Novedades bibliográficas

Las claves de la música del s. XX, para todos

José-Luis López López

martes, 23 de abril de 2013

Quienes vivimos en Sevilla, con algún interés por la música de nuestro tiempo, tenemos la fortuna de conocer a Francisco Ramos (“nuestro” Paco Ramos): un personaje singular, algo solitario y muy independiente; pero cuando aparece en algún concierto de música contemporánea, con su sonrisa amable y su aire aparentemente despistado, todo sencillez, con total ausencia de “pose”, los aficionados a esta música sabemos que ha llegado el que (un enigma para muchos) “sabe escuchar” mejor que ninguno. Y, claro, al final nos dirigimos a él para que nos de su “veredicto” sobre piezas que no hemos oído nunca antes. Le preguntamos algunas dudas, pero pocos (más bien nadie) disiente.

Las líneas anteriores parecen aplicadas a una autoridad subida en su pedestal; pero las he escrito para señalar que es justo todo lo contrario. Tanto los que han adquirido la atracción por la música de hoy gracias a él (sus libros, sus conferencias, sus reseñas, unas simples conversaciones …), como los que ya éramos “adictos” cuando lo conocimos, hace ya bastantes años, siempre aprendemos algo nuevo a su lado. Y, no obstante, no hay nada de “culto a la personalidad” en la comunicación con él (por encima de algunos que se consideran “divos” de la crítica musical en los grandes medios de comunicación), sino sólo la formulación de una pregunta (a la que aún no hemos hallado respuesta): “¿De dónde saca Paco todo lo que sabe?”.

Al comienzo de la década de los 90 del siglo XX, la Diputación Provincial de Sevilla publicó cuatro volúmenes, de autores diferentes, titulados Guía de la Música Clásica Grabada: el primero era general; el segundo, sobre los siglos XVII-XVIII; el tercero, sobre el siglo XIX. Y el cuarto, aparecido en 1994, escrito por Francisco Ramos, se centraba en el siglo XX. Salvo el primero, que fue como un ensayo de los tres restantes, de menor importancia, los otros tres (todos en formato de 21 x 26 cm.) encontraron pronto una gran aceptación. Ya están descatalogados; pero aún, en librerías anticuarias y de ocasión, se pueden encontrar los volúmenes II y III. Del cuarto, Guía de la Música Clásica Grabada. Siglo XX, del que es autor Francisco Ramos, ni rastro (sólo en ciertas bibliotecas públicas se puede consultar): de modo que se convirtió en un “tesoro” bibliográfico casi perdido, del cual poseíamos un preciado ejemplar quienes lo adquirimos a primera hora, pues se agotó rápidamente. Dada la demanda, aunque los aficionados a la música contemporánea no sean multitud, es extraño que la Diputación Provincial de Sevilla no lo reeditara (pero ya se sabe cuán imperfectamente se producen las publicaciones de bastantes organismos oficiales). Parece mentira: sin embargo, no es tan raro que alguna editorial (especialmente con una colección musical específica) no la haya vuelto a publicar hasta que han transcurrido ¡19 años! Paco Ramos, inmerso en su sabiduría musical, ajeno al mundo de la mercadotecnia, pienso que no ha dado los pasos necesarios para que esta nueva edición apareciera (lo ha hecho con, por lo menos, 15 años de retraso). O, como nunca se ha preocupado de alcanzar la celebridad en este campo que, en comparación a tantos otros, le corresponde con toda justicia, las editoriales no lo han (como hubiera sido lo lógico) “perseguido”. Ni hemos querido preguntarle al respecto. El caso es que, hace unos meses, me escribió un email dándome la noticia de la publicación en Turner (Colección Turner Música) de aquella obra, revisada y puesta al día, ahora con el título de La Música del Siglo XX. Una Guía completa, y pidiéndome que, si no tenía inconveniente, le hiciera una reseña para Mundoclasico.com. Naturalmente, le dije inmediatamente que sí.

El breve curriculum de Francisco Ramos que aparece en la solapa del libro dice: “ha cobrado experiencia en el tratamiento de la música contemporánea a través de la crítica para revistas especializadas (Scherzo, Nueva Música, Espacio Sonoro...), en la realización de programas de radio y en la publicación de escritos en torno a aspectos que rodean a la música del siglo XX (Música y esoterismo, La música en los campos de concentración nazis, Tragedia de la escucha, La vanguardia musical norteamericana…). En esta labor de difusión, también ocupan un lugar importante las conferencias impartidas en ciclos y cursos promovidos, entre otros, por la Universidad de Sevilla y la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía e, igualmente, en los conciertos y talleres sobre la obra musical moderna que ha organizado en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo”.

