España - Euskadi

The Entertainer

Ignacio Ferrando García

miércoles, 13 de febrero de 2013
Donostia-San Sebastián, jueves, 31 de enero de 2013. Auditorio Kursaal. Martin Fröst, clarinete. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Ari Rasilainen, dirección. Obras: Mauricio Sotelo, Urrutiko urdin. Estreno absoluto, proyecto Tesela, con la colaboración exclusiva de la Fundación BBVA. Wolfgang Amadeus Mozart, Concierto para clarinete y orquesta en la mayor KV 622. Jean Sibelius, Sinfonía nº2 en re mayor, opus 43. 7º programa de la Temporada de Abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi
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De nuevo la Orquesta Sinfónica de Euskadi nos proponía un menú musical muy diverso en estilos y tiempos de creación, con un ambiente festivo y el auditorio lleno hasta la bandera.

La velada se inició con una nueva entrega del programa de estrenos de obras de nueva factura con el que nos está obsequiando la OSE a lo largo de las temporadas 2011/2012 y 2012/2013. En este caso el compositor elegido se trataba del madrileño Mauricio Sotelo (1961) y su obra Urrutiko urdin (Lejano azul). Un paisaje sonoro con el azul como protagonista, azul del cielo y del mar, inspirado en los recuerdos del compositor madrileño. En palabras del propio Sotelo “un íntimo lugar de la memoria, que alberga fragmentos de emocionantes recuerdos vividos en mi juventud durante algunos veranos en Euskadi”. En ese paisaje que compone Sotelo aparecen “leves ondas de brisa u olas de la superficie del mar, que desembocan en un súbito cielo estrellado”. La obra avanza para retornar “a un espacio de la memoria, de lo ya vivido, pero que ahora vibra como un reflejo” y finalmente una coda que crece en intensidad rítmica y dinámica que “sella las puertas del recuerdo”. La obra no tiene ningún rastro del lenguaje musical que ha construido Mauricio Sotelo en su acercamiento al Cante Jondo y que tan buen resultado le ha dado en muchas de sus composiciones. Urrutiko urdin comienza con unos sugerentes glissandi que se desvanecen repartidos por toda la orquesta sobre un fondo tenido y que evocan esa lejanía de ciertos recuerdos en la memoria y cómo podrían difuminarse con el paso del tiempo. En la parte central un diálogo de solistas -con el tenso colchón de la orquesta al fondo- entre el concertino y el primero de los violines segundos, que tal vez se prolongó demasiado en una obra orquestal que rozó los 8’. Un diálogo de un inquietante azul, oscuro y tenebroso. Finalmente Sotelo mete una marcha más que nos conduce a un final trepidante en el que reaparecen glissandi con un crescendo protagonizado por toda la orquesta, que pareció nadar bastante cómoda en ese mar el que nos sumergió Sotelo y siendo el cuarto y último concierto del 7º programa de la temporada la obra estaría mejor asimilada que en el concierto del día 28 en el que se interpretó por primera vez Urrutiko urdin.

Como plato fuerte nos esperaba el Concierto para clarinete de Mozart, en la interpretación de uno de los mejores clarinetistas del panorama mundial: el sueco Martin Fröst. Si casi toda la producción del compositor de Salzburgo tiene algo de mágico, de inexplicable, esta obra ocupa uno de los lugares privilegiados por su belleza y su prodigio formal en el que todo parece tan natural, como si hubiera escrito la partitura de un solo trazo, casi un imposible, como esos retos caligráficos que proponen dibujar determinada figura sin levantar la pluma del papel. Hace pensar que no fue escrito con su pluma sino con una varita mágica. Es un concierto que se ha tocado hasta la saciedad e incluso ha sido empleado en las obras de otros compositores (Lachenmann lo usa en su obra Accanto), pero en manos de Fröst la experiencia se volvió renovada. El sueco demostró no ser de hielo y desplegó todas sus virtudes y habilidades musicales junto a un lenguaje gestual que por instantes nos hacía pensar en un clarinetista-bailarín: toda una coreografía. Por momentos uno podía tener la impresión de que fueran varios los clarinetes y los clarinetistas por la inmensa gama de timbres y dinámicas que fue capaz de producir el sueco. Se sabe estrella, domina la escena y disfruta. La orquesta supo acompañar con brío en el Allegro inicial y ajustar su dinámica para hacer del segundo movimiento una suerte de burbuja en la que por unos minutos uno podía pensar en otro mundo. El tercer movimiento tuvo la ligereza y chispa necesarias para no quedar atrás.

Lo que vino después, enorme ovación por parte del entregado auditorio y dos propinas: Klezmer Dance nº 2 para clarinete y orquesta de su hermano Göran Fröst, llena de virtuosismo y pirotecnia, y una obra del propio Martin Fröst para clarinete solo con uso de algunas técnicas extendidas en los primeros compases y que terminó en algo más parecido a un estudio con el que demostrar destrezas, pero que no pasará a formar parte del gran repertorio. Un auténtico artista este clarinetista, capaz de hacer música con mayúsculas y de dar espectáculo, como esa partitura de Scott Joplin que todo el mundo puede tararear: The Entertainer.

Tras el descanso y la descarga de energía y tensión de la primera parte llegaba el momento de escuchar un monumento sinfónico como es la Segunda sinfonía de Sibelius. La tarea de mantener en pie el edificio sonoro no se aventuraba fácil después de lo vivido en la primera hora de concierto en la que el listón había quedado tan alto, y más exigiendo la partitura de Sibelius un esfuerzo adicional de concentración y de equilibrio entre las distintas masas orquestales. Un acierto contar con un director finlandés para la ocasión, gran conocedor de esta música y que guió con éxito a la orquesta. No hubo precipitación sino todo lo contrario. En ciertos momentos habría deseado un caminar más activo aunque no se hizo aburrida y el clímax final, de sonoridad plena, fue bien conducido, con una buena respuesta por parte de la orquesta que cumplió con creces.

En los prolegómenos del concierto se barruntaba celebración y el concierto lo fue.

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