España - Andalucía

La gran Finlandia y el mágico Chopin de Perianes

José-Luis López López
miércoles, 30 de enero de 2013
Sevilla, jueves, 17 de enero de 2013. Teatro de la Maestranza (Sala Principal). Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Javier Perianes, piano. Director, Ari Rasilainen. Programa: Einojuhani Rautavaara, Cantus Arcticus, Concierto para pájaros y orquesta, Op. 61. Frédéric Chopin, Concierto para piano y orquesta nº 1, en Mi menor, Op. 11. Jean Sibelius, Sinfonía nº 5 en Mi bemol mayor, Op. 82 (rev. 1919). 6º de Abono de la XXIII Temporada de Conciertos de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS). Asistencia: lleno.
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En el primer concierto de Abono de 2013, la primera duda que esta crítica nos plantea es cuál debe ser la imagen que la encabece. Pues, en una portentosa conjunción de bondades, merecen (algo poco común) los mejores elogios todos los participantes en esta fiesta de la Música (así, con mayúscula). En el orden convencional de la ficha de líneas más arriba: Javier Perianes, flamante Premio Nacional de Música (Interpretación) y artista en residencia durante la presente Temporada de la ROSS y del Teatro de la Maestranza; la Orquesta (sobre la que ya no caben dudas: es una de las mejores de España, por no ir más lejos); Ari Rasilainen, excelente director finlandés, tal como reconoció constantemente el público; la programación en su conjunto y los compositores y sus obras; y, para culminación de los protagonistas, los propios espectadores, en actitud y en cantidad. Respecto a esta última, la ocupación media se sitúa, lo que no está nada mal, día tras día, entre el 90 y 95 por ciento (salvo en las óperas y ballet con música live -como el reciente, exquisito, delicioso ballet Giselle de Adolphe Adam-, en las que se alcanza el tope); estamos convencidos de que la causa de este lleno fue la presencia de Perianes, pianista inconmensurable.

¿Entonces? Si dentro de lo excelente, hemos de subrayar lo excepcional, nos quedamos con el patriarca actual de la música finlandesa, E. Rautavaara; con el símbolo musical sempiterno del mismo país, J. Sibelius; y con Javier Perianes (no incluimos a un Chopin algo primerizo, cuya obra, sin embargo, el pianista, sobrecogedoramente, elevó a los cielos más altos). Bueno, por nosotros pondríamos las imágenes de los tres: pero si hay que elegir una, nos parece la más oportuna la de Rautavaara, al que dedicaremos también la extensión más amplia, para intentar paliar el desconocimiento que en España se tiene, en general, de su figura y de su música. Más aún si esta es Cantus Arcticus, posiblemente su obra más famosa (desde luego en su país, y en las demás naciones nórdicas y occidentales.

Einojuhanu Rautavaara nació en Helsinki en 1928. Estudió música en su país y, durante un tiempo, a partir de 1952, en EE.UU., en la Juilliard School de Nueva York, y en Tanglewood, Massachusetts (con Persichetti, Sessions y Copland), gracias a una beca recomendada por Sibelius. En 1957 regresó a Finlandia, donde ha permanecido habitualmente hasta el día de hoy (en 2004 tuvo un grave problema de salud, que afortunadamente superó). Es, pues (a sus 85 años), el más importante compositor vivo de su país, junto con Kaija Saariaho (aunque esta reside en Francia desde 1982, sin perder nunca el contacto con su tierra natal). Rautavaara es un compositor prolífico, que ha abarcado una gran variedad de formas y estilos (aunque alejado de la “vanguardia” serialista), llenos de una original personalidad: seis óperas (Thomas, el primer arzobispo de Finlandia, en el siglo XIII; Vincent, sobre escenas de la vida de Van Gogh; Aleksis Kivi, el primer escritor relevante en lengua finesa, con su clásica novela Los siete hermanos, etc.), ocho sinfonías, diez conciertos, veinte obras corales, doce para orquesta de cuerdas, quince de cámara, ocho para piano solo, ocho para voz solista…

