España - Euskadi

Astenia primaveral

Ignacio Ferrando García

jueves, 28 de marzo de 2013
San Sebastián, jueves, 21 de marzo de 2013. Auditorio Kursaal. Rafal Blechacz, piano. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Joana Carneiro, dirección. Obras: Isabel Mundry, Calles y Sueños. Estreno absoluto, proyecto Tesela, con la colaboración exclusiva de la Fundación BBVA. Ludwig van Beethoven, Concierto para piano y orquesta nº2 en si bemol mayor, opus 19 y Sinfonía nº6 en fa mayor, opus 68, “Pastoral”. 10º programa de la Temporada de Abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi.

El concierto presentaba un hecho que hoy en día sigue siendo destacable: el protagonismo femenino en la creación y en la dirección, contando en el apartado compositivo con la alemana Isabel Mundry y con la batuta de la portuguesa Joana Carneiro.

La velada echó a andar con un nuevo estreno orquestal perteneciente a la iniciativa de la OSE para conmemorar sus 30 años. En este caso contábamos con Mundry y la obra Calles y sueños. En palabras de la compositora: “Escribí esta obra para un lugar que aún no conozco. He leído y he visto imágenes… así es como me he informado sobre ese lugar. Surgió una imagen interior. En ella modernidad e historia; estructuras urbanas y naturaleza se superponen. Mi composición se mueve como a través de una calle imaginaria: por una parte, siguiendo una sucesión (una línea), mientras por otro lado se pierde en divergencias… a través del ruido, la transformación del sonido, divertidas polifonías o en momentos de silencio…”. Mundry hizo uso de una plantilla instrumental que resultó en una orquesta más bien reducida, con la que trató de plasmar sus calles y sueños de manera sutil. Una imagen sonora que no llegó a los 4’ y en la que uno no llega a poder perderse por las divergencias de las imaginarias calles ni descubrir las divertidas polifonías. El resultado desigual y la reacción del público algo fría y protocolaria, si bien la orquesta pareció andar con soltura por las calles de la compositora. Tal vez lo que faltaron fueron los sueños.

El concierto, dominado por el genio creativo de Beethoven, tuvo en la interpretación al piano de Rafal Blechacz al protagonista de la primera parte. Un joven y talentoso pianista polaco con una importante carrera. Posee todas las cualidades necesarias: técnica impecable, musicalidad, proyección del sonido y personalidad. Proyecta y transmite equilibrio y sinceridad sin afectación gratuita ni postizos gestos para la galería. Todo música. Nos ofreció una acertada lectura del Segundo concierto beethoveniano, limpia y clara, brillando en los solos y dejando claro que hay un gran pianista con una larga carrera por delante. La orquesta estuvo acertada en la introducción del primer movimiento y supo acompañar con buen tino todo el Concierto, creando una atmósfera más profunda en el adagio y metiendo una marcha más en el tercer movimiento, ofreciendo una versión fresca y desenfadada de un jovencísimo Beethoven que hacía guiños al futuro. Como propina Blechacz nos obsequió con una partitura escrita por su más afamado compatriota, música que conoce a la perfección, interpretando el Vals nº 3 en la menor, op. 34, nº 2 de Chopin en una versión dotada de cierta agitación inicial y más rápida de lo que suele ser habitual.

Tras la pausa la Pastoral. Uno no puede sentirse más que abrumado al pensar lo que debió suponer ese concierto del 22 de diciembre de 1808 en el que junto con la 6ª sinfonía, se estrenaron la 5ª, la Fantasía coral y el Concierto para piano nº 4. Es la Pastoral una inmensa creación que esconde numerosas dificultades bajo su dulce y bucólica apariencia. No resulta fácil mantener su aire fresco con el paso de los minutos y obliga a un enorme consumo de energía, a realizar el esfuerzo de intentar redescubrir lo conocido, a que la orquesta se reinvente constantemente. Eché de menos un punto más de intención, algo que escapara por momentos del guión. No es cuestión de tocar más o menos rápido, más o menos fuerte, sino de dar y mantener los impulsos necesarios que hagan imposible la desconexión del oyente, sumergiéndose en la profundidad de la partitura. Hubo buenos momentos y fue seguramente con la llegada de los truenos y la tempestad cuando más cerca estuvimos del más vehemente y pasional Beethoven. Se apreció un buen trabajo de equilibrio entre familias instrumentales con mención especial para las maderas. En el apartado de la dirección llamó la atención el derroche de energía gestual, una entrega que puede agradecerse cuando no resulta de una excesiva afectación pero puede llegar a resultar fatigante a la vista y suponer un problema cuando toda esa vehemencia gestual no se traduce en el sonido, como ocurrió en varios pasajes del concierto.

Eran las primeras horas de la primavera y parece que pesó más la astenia primaveral que la alteración en el ánimo que provoca la estación de las flores. Todo estuvo bien, más que correcto y con momentos para el recuerdo pero para mi gusto faltó algo de chispa, incluido el público. Algo de lo mágico que posee la música, son esos intangibles que van más allá de la técnica, de que las notas estén en tiempo y forma. Y eso es lo que eché en falta, algo de magia.

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