Reino Unido

Entre carta y carta ...

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 27 de febrero de 2013
Londres, miércoles, 20 de febrero de 2013. Eugene Onegin. Escenas líricas con libreto de P. I. Chaicovsqui y Konstantin Stepanovich Shilovski y musica de P. I. Chaicovsqui. Director de escena: Kasper Holten. Escenografía: Mia Stensgaard. Vestuarios: Katrina Lindsay. Iluminación: Wolfgang Göbbel. Elenco: Krassimira Stoyanova (Tatiana), Simon Keenlyside (Eugene Onegin), Elena Maximova (Olga), Pavel Breslik (Lenski), Peter Rose (Príncipe Gremin), Diana Montague (Madame Larina), Kathleen Wilkinson (Filipievna), Michel de Souza (Capitán), y Christophe Mortagne (Monsieur Triquet). Coro (maestro preparador del coro: Renato Balsadona) y Orquesta de la Royal Opera House (ROH) bajo la dirección de Robin Ticciati. Coproducción de la Royal Opera House con la Ópera de Australia y el Teatro Reggio de Turín
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“El es Onegin y yo Tatiana” escribe en sus memorias Antonina Miliukova, la infortunada esposa de un Chaicovsqui que antes del matrimonio había escrito a su igualmente homosexual hermano Modesto que “nuestras inclinaciones son para ambos el obstáculo mayor y mas difícil de remontar para nuestra felicidad y por ello debemos combatir nuestra naturaleza con nuestros mayores esfuerzos.” Tantos esfuerzos puso que se casó con Antonina luego de dos cartas que ésta le envió, la segunda de ellas amenazando suicidarse. A la primera, escrita como una confesión de amor a lo Tatiana, el maestro no se había siquiera dignado a responder. Tan ensimismado estaba orquestando el texto de la carta de Tatiana a Onegin. También Chaicovsqui acostumbraba a proyectarse sobre sus personajes: “Caí enamorado como Tatiana de Onegin”. Así confiesa a Modesto el compositor su pasión no correspondida por uno de los testigos de su boda, el violinista Josef Kotek.

El articulo del programa de mano donde David Nice recapitula esta saga de misivas y frustraciones podría haber servido a Kasper Holten para enriquecer su régie de personas en su primer trabajo como director de la Royal Opera House. Pero no: ésta fue una dirección escénica tímida en la exploración de las ambivalencias psicológicas de personajes que siempre parecen pedir mas de lo que los directores de escena quieren darles. Y eso que al principio Holten pareció ofrecer algo diferente, cuando durante el preludio muestra a una Tatiana madura destruyendo la carta recibida de Onegin frente a una arcada del palacio de su marido, formada por cuatro grandes puertas rectangulares que durante el resto de la acción se abrirán una y otra vez para mostrar un pasado que no puede volver atrás: campesinos volviendo de la cosecha, la fiesta de cumpleaños de Tatiana, el invierno que hiela el cadáver de Lenski y la luna que inspira a Tatiana a escribir su fatídica carta, que, siempre durante el preludio inicial, esta extrae de una biblioteca para enrostrársela como reproche a un Onegin desesperado. Holten insufla intensidad a esta escena que parece confrontar a dos personajes principales como Wendy y Peter Pan en la última y devastadora escena de la obra de J.M. Barrie. Como su madre en la primera escena, Tatiana ve el amor como algo a sepultar con el hábito de buena esposa frente a un Onegin como Chaicovsqui incapaz de aceptar que el amor no es una fantasía.

Stoyanova como Tatiana. Royal Opera House Covent Garde, 2013

El Covent Garden se benefició con una descomunal cantante actriz en el rol de Tatiana. Stoyanova es una soprano de voz lírica robusta, cálida y radiante en su expresividad, que transmitió a la sala con arrolladora convicción su imagen de hermana mayor frágil e introvertida, y su derrumbe emocional frente al rechazo inicial de Onegin. También Keenlyside logró algunos momentos histriónicos, ilustrando con voz de firme mordente y consumada articulación un Onegin casi corruptor en su seducción inicial de Tatiana y con curiosa mezcla de burla y celos frente a su amigo Lenski. Pero Holten no le ayudó a ir mas lejos, y el amor de amigo que le hace abrazar desesperadamente a Lenski para tratar de impedir el duelo no fue correspondido por este último, ya que Breslik no actuó demasiado aunque cantó aceptablemente pero con voz algo frágil de timbre. Aunque es a veces antipático abrumar a nuevas generaciones con el pasado, confieso que nadie me ha ayudado a superar el recuerdo de Nicolai Gedda, el primer Lenski que ví en el Covent Garden: ¡que entusiasmo poético sabía expresar al confesar su amor por Olga en la primera escena, y que desesperación nihilista en su última aria! Y, por supuesto, ¡que línea vocal sin fisuras, combinada con color abierto y articulación diferenciada, pero sin exageraciones de énfasis!

Keenlyside como Onegin. Royal Opera House Covent Garden, 2013

Como la mayoría de los regisseurs Holten evitó aludir a la neurosis y ambivalencia de Lenski, y también nos propuso una Olga superficial y boba en lugar de profundizar un poco en los destructivos matices y celos de este personaje tal vez tan perturbado como el protagonista. Maximova lo cantó con brillantez y expresividad y también Wilkinson vocalizó histriónicamente su Filipievna, una nodriza que observa y canta como un coro griego y por ello un personaje principal de la obra, pero que también en esta producción no pasa de moverse como una mamushka con sabañones. El Gremin de Rose estuvo bien cantado pero su masiva presencia escénica fue acentuada hasta lo grotesco con uniforme demasiado ajustado y una chaqueta cargada de medallas. En algunas escenas claves, como la de la carta y el duelo, Holten desdobló los personajes principales de Tatiana y Onegin con dos bailarines que introdujeron un elemento distractivo y de dudosa efectividad para la acción: Tatiana baila mientras escribe una carta dictada por su alma cantante, y Keenlyside mira intensamente al joven bailarín que acaba de matar a Lenski.


Robin Ticciati, siempre publicitado como la nueva estrella en la constelación de directores de orquesta británicos, se concentró en producir algunos efectos bombásticos en los climax orquestales pero eludió la concentración e intensidad necesarias para hacer pulsar el drama a través de esos comentarios orquestales donde el lirismo debe siempre ser combinado con tensión y una paleta cromática capaz de alcanzar brillantez y oscuridades que aquí faltaron por completo. Es así que el vals y cotillón de la fiesta de cumpleaños y la polonesa de la soirée de San Petersburgo perdieron esa agresividad premonitoria tan expresiva del genio de Chaicovsqui al cual saben hacer justicia directores como Termikanov o Gergiev.

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