Canadá

Con sus más y sus menos

Horacio Tomalino

jueves, 3 de enero de 2013
Montreal, sábado, 22 de septiembre de 2012. Place des Arts. Sala Wilfrid-Pelletier. Ópera de Montreal. La Traviata. Ópera en tres actos con música del compositor italiano Giuseppe Verdi (1813-1901) y libreto de Francisco María Piave (1810-1876) basado en la obra La Dama de las Camelias del escritor francés Alejandro Dumas hijo (1824-1895). Estreno: Teatro La Fenice de Venecia el 6 de marzo de 1853. Michael Cavanagh, dirección escénica. Decorados, Tom Mays. Vestuario, Gail Bakkom. Elenco: Myrto Papatanasiu (Violetta), Roberto De Biasio (Alfredo Germont), Luca Grassi (Giorgio Germont), Alexandre Sylvestre (Doctor Grenvil), Tomislav Lavoie (Marqués de Obigny), Aidan Ferguson (Flora Bervoix), Patrick Malette (Baron Douphol), Jean-Michel Richer (Gastone), Karine Boucher (Annina). Coro y Orquesta del Teatro. Fabrizio Maria Carminati, director musical. Temporada 2012-13

Si la Ópera de Montreal empezó con el pie derecho su 33˚temporada con la reposición de La Traviata, esto se debió en buena medida a una distribución de primer orden que sacó a relucir todo el lustre posible de la obra maestra verdiana.

A cargo del personaje protagonista y en un rol que le calzó como anillo al dedo, la soprano griega Myrto Papatanasiou demostró ser una cantante de gran clase, convenciendo no sólo por sus sólidos medios vocales sino también por su entrega e histrionismo escénico. En lo estrictamente vocal, la tesitura de Violetta no pareció presentarle mayores problemas. En el primer acto, Papatanasiou sorteó con mucho mérito y madurez técnica tanto el lirismo de su aria ‘Ah, fors’e lui…’ como las agilidades de la cabaletta ‘Sempre libera’ a las que imprimió interesantes tintes personales lo mismo que en el ‘Amami Alfredo…’ donde la soprano griega alcanzó uno de los momentos más conmovedores de la noche. Sin embargo sería en el último acto donde su timbre -robusto y de color oscuro- encontraría el terreno más fértil para plasmar el dramatismo que el aria ‘Addio dal passato’ requiere y que unido a la enorme carga emotiva con la que moduló su canto la convertirían en la triunfadora absoluta de la velada y la harían acreedora a una ensordecedora, interminable y bien merecida ovación una vez caído el telón.

No le fue en zaga el tenor Roberto De Biasio quien compuso un impecable Alfredo Germont de gran refinamiento, buen gusto y cuya caracterización fue merecedora de todos los elogios. De voz generosa, dúctil y homogénea, De Biasio fue recorriendo la partitura prestando particular atención a colorear del mejor modo posible su canto para expresar los diferentes estados de ánimo de su personaje deleitando al mismo tiempo con un modélico fraseo de gran nobleza.

Papatanasiu y De Biasio en La Traviata (Montreal, 2012)

Una grata sorpresa la dió el debutante barítono italiano Luca Grassi quien cinceló con rica vocalidad un bien plantado Giorgio Germont en el más puro estilo verdiano, de gran sensibilidad y profundidad interpretativa.

En los roles comprimarios reinó la discreción, con la sola excepción de la solvente y prometedora Karine Boucher, quien como Annina fue la única vocalmente a la altura de las circunstancias y a la cual pudo comprendérsele que estaba cantando en italiano.

Al coro que dirigió Claude Webster se lo vio mucho más comprometido que en otras ocasiones y tuvo momentos de altísimo nivel de excelencia como se desearía tuviese muchos en el transcurso de esta nueva temporada. Al frente de la siempre solvente orquesta Metropolitana, el director italiano Fabrizio Maria Carminati hizo una lectura precisa, fluida y bien concertada que insufló seguridad a cuanto sucedía sobre la escena.

Después de los cuatro palos con pretensión de puesta en escena que pudieron verse en la última reposición que de esta misma ópera la compañía hizo en el 2006, la actual producción proveniente de la ópera de Minnesota, con decorados y vestuarios firmados por Tom Mays y Gail Bakkom respectivamente, parecieron dignos del propio Zeffirelli.

En esta nueva propuesta escénica la acción se trasladó de finales del siglo XIX a principios del siglo pasado, lo que si bien no aportó nada nuevo tampoco no entorpeció el desarrollo ni la comprensión de la trama. Tanto el lujo de los salones de Flora y Violetta, como la casa de campo, o bien la pobreza del cuarto donde la protagonista yace agonizante fueron convincentes.

Lo que no convenció en absoluto fue la dirección escénica de Michael Cavanagh, quien realizó un trabajo pleno de altibajos y en el cual el común denominador fue la pobreza de ideas y el desconocimiento, ya no sólo de lo que sucedía en la ópera sino también del contexto histórico en el que la trama tiene lugar. ¿Cómo es entendible que Violetta y Alfredo canten encima de la mesa mientras que los invitados hacen una ronda alrededor de estos en la escena del brindis? Así y todo la música pudo más y nada logró ensombrecer un espectáculo que, con sus más y sus menos, tuvo el mérito de dejar satisfecho al público.

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