España - Madrid

Así lo hace Haneke

Mikel Chamizo
viernes, 22 de marzo de 2013
Madrid, miércoles, 6 de marzo de 2013. Teatro Real. Così fan tutte, dramma giocoso en dos actos con libreto de Lorenzo Da Ponte y música de Wolfgang Amadé Mozart. Estrenado en el Burgtheater de Viena, el 26 de enero de 1790. Michael Haneke, dirección escénica. Christoph Kanter, escenografía. Moidele Bickel, figurines. Urs Schönenbaum, iluminación. Reparto: Anett Fritsh (Fiordiligi), Paola Gardina (Dorabella), Andreas Wolf (Guglielmo), Juan Franciso Gatell (Ferrando), Kerstin Avemo (Despina), William Shimell (Don Alfonso). Eugène Michelangeli, contínuo. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Sylvain Cambreling, dirección musical.
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Muchas críticas ha levantado la versión de Michael Haneke del Così mozartiano. Sobre todo ha roto con las expectativas de quienes pensaban, un tanto ingénuamente, que el oscarizado director haría una genuflexión ante el libreto de Da Ponte. Afortunadamente no fue así. Su propuesta (lenta, sobria, un tanto amarga) contenía todo lo que Haneke puede aportar como creador a la obra de Da Ponte y Mozart. La producción está repleta de su cinematografía, toca casi todos los temas fundamentales que ha venido investigando en sus películas. En ello es Haneke extraordinariamente generoso, ha dado mucho de su arte en esta producción; pero su punto de vista implica, inevitablemente, modificar el que tenían Mozart y Da Ponte. El libreto no está excesivamente alterado, pero sí lo está su espíritu: el dramma giocoso se transforma en dramma serio y todo se tiñe de oscuro. Y, sin embargo, la reinterpretación del cineasta alemán es brillante y transpira amor y respeto por el original, aunque lo cambie, porque Haneke necesitaba cambiarlo para poder ser honesto consigo mismo. Por eso, el que acudió al Real por amor a Haneke obtuvo todo lo que podía desear. El que fue por Mozart, sin embargo, se dio con un canto en los dientes.

El Così de Haneke, como todas sus películas, juega constantemente con los límites entre la realidad y la convención teatral. La escena se sitúa en el salón de una rica mansión moderna, abierta a una terraza y al horizonte. Las paredes, de cristal, permiten ampliar el juego de espacios físicos y psicológicos gracias a unas cortinas de seda blanca que acotan o expanden la visión del espectador. Cada detalle está cuidado al máximo: el desorden de los libros, el material de las cortinas, la textura del marmol del suelo, la luz de la chimenea, la nevera que los personajes abren una y otra vez para emborracharse...

 

Così fan tutte de Mozart. Producción escénica de Michael Haneke. Teatro Real de Madrid, 2013

Sobre este lujoso escenario, que es la casa de Fiordiligi, se mueven las personas invitadas a una fiesta, algunas vestidas con ropajes actuales, otras de época. Esas presencias, encarnadas por el coro y algunos actores, son en realidad el reflejo del público: observadores, voyeurs del dolor y las inseguridades del cuarteto protagonista. Al inicio de su última película, Amor, hay un largo plano fijo del público que asiste al concierto del pianista Alexandre Tharaud. Es también un tema central en Caché, en cuyo visionado no podemos deshacernos de la sensación de que alguien está observando cada paso del periodista Georges Laurent -al final se deja entender que ese observador no es otro que nosotros mismos, el público-. Haneke parece interrogarse sobre por qué disfrutamos observando a los demás. ¿No son las artes escénicas, en el fondo, una sublimación inofensiva de ese instinto tan bajo de meternos donde no nos llaman?

Todas las escenas dramáticamente más intensas del Cosí de Haneke tienen espectadores en escena: los invitados de la fiesta, que asisten con cara de satisfacción y una copa en la mano a la desesperación que produce en Fiordiligi y Dorabella el anuncio de la (falsa) separación de sus amantes; Don Alfonso, supervisando cada una de las escenas de sexo; Despina, una Despina amargada, viviendo, a través de su observación de las dos parejas, aquello que no puede consumar con Don Alfonso, a quien no puede dejar de mirar. Haneke lo puebla todo de miradas, miradas sostenidas, desafiantes, significativas... parece recordarnos que el cine y el teatro no son sino una forma de alimentar nuestro placer culpable, una barra libre para mirar, para regodearnos en aquello que nos fascina pero a lo que no tenemos acceso en la vida real. Descontextualizando un tanto la frase de Picasso, "El arte es la mentira que nos hace ver la realidad".

 

Così fan tutte de Mozart. Producción escénica de Michael Haneke. Teatro Real de Madrid, 2013

 Haneke juega también con lo que está detrás de esa mirada, retuerce nuestra consciencia para que no olvidemos que lo que estamos presenciando es teatro, no la realidad. Un claro ejemplo de esto fue la solución que dio al siempre absurdo asunto de los disfraces de Ferrando y Guglielmo: la primera vez que aparecen como seductores albaneses lo hacen con un rídiculo bigote y chaleco, totalmente reconocibles -¿cómo podrían no reconocerles sus propias novias?; pero más tarde, en su segunda aparición, los dos galanes se presentan ya sin disfraz de ningún tipo. No es necesario, el público ha captado que los disfraces son una pura convención teatral, sabe que están disfrazados aunque en realidad no lo estén-. Así, el golpe maestro de la jugada se da cuando los albaneses beben el falso veneno y, al requerirse la presencia de un médico, Despina aparece disfrazada únicamente con una nariz roja de payaso. El público, por supuesto, estalló en carcajadas. Un guiño tan sencillo como inteligente que no fue mérito de Mozart ni Da Ponte, sino de Haneke.

