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Inteligencia, capacidad y musicalidad

Ignacio Ferrando García

martes, 22 de enero de 2013
Donostia-San Sebastián, sábado, 12 de enero de 2013. Auditorio Kursaal . Orquesta de cámara Orfeo 55. Nathalie Stutzmann, contralto y dirección. Obras: Antonio Vivaldi, Concierto para dos violines en La menor op. 3/8 RV 522. Aria “Lascia almen” de La costanza triunfante RV 706. Aria “Vedro con mio diletto”, Ritornello de Anastasio y Aria “Sento in seno”, de Il Giustino RV 717. Sinfonía en 3 movimientos, Recitativo “Con questo ferro” y Aria “Gemo in un punto”, de L’Olimpiade RV 725. Johann Sebastian Bach. Sinfonía de la Cantata BWV 42. Aria “Getrost!” de la Cantata BWV 133. Sinfonía de la Cantata BWV 4. Aria “Stirb in mir” de la Cantata BWV 169. Aria “Erbarme dich” de la Pasión según San Mateo BWV 244. Sinfonía de la Cantata BWV 21. Aria “Nichts kann mich erretten” de la Cantata BWV 74. Concierto de abono de la Funzción Kursaal
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Esta es mi primera incursión en el mundo de la crítica musical. A mi parecer hay en todo juicio artístico una parte subjetiva que puede variar enormemente en función de quién realice la crítica, pues cada uno percibe el mundo de una manera, y hay otros factores a tener en cuenta, como el estado anímico, el nivel de energía física y mental, el conocimiento de la música que se pretende juzgar y la afinidad con la misma. La ocasión para iniciar esta andadura se presentaba espléndida: la orquesta de Cámara Orfeo 55 con su directora y contralto Nathalie Stutzmann en un programa totalmente barroco con dos faros de la dimensión de Vivaldi y Bach. Un ejemplo perfecto de la teoría de los affetti.

Stutzmann vio cumplido su sueño de dirigir su propia orquesta de cámara en 2009 con la fundación del grupo Orfeo 55, en el que cada músico es contratado en base a su habilidad técnica y musical, su flexibilidad y su nivel de integración en el espíritu del ensemble, y todo esto se nota, se ve y se escucha. Constituyen estos músicos un grupo sincero, profesional y artístico de un nivel magnífico. Orfeo 55 suena como un instrumento y eso no es fácil. A menudo se confunde el uso de la orquesta y se tiende a emplear los instrumentos como si coloreáramos, no como si pintáramos. Ese es un problema al que se enfrenta primero el compositor, que debe tratar la orquesta como un instrumento -con su propio sonido- y posteriormente el director, que debe dar forma a esa música.

En este caso el trabajo dio su fruto. Fue un ejercicio de inteligencia, musicalmente magistral. De saber qué hacer y ser capaz de hacerlo. Una riqueza descomunal de dinámicas y un hermoso trabajo del timbre. Un sonido redondo y expresivo. Mención especial para Stutzmann, porque si dirigir y cantar con éxito por separado ya es un ejercicio de extrema dificultad, lograr conjuntar ambas carreras es toda una hazaña. Lejos de la imagen de una diva ofreció una versión sincera, cercana y humilde que se apreció en la interpretación que pudimos escuchar. Es de agradecer que en estos grises tiempos de recortes los músicos de Orfeo 55 se explayaran a la hora de compartir una música llena de detalles.

La primera parte de la velada, bajo el título “Prima Donna”, estuvo dedicada al músico veneciano. Según Stravinsky, Vivaldi no escribió quinientos conciertos, sino quinientas veces el mismo concierto. Una afirmación, a mi entender, del todo injusta. Comenzó el concierto con una descarga de energía de la mano del Allegro del Concierto para dos violines en La menor. Fiel a una de las imágenes sonoras que todos proyectamos al pensar en Vivaldi y sus violines, esa chispa vivaldiana. Siguió con la alegre y amable aria Lascia almen, en la que la voz requiere hacer un uso virtuoso de la misma. Las modernas instalaciones del Kursaal hicieron posible la proyección de subtítulos en todas las arias; un detalle que ayuda a captar mejor ciertas sutilezas de la relación entre música y texto y que fuera de las salas de ópera suele ser imposible encontrar. Después más seriedad y sobriedad con Vedro con mio diletto. Tras el ritornello de Anastasio fue momento para disfrutar de un magnífico ejemplo de cómo componer un fragmento pizzicati, espléndido y delicado, que convive perfectamente con la voz en el aria Sento in seno.

Llegó el momento de una recarga de energía con la selección de tres números de L’Olimpiade. Primero la sinfonía en tres movimientos: eléctrico allegro, elegante andante y un torrente de vitalidad en el brevísimo y conclusivo allegro moderato. Tiempo para una pausa reflexiva con el recitativo Con questo ferro y para concluir, más actividad y pasión con la ardiente y vehemente Gemo in un punto.

Tras la pausa el concierto prosiguió con música en exclusiva de Bach. Citando al escultor Chillida "Saludo a Bach, moderno como las olas, antiguo como el mar, siempre nunca diferente, pero nunca siempre igual". Una acertada forma de definir lo indefinible. Fue esta segunda parte, titulada “Una cantata imaginaria”, momento para un mayor reposo y recogimiento, a excepción de la Sinfonía de la Cantata BWV 42 y el aria Getrost!, enérgicas y vitales, que hicieron menos brusco el paso desde un Vivaldi chispeante al mundo más introspectivo de Bach, en el que nos sumergimos con la sobrecogedora Sinfonía de la Cantata BWV 4, con la aparición del órgano, que supuso un cambio en la paleta sonora, y que se enlazó con el aria Stirb in mir. Llegó el momento para el extracto de la Pasión Según San Mateo. Sin duda estuvo a la altura de tan excelsa partitura. Sensibilidad sin afectación gratuita, en el que tal vez se echó en falta un poco más de volumen en la voz, como en algún momento más de la segunda parte del programa, debido tal vez, a que en varias de los números de Bach intervenían más músicos. Llegó uno de los momento más gozosos con la interpretación de la Sinfonía de la Cantata BWV 21 con el oboe como solista y ese inexorable caminar en las cuerdas hacia lo más profundo del alma. Finalizaba el programa con el aria Nichts kann mich erretten, con un aire más vital y expansivo, de celebración, regalándonos una sonrisa.

En el apartado vocal destacar el buen estado de forma de Stutzmann, a la que se escuchó igual de cómoda con los dos compositores y cuya oscura voz brilló más en el registro medio-agudo, donde podía liberar todo su torrente vocal.

Para finalizar, dos regalos fuera de programa. El primero de ellos, el aria Bist du bei mir de J.S. Bach, absolutamente mágico. Sin duda “mi momento” del concierto: pasión y emoción. Para despedirse, el Aria de la Suite No.3 del genio de Eisenach.

Sin ningún tipo de duda un concierto, unos intérpretes y una música recomendables para todos los públicos y que no decepcionarán a ningún amante de la música.

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