España - Andalucía

Ricas píldoras de emoción

Miguel Pérez Martín

viernes, 1 de febrero de 2013
Sevilla, sábado, 26 de enero de 2013. Teatro de la Maestranza. María Bayo, soprano. Rubén Fernández Aguirre, piano. G. Bizet: Canciones. C. Guastavino: Canciones románticas. E. Lecuona: Cinco canciones con versos de Juana de Ibarbourou. Ocupación: 95%.
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Si las obras con una longitud considerable son un reto para cualquier cantante, hacer un recital basado en miniaturas en forma de canción es una proeza. Porque cada vez que se afronta una nueva pieza, teniendo en cuenta que algunas de ellas duran minuto y medio, hay que cambiar el chip en la cabeza y recomenzar la interpretación de cero. Y eso requiere un verdadero ejercicio de concentración, algo que no le faltó a la soprano navarra María Bayo el pasado sábado en el Maestranza.

El público la esperaba ansioso, por eso la sala estaba prácticamente llena. Y ella tenía ganas de reencontrarse con el público sevillano –con cierto descaro le dejó caer a Pedro Halffter que quiere volver al Maestranza pronto durante la presentación del concierto-. Fue una noche en la que hubo una clara comunicación: entre pianista y soprano, y también entre soprano y público. Bayo no solo cantó con claridad y gusto, sino que usó todo su torrente expresivo para hacer que hasta las canciones de Bizet que ocupaban la primera parte, más distantes por estar en francés y por ser de un romanticismo algo superficial, sonaran como algo cercano y dulce para el público del Maestranza. En la ‘Chanson d’Avril’ del francés demostró que puede hacer unos enlaces nítidos entre las frases, que el romanticismo es cuestión de actitud y que solo hace falta expresión con rostro y manos para que Bizet cobre vida. También ayudó la fantástica sintonía con Rubén Fernández, que derrochó expresión rozando en ocasiones lo histriónico. En ‘Adieux de l’hôtesse arabe’ Bayo estuvo dramática y equilibrada, jugando con las pausas para dar fuerza a la interpretación y recreándose en las vocales mantenidas.

Para la segunda parte Bayo proponía una recuperación de repertorio, acertada y celebrada por el público. Si bien Guastavino es el músico de la Argentina burguesa, Lecuona es el perfecto alquimista de la tradición cubana, la influencia andaluza y un romanticismo tardío que aparece a pinceladas en su larga cartera de canciones. En la interpretación de las canciones de Guastavino, Bayo estuvo tierna y dulce, dejándose impregnar de esa nostalgia porteña que vive latente en estas piezas, camuflada de música romántica europea. Estuvo lírica y emocionante en canciones que derrochan poesía como ‘Violetas’ o ‘La rosa y el sauce’, y culminó con ‘Se equivocó la paloma’, una miniatura de Guastavino con letra de Alberti que es una declaración de principios y la muestra de que se puede hacer mucho en dos minutos y medio.

Cuando llegó el turno de las canciones de Lecuona, con versos de la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou, la sala ya estaba cálida y la canción cubana la convirtió en una fiesta. Comenzó con la corrección de ‘Canción del amor triste’, que requiere una marcada expresión que Bayo encontró sin problemas. Esta pieza tiene algo de copla y de romanza de zarzuela, y carga toda la tensión dramática en la voz, que surca melodías emotivas que saben a habanera. Bayo mezcló la voz hablada con la voz cantada y no perdió la fuerza en las últimas canciones, desplegando una técnica firme y un timbre claro y cristalino que en las notas agudas llega a su máximo esplendor.

Por si fuera poca fiesta, los bises estaban pensados para revolucionar a la sala. Cuatro hicieron falta, entre ellos ‘Tus ojillos negros’ de las canciones de Falla, en la que Bayo se movió pasional y se metió en el bolsillo a los pocos que faltaban por dejarse hechizar. Y cerró con la presentación de la zarzuela cubana ‘Cecilia Valdés’, Cuba por los cuatro costados, en la que la soprano se envalentonó y sacó toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo en una interpretación con garra y descaro que arrancó la ovación más vibrante de la noche.

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