musical browniana.

Por supuesto, fue éste un proceso que se asentó de forma extendida en los años cincuenta, que no afectó aún, así pues, a la citada Home Burial, de notación tradicional: pieza de piano para ballet inspirada en un poema de Robert Frost que escuchamos aquí en su primera grabación mundial. Folio (1952-53) sí se adentra en la indeterminación, como pocas obras en su catálogo. Basadas en las teorías compositivas de Josef Schillinger, sus siete piezas se construyen a partir de líneas verticales y horizontales calculadas de forma matemática, que dibujan una inaudita notación tridimensional que puede atacar el pianista desde diversos ángulos y perspectivas. El resultado, por tanto: una sólida interacción entre el cálculo y las posibilidades aleatorias. Twenty-Five Pages (1953) ahonda en esa línea de trabajo, constituyéndose como forma abierta. Compuesta por 25 páginas, la obra puede ser tocada, igualmente, por entre uno y veinticinco pianistas (aquí Liebner en solitario), que disponen de indicaciones genéricas en cuanto a duraciones y alturas, a partir de las cuales se van guiando. La breve Four Systems (1954) es igualmente una forma abierta en la que cuatro sistemas lineales de bandas ofrecen al pianista una serie de registros, intensidades y duraciones a partir de las cuales se selecciona una combinación determinada en cada interpretación. En cierto sentido, con December 1952, pieza incluida en Folio, es una de las partituras que mayor grado de apertura habilita en el catálogo del compositor de Massachusetts. Por último, con Summer Suite ’95 efectuamos un salto de cuatro décadas, tras casi treinta años de alejamiento compositivo de Brown con respecto al piano. En esta obra los procesos se invierten: Brown ejecuta una serie de trece piezas que un computador registra y convierte en notación, material que será la partitura de la obra a partir de la versión del compositor, y por tanto material aquí determinado, ya en derroteros estilísticos muy diferentes con respecto a las firmes piezas de los años cincuenta. En el Brown tardío hay un halo más poético, más melódico, así como gravitan múltiples técnicas y universos pianísticos sobre su desarrollo.

Como no se podía esperar menos de semejantes propuestas abiertas, los resultados alquitarados en sus lecturas por Sabine Liebner son radicalmente distintos a lo todo lo antes escuchado. Valga, por ejemplo, contrastar su versión de December 1952 con la histórica de David Tudor (New World Records 80650-2). Si Liebner se adentra en una visión muy sobria, depurada y poética de la pieza, que extiende a 3:06 minutos de duración, Tudor se va a los 6:08 minutos de sonidos fuertemente percusivos, con amplio uso del arpa del piano y una sonoridad más visceral y aguerrida, más ‘de época’. Liebner, en general, nos brinda un Earle Brown filtrado por la distancia del tiempo, por la búsqueda de un lenguaje menos histriónico y más límpido. Siendo un piano agradable y extremadamente nítido en cuanto a la exposición de todos los parámetros, me seguiría quedando para llegar a las cotas más impactantes de estas piezas abiertas con lecturas como las del citado Tudor.

Las tomas sonoras de todos los registros son realmente buenas, ya sea las históricas: de verdadero lujo para tratarse en algunos casos de grabaciones que prácticamente estrenaban la estereofonía en el ámbito de la vanguardia; o en la más reciente de Sabine Liebner en la Deutschlandfunk, con los estándares de calidad típicos de las radios alemanas. Los libretos provienen, en el caso de las ‘Earle Brown Contemporary Sound Series’, de los LPs originales, con gran interés histórico; y en el caso del CD pianístico, están firmadas por el productor Rolf W. Stoll, que brinda un texto muy informativo de la evolución de Earle Brown y su interacción con las artes plásticas en el proceso de conformar una cierta interdisciplinariedad en el ámbito de la New York School. Documentos, así pues, fundamentales para comprender mejor a una figura principal de la música norteamericana del siglo XX.

Estos discos han sido enviados para su recensión por Diverdi
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