España - Andalucía

Del atropello a la brillantez

Miguel Pérez Martín

martes, 18 de diciembre de 2012
Sevilla, jueves, 13 de diciembre de 2012. Teatro de la Maestranza. Alexei Volodin, piano. Orquesta Filarmónica de Málaga. Edmon Colomer, director. Leonard Bernstein: Candide, Obertura. Sergei Rachmaninov: Rapsodia para piano y orquesta sobre un tema de Niccolò Paganini, Op. 43. Claude Debussy: Images 2: Iberia. Richard Strauss: Las alegres travesuras de Till Eulen Spiegel, Op. 28. Ocupación: 75%.
---

La noche del jueves era el momento para ver cómo está de salud una de las llamadas “cuatro grandes” de Andalucía. La Orquesta Filarmónica de Málaga llegaba al Teatro de la Maestranza dentro del ciclo de intercambio entre orquestas que fomenta el conjunto sevillano. Las “cuatro grandes”, hijas de la revolución cultural fruto de la Exposición Universal de Sevilla en 1992, supusieron un cambio sustancial en la actividad cultural de Granada, Córdoba, Málaga y Sevilla.

La Filarmónica de Málaga salió con ímpetu, pero la emoción jugó en su contra. La obertura de Candide, la opereta fresca y dinámica de Bernstein, sonó al principio atropellada. Bernstein exige fuerza y muchas ganas, pero a la Filarmónica se le fue de las manos. Sonó como una orquesta desbocada hasta que encontró su lugar a la mitad de la obertura, cuando el tema principal y romántico hace su entrada expresiva. La obra tiraba de ellos y no ellos de la obra. Una vez encontrada la templanza, el conjunto malagueño afrontó junto al pianista Alexei Volodin la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninov. El ruso pareció inflamar a la orquesta y poco a poco la obra fue a más hasta llegar a niveles excepcionales en el Andante cantabile, esa variación en la que Paganini desaparece para dejar paso al único Rachmaninov posible, el de las melodías arrebatadoras y la emoción a flor de piel, el que refleja sus demonios y ese sabor a tímida nostalgia que impregna su música. La orquesta estuvo templada y con un sonido redondo, y el piano de Volodin fue ganando en riqueza y matices hasta desembocar en un virtuosismo frenético y emocionante. Volodin alardeó de técnica y demostró que sabe tocar su repertorio patrio, algo que no le importa demostrar ante el piano.

Tras el descanso, la Filarmónica de Málaga siguió en una línea ascendente. La Iberia de Debussy fue evocadora y mística. En Los perfumes de la noche, la intención ha de estar guiada por la sutileza, incluso en los metales. Las trompetas estuvieron inseguras durante toda la noche, y eso rebajó el efecto, pero por lo demás, el conjunto malagueño consiguió con bastante acierto evocar más que decir, esa complicada maniobra que suele ser una constante en Debussy. Mención especial para las arpas, la celesta y el viento madera, sobre todo el oboe, que dieron muestra de una interpretación cálida en los pasajes solísticos.

El concierto terminaba con Strauss. Las alegres travesuras de Till Eulen Spiegel fueron un cierre que confirmó el buen trabajo de Colomer al frente de la orquesta de cara a este concierto. Con fuerza y decisión afrontó la Filarmónica el poema sinfónico, al fin con unos metales claros y concisos en la ejecución. Logros de una gran expresividad en la cuerda y en la respuesta de trompas y trompetas, y la confirmación de que poco tenía que ver esta orquesta con la que había salido al principio atropellada a tocar a Bernstein. Esta alardeaba de brillantez y demostraba haber dejado reposar la obra. Un concierto que fue de menos a más para disfrute de un Maestranza en el que se echó de menos un público más cálido, y en el que inexplicablemente estaban bastante vacíos las terrazas y el paraíso.

Comentarios

Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.