Como se ve, no se ha movido de Sevilla: todas sus actividades presenciales se han desarrollado en esta ciudad; sus escritos para revistas musicales han sido enviados por correo (electrónico, en los últimos años). Un caso de sabiduría musical casi privada, concentrada en la producción de nuestra época. Sabiduría dispensada de palabra con generosidad entre sus amigos, de la que el público más amplio amante de la música solo ha tenido noticia por sus reseñas discográficas y por sus agotadas y prácticamente desconocidas publicaciones. De hecho, la Guía de la Música Grabada. Siglo XX, de 1994, y esta edición de Turner, La Música del Siglo XX. Una Guía completa, de 2013, no difieren en lo fundamental: aquella, aunque en el título se subrayaba lo de “música grabada” consistía (y era su mayor valor) en el análisis de autores y obras, con una perspectiva extraordinariamente original y clara (la información sobre grabaciones discográficas era solo un interesante complemento). Esta, la reciente, puede considerarse una edición revisada, ampliada y puesta al día, de aquella obra, casi desaparecida, que publicó la Diputación de Sevilla. Su formato es más agradable, su edición por una casa comercial solvente, y su consiguiente distribución al alcance de todas las personas interesadas garantizan una amplia difusión. Apostamos a que esta primera edición se agotará con rapidez, y a que Turner procederá enseguida a las reediciones o reimpresiones que vayan siendo necesarias, hasta que esta joya bibliográfica esté en poder de todo su público “natural” y en cada biblioteca pública que merezca verdaderamente tal nombre.

¿Y cuál es su público “natural”? De sobra sabemos que, entre los amantes de la música, digamos por abreviar (aunque el término no es completamente apropiado) “clásica”, ya de por sí una minoría, si pensamos, por ejemplo, en los aficionados a los deportes de masas (“drogados” hasta la saturación por las emisoras de televisión, de radio, y de la prensa, no sólo específica, sino de información general, en papel y digital), hay una considerable “resistencia” contra la música contemporánea: la mayoría de esa “minoría” que asiste regularmente a conciertos o representaciones de música “clásica” se decanta por las obras de repertorio (es decir, las ya conocidas) tanto en el ámbito instrumental como lírico. Pero, aunque sea lentamente, sobre todo entre los jóvenes y los “melómanos” más cultos y de mente abierta y curiosa, se está despertando, día a día, una mayor receptividad hacia la música “nueva”: ya hay una cierta cantidad de “clásicos contemporáneos” que se escuchan sin esfuerzo y con gozo (gran parte de Debussy, Stravinski -¿quién se acuerda ya del escándalo de La Consagración de la Primavera en su estreno parisino de 1913?-, Britten, Estancia de Ginastera, las grandes óperas de Janáček, Des canyons aux étoiles de Messiaen, Sensemayá de Revueltas, Sibelius, Prokofiev, Shostakóvich, Satie, Villa Lobos, Steve Reich, por señalar a unos cuantos; y sin olvidar a los españoles del siglo XX, como Albéniz, Falla, Mompou, Joaquín Turina). Estos, y bastantes más, están en las puertas de la aceptación de la capa más sensible de los, hasta ahora, melófilos “convencionales”. Todavía, la música dodecafónica y serial, y otras de especial complejidad resultan de difícil escucha para no pocos aficionados.

Y en este punto es donde aparece, como agua de mayo, este libro, definido así en la contraportada: “Una completa guía de escucha de los compositores, las tendencias, los itinerarios y los estilos en la música del siglo XX” Donde se añade: “Partiendo de Debussy y llegando a Steve Reich. O empezando -alfabéticamente- por Ablinger y acabando por Zimmermann. O arrancando en el impresionismo y siguiendo hasta la electroacústica. El lector puede elegir su forma de lectura en este libro torrencial, quizá [nosotros suprimiríamos el “quizá”] el más completo escrito hasta la fecha, y no solo en español, sobre el complicado y muy diverso escenario de la música contemporánea”.

En su Introducción, Francisco Ramos nos da la clave de la singularidad de la obra: “Vertebrada sobre itinerarios estéticos, la presente guía no deja de ser una historia de la música del siglo XX. La gran diferencia respecto a los manuales de historia estriba en la importancia que en este libro cobra el compositor, que, junto al sonido, es el eje fundamental del relato”.