Confieso que amo toda la música: la “clásica”, desde la más antigua a la de hoy; la llamada “étnica” -con frecuencia, la “clásica” de culturas distintas a la occidental‒; la “popular” en su sentido más amplio (desde la “tradicional” al buen -para simplificar tantos estilos de hoy- rock); el jazz… Pero, entre los “clásicos”, hay una larga serie de autores -incluyendo en lugar eminente y aparte a los “incontestables”, desde Hildegard von Bingen a Stravinski, por ejemplo- hacia los que siento una especial adicción: lista que, tal vez, encabezan Janáček, Messiaen, Morton Feldman…, hasta una cincuentena o un centenar (principalmente del XX-XXI), entre los que se encuentra Rautavaara. El resultado es que, a lo largo de los años, he “perseguido” y conseguido todas -o casi, seamos prudentes- las grabaciones de estos “autores de culto” para mí, y una extensa literatura -en diversos idiomas- sobre ellos ( y no pocas de sus partituras).

Es cierto que no podría dar, en todos los casos, razones de peso acerca de mi predilección sobre otros, a los que también aprecio; pero de lo que no me cabe duda, y no creo equivocarme, es de su calidad intrínseca. Tal es el caso de este veterano finlandés, la mayor parte de cuya discografía se encuentra en el sello Ondine, de su país; algunos en BIS, sueco; y otros pocos en Naxos.

Cantus Arcticus, Concierto para pájaros y orquesta, Op. 61, fue escrito por encargo de la Universidad de Oulu, la más septentrional del país (unos 180 kms. al sur del Círculo Polar Ártico), situada en la ciudad del mismo nombre (la quinta en población de la nación: unos 185.000 habitantes), población líder del Norte finlandés fundada en 1605 por Carlos IX de Suecia, con un importante parque tecnológico en la actualidad; la provincia de Oulu constituye, geográficamente, la zona de transición entre la Laponia finesa nórdica y la región meridional de los Lagos. A orillas del alto Báltico (golfo de Botnia), esta ciudad (la mayor de toda la Finlandia del N.) tiene una intensa vida pesquera (el salmón), tecnológica (informática y de la salud) y cultural. En este último aspecto, como todo el país, es un caso modélico, y muy especialmente en el campo de la música. El porcentaje de músicos finlandeses supera, con mucho, la media (alguien ha dicho que “la música es tan finlandesa como la sauna”); pero no solo en música “clásica”, cuyos compositores e intérpretes ocupan un destacado lugar en la primera fila mundial, sino en otros muchos estilos: desde el popular tradicional, en el que destaca el uso del fascinante kantele (instrumento de cuerdas pulsadas que es el símbolo musical por excelencia del folclore de Finlandia) hasta una superabundante floración de bandas de heavy metal (y no faltan los experimentos de fusión entre los distintos estilos musicales: para ellos, toda la música es música). Si a eso le sumamos un sistema educativo ejemplar, totalmente gratuito, un nivel de prosperidad económica apabullante, y el más bajo índice de corrupción mundial, público y privado, no debe extrañarnos que su protección a la cultura (y sobre todo a la música) sea envidiable desde todos los puntos de vista.

La Universidad de Oulu (en finés, Oulun yliopisto, abreviadamente OY: 17.000 estudiantes y 3.000 docentes) se fundó en 1958. Tiene seis Facultades: Tecnología, Ciencia, Humanidades, Medicina, Educación, y Economía y Administración Financiera. En 1972, la Universidad celebró su primer acto de concesión de doctorados, y, queriéndole dar a la ocasión la solemnidad requerida, encargó una pieza a Rautavaara para la ocasión (a semejanza de la Obertura para un Festival Académico que Brahms compuso en 1880, como agradecimiento al Doctorado 'Honoris Causa' que le concedió la Universidad de Breslau, en Prusia Oriental entonces; hoy Breslau es Wroclaw -se pronuncia, más o menos, “Broslau”-, importante ciudad polaca).

