España - Andalucía

Mitológica modernidad

Miguel Pérez Martín

lunes, 10 de diciembre de 2012
Sevilla, miércoles, 5 de diciembre de 2012. Teatro de la Maestranza. Siegfried, ópera en tres actos con música de Richard Wagner y libreto del compositor basado en el poema épico germánico El anillo del Nibelungo. Estreno en el Festpielhaus de Bayreuth en agosto de 1876. Coproducción del Palau de les Arts Reina Sofía y el Maggio Musicale Fiorentino. Dirección de escena de Carlus Padrissa y La Fura dels Baus. Escenografía de Roland Olbeter. Vestuario multimedia de Chu Uroz, iluminación de Peter van Praet y videocreación de Franc Aleu. Reparto: Lance Ryan (Siegfried), Catherine Foster (Brünnhilde), Alan Held (El Caminante), Robert Brubaker (Mime), Gordon Hawkins (Alberich), Christa Mayer (Erda), Kurt Rydl (Fafner), Cristina Toledo (Pájaro del bosque). Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Dirección musical: Pedro Halffter. Temporada 2012-2013. Ocupación: 85%

Ir a ver una de las óperas de la tetralogía del Anillo del Nibelungo de Wagner requiere, a veces, un acto de valentía y de inmersión. Quizá por eso, en el estreno de Siegfried anoche en el Teatro de la Maestranza, una cincuentena de asistentes del patio de butacas no volvío a sus asientos tras el descanso del primer acto. El Siegfried del Maestranza fue de menos a más, empezando tímido, como si la música de Wagner diera respeto entre los atriles de la orquesta, dirigida por Halffter, y sobre el escenario. Lance Ryan, que interpretaba al héroe “que no conoce el miedo”, salió dubitativo, pero culminó en la escena de la forja de la espada con fuerza, voz poderosa, con la osadía del personaje creado por Wagner que, a pesar de no ser más que un chiquillo, derrocha arrojo. Ryan se mantuvo con Brubaker -que interpretaba al enano Mime- en un mano a mano agotador del que salieron bien parados, con voces cada vez más afianzadas y expresivas, siempre que el guión y la compleja música wagneriana lo permitían.

Una de las peculiaridades de esta ópera es la preponderancia de las voces masculinas. Hasta bien entrado el segundo acto, sólo son hombres los que dan vida a la partitura del compositor. Ryan, Held y Brubaker -en los papeles de Siegfried, El caminante y Mime, respectivamente- pusieron dramatismo a las escenas iniciales y crearon tensión ayudados por una orquesta que, si bien no estuvo excelente, tuvo momentos de verdadera inspiración, como acompañando el delicado relato de la muerte de la madre del héroe. Las voces de los cantantes fueron graves, pesadas como una losa en el sentido en el que aportaron expresividad a los textos mitológicos -la voz de Held dando vida a El caminante sonó grave y suntuosa en el juego de las preguntas con el enano Mime-. Ayudó muchísimo a toda esa expresividad y a esa sensación de estar presenciando un ritual sacro el montaje planeado por La Fura dels Baus, un derroche de imaginación y modernidad que ya exhibió en las dos primeras óperas de la Tetralogía representadas en Sevilla en las dos temporadas anteriores.

Las nuevas tecnologías son usadas en Siegfried como un catalizador del complejo universo mitológico germánico del compositor y alimentan a la música, construyendo sobre ella un dinámico relato paralelo. Las seis pantallas dobles sirven de taller de herrero, de paisaje nevado y de reino de los dioses en un tercer acto lleno de simbolismo. Impresionante el tremendo monstruo articulado que representa a la bestia Fafner, guardián del tesoro, en un mar de móviles calderianos.

A lo largo de la obra, Padrissa diseña un templo de tres pilares basado en el metal, el fuego y la naturaleza, esa naturaleza en la que se mueven las cantantes femeninas. Mayer despliega solemnidad en su rol de diosa flotando sobre la bola del mundo, con voz pausada e interpretación sólida en un momento de profunda turbación por el ocaso del mandato de los dioses tras la victoria de Siegfried. Más dulce estuvo Catherine Foster, que al igual que Ryan cantaba por primera vez en el Maestranza. En su papel de Brünnhilde, hizo alarde de templanza y creó junto a Ryan una atmósfera íntima en un tercer acto en el que la orquesta dio lo mejor de sí a golpe de matices y sonido cuidado. Mención especial para Cristina Toledo, única española en el reparto y que encarnó al pájaro del bosque que todo lo sabe. A pesar de cantar suspendida en el aire por un arnés, y aunque un mal cálculo terminó estrellándola en una de sus apariciones contra el lateral del escenario, la mezzosoprano sonó empastada con la flauta que le daba la réplica desde el foso y la ilusión del pájaro cantor acabó siendo una realidad.

La noche acabó con sencillez en el encuentro final de Brünnhilde y Siegfried, dando protagonismo a la música, a esa conclusión esperanzadora y arrebatadora concebida por Wagner a la que le sobran efectos especiales ostentosos. Y así lo entendió Padrissa, que cerró con un beso de película su tercera entrega de la Tetralogía. Ryan, Held y Brubaker acapararon la mayor parte de los aplausos de un público un poco adormecido tras las casi cinco horas de función, pero que supo valorar en cada intermedio el trabajo bien hecho en el montaje de una obra que es más que un desafío.

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