“Relato” es la palabra justa: relato en el que se dan la mano conocimiento y pasión, profundidad y claridad, amor y pedagogía (en su buen sentido), excelente pulso narrativo y sobresaliente capacidad crítica. No es una historia al uso; no es un tratado de musicología; no exige del lector conocimientos técnicos musicales. Se lee como una novela: la de la aventura de la música del último siglo (largo). Sin duda, un libro llamado a convertirse en un clásico.

Con su saber sobre el tema, el autor podría haber escrito un libro diez veces más extenso. Sin embargo, para su propósito tiene las dimensiones justas: lo esencial está dicho, condensado y a la vez con claridad asequible a cualquier lector culto (aunque la suya sea una cultura media. Su originalidad descansa sobre tres simples pilares: 1º, los compositores son tratados individualmente; 2º, en el relato, estos autores se entrelazan en diversas genealogías perfectamente comprensibles; 3º (y esto es lo más simple, a la par que genial, de todo), los estilos y las obras son tratados desde el punto de vista del sonido. F. Ramos se coloca en el lugar del oyente. Como bien dice en la Introducción, “La obra musical creada desde posiciones innovadoras a lo largo de la segunda mitad del siglo XX no da lugar a una uniformidad estilística, sino que, al contrario, alienta una pluralidad de estéticas dispares y un nuevo tratamiento del sonido, santo y seña de la modernidad [subrayado nuestro, JLLL: de paso, señalemos, para evitar alguna posible confusión, que Paco Ramos usa “modernidad” siempre como sinónimo de “contemporaneidad”]”. Y añade (después de refutar que la música de hoy no es un magma uniforme e indistinto, que se pueda tratar como un “todo” unidimensional): “El propósito del presente libro es clarificar la compleja red de tendencias estéticas que se suceden a lo largo del siglo y resaltar las riquezas que se hallan en decenas de piezas musicales que, por distintas causas (pequeño formato, material electrónico…), no acceden con frecuencia a los escenarios habituales (la España de las orquestas sinfónicas y de los auditorios)”.

E insiste en “la importancia que, en este libro, cobra el compositor [individual, pero engarzado con otros en itinerarios en los que se destacan las “influencias” y las “herencias”, JLLL] considerado, junto al sonido, el eje fundamental del relato”. Aunque seamos redundantes, no nos cansaremos de repetir este planteamiento, absolutamente decisivo.

Veamos un ejemplo, extraído del “itinerario” (lo preferimos a “capítulo”) I, titulado “Preludio a la siesta de un fauno” (ya hemos dicho que la obra comienza con Debussy). Es bien sabido que muchos años después del estreno de L’après-midi d’un faune, en 1894 (pieza sinfónica compuesta a partir de la célebre égloga de Mallarmé, a la que pretendía “ilustrar con total libertad”) Pierre Boulez dijo que, con este trabajo, se estaba instaurando “una nueva respiración del arte musical”. Muchos otros lo comprendieron así y F. Ramos lo recoge al afirmar que Debussy “es uno de los compositores que mayor influencia ejercen a lo largo del siglo XX”. Es posible que su incidencia sea menos llamativa que la de Schönberg y Webern y menos amplia que la de Stravinski, añade, pero “no cabe duda de que sus soluciones armónicas han resultado ser tan relevantes y duraderas como las de aquellos, y su concepto del movimiento estático influirá notablemente en autores como Cage y los minimalistas”. Y en muchos más. Aparte de que, con sus innovaciones, “el legado musical de Debussy [sí, “el instaurador de una nueva respiración del arte musical”] es el único de todo el siglo, entre los autores de importancia, que ha logrado convocar a todo tipo de oyentes”. ¿Cómo es posible? En sólo cuatro páginas, con un lenguaje absolutamente comprensible, se nos dan las claves de ese fenómeno, que no nos asombra, como siempre ocurre, porque estamos habituados a él. La principal es que Debussy se preocupa sólo de la sonoridad; y cuando trata de la Naturaleza, expresa a la Naturaleza misma, no -al modo romántico- a los sentimientos que ella inspira al compositor: los reflejos del agua, los pasos sobre la nieve, las puestas del sol, la presencia del mar…; nunca las conmociones que producen sobre el autor. Por primera vez, la Naturaleza es objeto de la pura contemplación, no de las emociones que provoca: es la ruptura radical con el Romanticismo.