En cualquier caso, la principal preocupación de Haneke, al igual que sucede en sus películas, parece haber sido la dirección de actores. Se ha criticado bastante la elección del cuarteto de protagonistas de este Così, jovenes y guapos pero un tanto planos en cuanto a su calidad vocal. ¿Pero qué cantantes de primera línea se hubieran avenido a trabajar durante dos meses para una producción de ópera, que es el tiempo que ha exigido Haneke para este Così? Cada minuto de esos dos meses se notó sobre las tablas: la escena en que Guglielmo disfrazado seduce por fin a Dorabella, durante el dúo Il core vi dono, estaba impregnada de fuego y lujuria entre los dos cantantes, cada gesto, cada caricia, cuidadosamente estudiado para transmitir pasión. Lo mismo con la borrachera de Guglielmo o con la decepción de Ferrando al escuchar los reproches de su amigo. O con la faz de desesperación de Fiordiligi y Ferrando durante toda la última escena, cuando han descubierto ya que se han enamorado de quien no debían -he aquí la nota amarga que, indefectiblemente, debía introducir Haneke-. Actoralmente fue una de las producciones más cuidadas que yo haya presenciado, y todo un revulsivo ante las interpretaciones ridículamente anti-teatrales a las que tan acostumbrados estamos en el mundo de la ópera.

El lado polémico de la dirección de Haneke llegó con la modificación de los recitativos, entre cuyas frases introdujo pausas, en ocasiones muy prolongadas, para imitar la cadencia de conversaciones reales. Esto otorgó una dosis extra de realidad a la psicología de los personajes y a su evolución, además de conseguir que situaciones que sobre el papel han de ser incómodas -como el inicio de la escena del jardin del segundo acto, con los cuatro amantes indecisos al comenzar el flirteo-, fueran realmente incómodas al alargar los silencios entre sus interacciones. Quien no sepa lo mucho que Haneke es capaz de expresar a través de los silencios, que revise Funny Games. Pero pecaría de parcial si no reconociese que la idea del alemán provocó también una serie de problemas: para empezar, que alargó la ópera casi 20 minutos, y el ritmo estructural de la planificación musical de Mozart se resintió por estas cesuras excesivamente prolongadas. Además, Cambreling tuvo serios problemas para que los recitativos surgieran de una forma natural -funcionaron mejor, sin duda, los que iban acompañados del clave-.

 

Così fan tutte de Mozart. Producción escénica de Michael Haneke. Teatro Real de Madrid, 2013

Todo el trabajo del foso fue, de hecho, bastante pobre. Cambreling no parece un director mozartiano y a su visión le falto ligereza, detalle e intención. Ni siquiera la Sinfónica de Madrid sonó como se espera de una orquesta en Mozart, con tosquedades y ángulos demasiado pronunciados. El foso fue definitivamente la pata coja de la función, y la que, en mi opinión, generó en mayor grado que la escena esa pesadez de la que se quejó tanta gente.

En cuanto al cuarteto protagonista, destacó la Fiordiligi de Anett Fritsh, una voz perfectamente adaptada a Mozart que brilló en los pasajes agudos, con una afinación y color perfectos, y con una capacidad de inflexión suficiente para expresar con credibilidad la lucha interna de la muchacha. Su hermana Dorabella, encarnada por Paola Gardina, brilló sobre todo junto a ella, en los dúos y concertantes, muy bien equilibrados y llenos de sutilezas. En sus arias a solo convenció plenamente, pero su voz en más bien regular y homogénea que llamativa. Todo lo contrario que la de Andreas Wolf, cuyo timbre cambia enormemente entre su mezza voce grave -bellísimo- y su agudo en forte -un tanto forzado-. Fue también el que más corrió el riesgo de sobreactuar. Por último, y también el más discreto, el Ferrando de Juan Fransciso Gatell, demasiado ligero para mi gusto y con un timbre no demasiado bello, que le limitaba un tanto en sus posibilidades expresivas. En cuanto al Don Alfonso de William Shimell y la Despina de Kerstin Avemo, parecían haber sido escogidos más por su presencia física que vocal. En el caso de Avemo, maquilladores y figurinista consiguieron crear un personaje extraño y magnético, totalmente opuesto a lo que suele ser Despina, pero cuya presencia negativa dotó de nuevos significados a la obra Mozart y Da Ponte. Cantó bien, en realidad, pero tuvo problemas para atravesar el foso.

Como he dicho al principio, este Così fan tutte gustó o no gustó en función de las expectativas de cada cual. En mi caso, considero a Haneke una de las voces europeas más interesantes de la contemporaneidad, más allá del terreno de la cinematografía. Acudí al Real, principalmente, por su trabajo y quedé plenamente satisfecho. Obviamente, no fue el caso de todo el mundo.

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