¿Y qué hizo el compositor? La obra, dado el carácter de tal evento académico, no podía ser muy larga (dura 17-18 minutos). Tenía varias opciones: al final se inclinó por recorrer los alrededores de Oulu, y la ciénaga de Liminka, tampoco muy lejana, provisto de un magnetófono, grabando los sonidos de la Naturaleza circundante. Después editó la cinta en el estudio, aislando los cantos de los pájaros, bien en solitario, bien en bandada, para conseguir una especie de tapiz con el que expresar, de fondo, la relación de la ciudad con su entorno. Y eligió, para su composición (que podía haber sido un poema sinfónico, una obertura, una marcha solemne…), la forma de un Concierto, que permite que un solista, o un grupo de solistas (o la orquesta entera) establezcan una relación con otros instrumentos. Sí, pero ¿cuál o cuáles debían ser los solistas, de tal modo que recordaran a la Naturaleza, y, más concretamente, a los pájaros? Rautavaara dio con una ingeniosa, a la vez que sencilla, solución: los solistas serían… los propios cantos de los pájaros. Pero no lo hizo al modo de Olivier Messiaen, transcribiendo, en un cuaderno de música, los cantos de pájaros de todo el mundo (acechando de madrugada, contra el frío, el calor, la lluvia… y lo peor de todo, dice Messiaen, los mosquitos) que después “adaptaba” a los instrumentos que consideraba más adecuados (se aconsejó primero de ornitólogos amigos, y después se hizo ornitólogo profesional; de este modo, registró los nombres comunes, y los científicos binomiales en latín -género y especie- de 321 pájaros canoros de los cinco continentes; aunque no pudo identificar científicamente el nº 322 que registró, el misterioso “pájaro de Persépolis”). Al final de su vida, Messiaen empezó a auxiliarse del magnetófono; pero siguió la misma pauta: los sonidos grabados los “elaboraba” para instrumentos musicales.

Rautavaara hizo algo más simple: él no era ornitólogo, por lo que no le preocupó identificar o no a los pájaros (aunque algunos eran inconfundibles). Una vez grabados, introdujo, tal cual, sus cantos o algarabías, junto con la música por él compuesta. Por eso, el nombre completo de la obra debe ser Cantus Arcticus (Concierto para pájaros y orquesta), para orquesta y cantos grabados de pájaros, Op. 61 [en inglés, idioma en que se escriben las portadas de los cuadernillos de cada grabación, así figura: Cantus Arcticus (Concerto for Birds & Orchestra), for orchestra & tape bird sings, Op. 61].

El Concierto tiene tres movimientos:

1º.- Suo (La Ciénaga), un crescendo y diminuendo de unos 7 minutos de duración, que comienza con unos arabescos de las flautas, que se suceden la una a la otra, creando un efecto de ondulación y fluidez que nos evoca al agua. Entonces aparece el primer sonido de pájaros grabado por el compositor: el del “charrán o gaviotín ártico” (Sterna paradisaea), un ave marina de la familia de los estérnidos. Esta ave tiene una distribución circumpolar; cría en colonias en el Ártico y en regiones subárticas de Europa, Asia y Norteamérica, (con un límite meridional en la Bretaña o Massachusetts). Esta especie es una gran migradora, y se ve sometida a dos veranos por año cuando migra de sus terrenos de cría boreales hasta los océanos cercanos a la Antártida, y durante su regreso (unos 38.600 km) cada año; en algunos casos, esta distancia es superior a 80.000 km al año. Se trata de la migración regular más larga de todos los animales conocidos.

Desde esta primera aparición, Rautavaara  consigue una perfecta integración entre  el material natural pregrabado y la partitura orquestal. En la siguiente sección, las maderas y metales (oboes, trompetas) comienzan también a imitar a los pájaros: es el alba tras el letargo nocturno, mientras las pregrabaciones y las flautas continúan. La parte central del movimiento es una melodía que avanza calmadamente, surgida de zonas graves (en especial de los violoncellos). De pronto, dos notas son más rápidas que las demás: según el compositor, representan a una persona caminando por la naturaleza. Hay una segunda y una tercera exposiciones, con disonancias muy bien asumidas por el oído, ya que reflejan los sonidos de la propia naturaleza. Al final del movimiento la música inicia un lento diminuendo
hasta desaparecer. Simple de estructura, pero conmovedor (se puede decir que este movimiento es el mejor de la obra).