La materia sonora se desprende de las tensiones. Por eso, Debussy ha sido llamado el gran “liberador”. Donde mejor se ejemplifica esa liberación es en Pelléas et Mélisande, su única ópera: “La acción escénica de Pelléas et Mélisande pide una música caracterizada por la ausencia casi absoluta de tensión externa. El canto se produce no a partir del carácter gestual de la ópera habitual, sino de los silencios que median entre las voces. El auténtico drama tiene lugar en el interior de cada personaje y será ese el carácter que condicione toda la acción. El aparato de gestos externos no tiene aquí cabida; son, en realidad, gestos de personajes de sueño, personajes que no saben de dónde vienen ni adónde van”.

Como ejemplo (incompleto) es suficiente. En este “itinerario” I se continúan las referencias, con explicaciones, más o menos extensas, del inmediato linaje debussiano: Paul Dukas, André Caplet, Erik Satie, los españoles Albéniz, Falla, Joaquín Turina, Mompou … Y Tournemire, y Jehan Alain, y, asombrosa pero congruentemente, Duke Ellington …

El libro se compone de 12 “itinerarios”:

II.- “Misticismo ruso”. Encabezado por Scriabin, que es interpretado con hondura y transparencia, siguen, en el mismo estilo (autores individuales engarzados, preferente atención al sonido) análisis de Lorié, Roslavets y otros de la misma “familia” (no podemos citarlos a todos. En el “índice onomástico” total, al final de la obra, se citan alfabéticamente -todos, sin excepción, con su correspondiente comentario en el “itinerario” al que han sido adscritos-, más de 250 compositores).

III.- “La mirada expresionista”. Schönberg, el primero, con un espléndido estudio. Luego, Webern, Berg, Hindemith, Zemlinski, Roberto Gerhard, Dallapiccola, Zimmermann …

IV.- “Neoclasicismo”. Otra explicación magistral de Stravinski, y Busoni, Koechlin, Ohana, Milhaud, Poulenc, Prokofiev, entre otros muchos.

V.- “Músicos de la periferia”. Categorizar en 12 “itinerarios” la enorme variedad de músicos y obras de más de un siglo tan artísticamente diverso, en una obra no enciclopédica, sino de orientación según los parámetros mencionados, es tarea que está al alcance de muy pocos, si se quiere conservar una adecuada, aunque aproximativa, congruencia. En este, encuentran cobijo compositores eminentes y otros menos conocidos que no se pueden agrupar fácilmente. El “cabeza de serie” es Bartók, y lo acompañan, con agudísimas observaciones, Enescu, Szymanowski, Janáček, Kodály (excepcionales “islas”), a las que se une algún maravilloso “desconocido”, como el estonio Veljo Tormis, y su impresionante recopilación de cantos y melodías ancestrales bálticas Pueblos olvidados (siempre le agradeceré a Paco Ramos que me descubriera, hace muchos años, ese CD doble en el sello ECM, con el título en inglés de Forgotten Peoples, aunque cantado en las lenguas originales: una de mis joyas discográficas). También aquí figuran, con todos los honores, tres “grandes” iberoamericanos: Villa Lobos, Ginastera y Carlos Chávez.

VI.- “Visionarios en América”. Además de los conocidos exiliados a EE.UU., otros, nativos o nacionalizados. No podrá discutirse que figure en primer lugar Charles Ives, elogiado por Schönberg, ni que le sigan Edgar Varese, francés de nacimiento, Henry Cowell, Ruth Crawford Seeger, Kurt Weill, Conlon Nancarrow, George Crumb, Aaron Copland… Dentro del desconocimiento medio del público español, el de los autores estadounidenses alcanza el punto más bajo.

VII.- “Pájaros y estrellas”. Con este título, el gran Olivier Messiaen es tratado, como merece, con la mayor extensión de todo el libro (con una excepción): ocho páginas, el compositor más amado por quien esto escribe de todo el siglo XX (en todos los géneros musicales). También para Janáček tengo mi “altar”, y para algunos más (hablamos de ese siglo); pero si alguien se molesta en ver mis colaboraciones en Mundoclasico.com comprobará cómo mis artículos sobre Messiaen les ganan, en cantidad y en intensidad, a los escritos por mí sobre cualquier otro compositor (el estudio previo, y la crítica a su ópera Saint François d’Assise en el Madrid Arena, verano de 2011, sobre todo; o aquellas páginas sobre su vida y Des canyons aux étoiles en 2008). Es tan grande Messiaen, que, en este “itinerario” sólo le da una honrosa pequeña escolta Claude Vivier.

VIII.- “El canto de los adolescentes”. Stockhausen, casi seis páginas. Pierre Schaeffer y la música concreta. Pierre Boulez, de nuevo Bernd Alois Zimmermann (a veces, las repeticiones son necesarias), Milton Babbitt, Luciano Berio, Franco Donatoni, Luigi Nono… Y los españoles de la segunda mitad del siglo (y aun de hoy, por fortuna), desde Cristóbal Halffter, Joan Guinjoan, Gonzalo de Olavide: una larga lista que llega (después vendrán más) hasta José Luis Turina.

IX.- “El sonido grabado”. Fiel a su idea de no dejarse atrás nada importante, Francisco Ramos, en el anterior y este “itinerarios”, comienza a transitar por terrenos más difíciles para la escucha del oyente medio y convencional. Es el campo del presente y del futuro, a corto o medio plazo. Bernard Parmegiani, Francis Bayle, Roland Kayn, Denis Dufour, Luc Ferrari, Eduardo Polonio. En este apartado destaca Mauricio Kagel (Argentina-Alemania) con un inmenso, e interesante, catálogo de obras; mientras un abundante elenco de autores por descubrir completa este capítulo que no ocultaremos es, tal vez, el más difícil de asimilar de toda la obra.

X.- “Routine Investigations”. Con el título de una obra del estadounidense, ligado al movimiento pictórico del expresionismo abstracto norteamericano, Morton Feldman (uno de los compositores más admirados por Francisco Ramos), volvemos a caminos más transitados y, con la debida atención, asequibles. Primero, John Cage, tan característico por el uso del piano preparado y sus incursiones en el zen; tras él, Feldman, fascinante, misterioso, indeclinable. Donde no es ya uno de los grandes clásicos que venerará el porvenir, lo será, más pronto o más tarde. La valoración que hace de “Morton” (como siempre lo llama) el autor del libro se traduce en que le dedica once páginas. Y no le falta razón: en esas alturas, discutir de mayores o menores excelencias carece de sentido. Este “itinerario” es, en verdad, glorioso: largas páginas sobre Giacinto Scelsi, György Ligeti (léase “Lígueti”), György Kurtag, Heinz Holliger, Helmut Lachenmann, Louis Andriessen, los últimos enormes “clásicos” hasta el momento; los “espectralistas” franceses (Murail, Levinas, Grisey); quienes están en la más alta madurez y plenitud creadoras, Wolfgang Rihm, la finlandesa residente en Francia Kaija Saariaho, los japoneses Takemitsu y Hosokawa. Y los españoles jóvenes, pero ya consagrados, que el lector deberá descubrir por sí mismo, a la luz de las indicaciones del autor.

XI.- “La nueva sinfonía”. Nueva tanda de genios de hoy, y, si no, seguro, de mañana: Lutoslawski, Elliot Carter (muerto, en plena lucidez, hace unos meses, a punto de cumplir 104 años), Dutilleux, Penderecki, Shostakóvich, Schnittke, la tártara Sofia Gubaidulina, la peterburguesa Galina Ustvolsakaya; los británicos Tippett y Britten, entre otros; Hans Wener Henze, otro genio recién fallecido … Y más, y más.

XII.- “El teatro de la música eterna”. El último itinerario se abre con el estadounidense Harry Partch, sigue con el rítmico y minimalista subyugante Steve Reich, en una “coda” que vuelve a incidir en nuestro desconocimiento de los músicos norteamericanos; Philip Glass, Robert Ahsley, Terry Riley. La Monte Young, Alvin Lucier, Pauline Oliveros… y tantos otros.

Quien esto escribe, limitado por una decorosa autolimitación de espacio, se queda con las ganas de hacer la mejor reseña posible de este libro: transcribirlo en la totalidad de sus 431 páginas. Confieso que lo he “devorado”, y tras hacerlo, esa me parecía la única reseña digna. Por tanto, sólo me queda hacer una exhortación con todas mis fuerzas: adquieran este libro, y léanlo entero, o por “itinerarios” sueltos, o por compositores individuales. Al final, lo leerán íntegramente, y más de una vez, si son medianamente abiertos y curiosos. Por mi parte, cuando se escriba en Mundoclasico.com de música contemporánea, prometo que no entraré en discusión sobre ninguna obra de música del siglo XX, a menos que el interlocutor haya adquirido (es lo menos que se puede pedir) información sobre la misma, y sobre su autor, en este libro de Francisco Ramos, que repito, como dije al comienzo, que no tiene, entre los de su temática, parangón alguno, ni en español ni en otro idioma. Si lo leen, espero que me agradezcan esta reseña. Pero, sobre todo, que guarden gratitud al autor del libro: hay ocasiones que no se deben, que no se pueden, dejar escapar.

Este libro ha sido enviado para su reseña por Turner Publicaciones S. L.

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