2º.- Melankolia (Melancolía, claro): comienza de forma más tranquila aún que el primero, con el único sonido de los pájaros grabados. Se trata de la “alondra cornuda” (Eremophila alpestris), un ave de la familia Alaudidae que cría en montañas sobre el límite del bosque, en páramos alpinos y terrenos secos y pedregosos. Se encuentra en gran parte de América del Norte desde el sur del alto Ártico hasta el Istmo de Tehuantepec, al norte de Europa y Asia y en las montañas del sureste de Europa. En el extremo norte de Europa habita en la tundra a nivel del mar. La alondra cornuda está clasificada como en grave peligro de extinción en Finlandia, pero se cree que su población europea total es de 2,5 a 6 millones de parejas. Según el autor, la grabación, en este caso, está retocada para que suene dos octavas más bajas. La melodía, en vez de avanzar en grados conjuntos como en el primer movimiento, está llena de grandes saltos interválicos. La actividad musical es notablemente menor, por lo que recuerda a un adagio típico de un concierto para violín o piano, bastante homogéneo. Pero esta “atmósfera” dura poco: en el clímax, abandona esos saltos. Después, la música expira rápidamente y acaba el movimiento (el más breve de la obra, unos 4 minutos).

3º.- Joutsenet muuttavat (Cisnes migrando): el compositor reproduce la estructura del primer movimiento, crescendo diminuendo, con tempo también moderado (es de suponer que para dar unidad a la obra). Pero, dado que es el movimiento final, necesita animarlo con algo más de estilo allegro, por lo que incrementa la actividad instrumental (igual, por otra parte, que en el inicial). Pero este incremento es de carácter aleatorio, dividiendo a la orquesta en cuatro grupos independientes. Así se llega al clímax preceptivo, para dejar luego que el sonido se pierda en la distancia, acentuando así el carácter misterioso de la Naturaleza y de las migraciones de las aves, que van y vienen, en un tiempo circular, interminable. Los cisnes que migran y cuyas grabaciones se integran también en esta parte son de la especie “cisne cantor” (Cygnus cygnus), natural de las islas al norte del océano Atlántico, Europa y Asia. Anida en las regiones al norte de estos continentes y en Groenlandia. Durante el otoño se traslada a otros lugares donde el frío no es tan severo; el norte del Mediterráneo, el Mar Caspio, la costa del Pacífico en China y Japón. La música y los cisnes cantores se desvanecen, se van, en un efecto de despedida, que solo tiene consuelo en la esperanza de un futuro regreso. Obra singular: no es extraño que sea la más célebre de Rautavaara, pese a tantas bellas composiciones de este autor que, esperamos, ahora será más objeto de curiosidad y de deseo de nuevas audiciones por parte del público español.

El Concierto para piano y orquesta nº 1, en Mi menor, Op. 11 de Chopin, no es el primero sino el segundo en ser compuesto; aunque ambos son de la época polaca, este escrito en 1830 (20 años del autor). En tres movimientos  (Allegro maestoso, Romance, Rondó), se han puesto, en no pocas ocasiones, reparos a su instrumentación; pero lo que toma en sus manos Perianes lo transfigura: la primera frase pianística, tan escuchada, sonó ahora como nunca. ¿Basta, para explicarlo, con hablar de un delicadísimo rubato? No era este recurso, aunque portentoso, la única razón. Estábamos, en las primeras filas, cerca del pianista, y todo lo que hizo con técnica soberbia no hubiera sido nada, si el rostro de Perianes no nos hubiera mostrado cómo él vivía “dentro” de la música, en éxtasis, en estado de gracia. De ese modo, nos hizo sentir toda la magia que un intérprete, un “co-creador”, puede añadir a la “partitura invisible” que tiene en su mente, en todo su ser. Fraseo cristalino, dinámicas de otro mundo, claridad hasta la transparencia… Todo. Podemos decir que este Chopin juvenil es de lo más conmovedor que hemos oído jamás del genio polaco, aún en germen aquí, pero a quien el genio bien granado e inmenso del pianista andaluz, español y universal, menudo de cuerpo pero gigante de sensibilidad, elevó a los cielos más altos. Después, en el camerino, pudimos contemplar, emocionados, como Julio García Casas, presidente de Juventudes Musicales de Sevilla y sabio del piano, abrazaba conmovido, al borde de las lágrimas, a Javier.

El joven artista nos había regalado, también, tras el concierto, un bis que ciertamente sonaba a música española, pero que nunca hubiéramos imaginado: una joya de insuperables quilates gracias al intérprete: la poco conocida Serenata andaluza de Manuel de Falla, que el propio compositor estrenó en Madrid en 1900, con 24 años. Asombroso. Javier Perianes comentó, con su habitual sencillez y naturalidad: “bueno, era una pieza de cuando Falla se andaba buscando a sí mismo”. Si el maestro gaditano lo hubiera oído se habría quedado perplejo: eso que sonó no era una “búsqueda”, sino una obra maestra consumada. Los milagros son posibles…

Finalmente, la Orquesta nos ofreció, majestuosamente, la Sinfonía nº 5 en Mi bemol mayor, Op. 82, del maestro de maestros finlandés, Jean Sibelius: sin duda, la “reina” de sus siete sinfonías, tan trabajada y reescrita. Estrenada el 8 de diciembre de 1915, día del quincuagésimo aniversario de su autor, con cuatro movimientos, al año siguiente ya conoció una revisión (que tampoco satisfizo al compositor). Finalmente, la que ha prevalecido es la de 1919, que escuchamos aquí, en la que subsisten solo (caso no frecuente) tres movimientos. Contemporánea de la Revolución soviética y de la independencia de Finlandia (aunque el oso ruso le arrebató, tras la 2ª guerra mundial, tal vez para siempre –la “crueldad de la Historia Universal” como había dicho Hegel‒ su tierra más querida y fundacional, Karelia, hoy totalmente “rusificada”), en aquellos momentos muestra un lirismo confiado, a veces heroico, con un equilibrio superior a las demás sinfonías sibelianas.

1.- Tempo molto moderato, sin duda el movimiento más original que su autor nunca compuso, con esa doble exposición de elementos temáticos, en la que encontramos cuatro motivos: el amplio de obertura a cargo de las trompas; el segundo, aunque con el mismo tempo moderado, reservado solo a las maderas; las cuerdas entran tardíamente, engendrando una tercera idea, asumida enseguida por las maderas; idea que conduce a un cuarto motivo, más animado, en el que las cuerdas se  desparraman por ráfagas. Una segunda exposición, de un dramatismo más acentuado, se desarrolla con una enorme diversidad de colores, cambios de tempi, contrastes dinámicos y rítmicos, para terminar con una deslumbrante coda (por los metales), anunciadora de la frase final del movimiento.

2.- Andante mosso, quasi allegretto: de estructura simple y aérea (más que de costumbre en Sibelius), sobre un tema en pizzicati de las cuerdas; se trata de una suite de variaciones de alegre carácter, con un solo episodio sombrío, que modifica el luminoso ambiente. En un momento dado, se insinúa una premonición del motivo grandioso que aparecerá al final (aquí, por los contrabajos). Cierra el oboe.

3.- Allegro molto: final que respeta, esencialmente, la forma sonata. Dos temas principales en contraste: el primero, con un ritmo veloz e intrépido; el segundo –que se superpone al anterior‒ solemne y magnificamente introducido por los metales (trompas, trombones), y que conduce a un grandioso coral conclusivo. Al final del todo, la enorme grandeza del autor se manifiesta en esos seis breves y poderosos acordes en tutti entre silencios. Impresionante.

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