España - Castilla y León

La campeona y su campeón

Samuel González Casado
viernes, 3 de mayo de 2013
Valladolid, viernes, 19 de abril de 2013. Auditorio de Valladolid. Viviane Hagner, violín. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Vasili Petrenko, director. Debussy: Preludio a la siesta de un fauno. Glasúnov: Concierto para violín y orquesta en La menor, op. 82. Stravinski: La consagración de la primavera. Ocupación: 90%
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En 2013 se cumplen 100 años del estreno de La Consagración de la Primavera, y como es normal se ha programado o se programará asiduamente este año. Esto se entiende desde lo que cabe calificarse como tumultuoso éxito que la obra cosechó aquel 29 de mayo -pese al enorme descontento que el público expresó por la coreografía de Niyinski- y que dio alas a la carrera de una composición que, pese a no ser la más rupturista de Stravinski (Petrushka fue la verdadera puerta a este tipo de organización sonora en su más amplio concepto), conservó siempre ese halo de modernidad y, por tanto, de atemporalidad.

En un ejemplo doméstico de lo anterior, si la memoria no me falla La consagración ha sido la obra para gran orquesta más interpretada en el Auditorio de Valladolid (5 o 6 veces), aunque no siempre con los resultados deseables. La algo traicionera reverberación de la sala o la mediana capacidad de los directores han dado como resultado versiones normalmente apreciables pero sin el detalle deseado. Por eso esta interpretación de Vasili Petrenko fue un hito gigantesco, y una demostración de que la OSCYL puede tener días en los que suena como una orquesta de primera división.

La clave de Petrenko en esta obra, como en todas las que él dirige, es que parte de un concepto realmente identificable y que sin embargo nunca se sale del tiesto, al margen de que a veces se le note especial atención a culminar las obras de gran repertorio de forma espectacular, y busque así un éxito seguro. En él predomina una tradición rusa moderna, donde el rigor técnico y la exactitud son protagonistas, pero siempre hacia el objetivo de los efectos bien imbricados, variados y variables según el discurso musical. Por ejemplo, la transparencia en los fortes y algunos características de la percusión como soporte rítmico antes que inmediatamente expresivo me recordaron la portentosa versión de Ígor Markévich con la Filarmónica Checa; sin embargo, Petrenko se distancia de este estilo por ejemplo en las introducciones o en la 'Evocación de los Ancestros', más sugerentes, con mayor colorido, lo que conectaba perfectamente con el Preludio a la siesta de un fauno de Debussy, interpretado en la primera parte con idéntica prestancia. Además, Petrenko huye de lo fácil y reserva las mayores dosis de "salvajismo" a la cuerda, mientras que para la percusión y metales elige unos momentos muy determinados de estallido, lo que evidentemente le da mayor libertad para organizar el discurso en cuanto a tensión sonora a través de las dinámicas. Gracias a una base rítmica muy presente -verdadero motor del que parten organización y color-, Petrenko convierte en protagonista, por tanto, la naturaleza coreográfica de La consagración.

Todo este sistema puede caerse si la orquesta se muestra imprecisa, o fallona en los solos, porque las entradas y el control en general en este concepto eran conditio sine qua non. Pero respondió a lo grande, motivadísima, seria. Todo el mundo estuvo a la altura, aunque cabe hacer especial mención a percusión, metales y chelos; ello realzado, como me mencionó uno de los profesores después del concierto, por la modificación de los paneles superiores de la sala y la eliminación de espacio entre los músicos, lo que parece ser contribuyó a tan inaudita transparencia para La consagración en este auditorio y a que Petrenko se haya convertido en el campeón de todas las versiones de esta obra interpretadas aquí.

El inteligente programa -ya se ha mencionado- también contenía el Preludio de Debussy (más que a la siesta de un fauno, a La consagración). Glasúnov, como representante del estilo ruso que no desdeña el eclecticismo, tampoco fue mal complemento, máxime cuando la muniquesa Viviane Hagner mostró exquisiteces varias, a despecho de algunos problemas técnicos en la zona grave al principio de la obra. El sonido a veces no es complaciente: Hagner no busca la redondez, sino que lanza un discurso musical con tensión, con aristas, que consigue mantener la atención sin concesiones a la galería, con actitud concentrada. Dio lo mejor de sí misma en la gran cadencia y Petrenko y la OSCYL se lo pusieron fácil, aunque su parte diste de serlo. La propina fue inconmensurable: el arreglo para violín solo de Ernst del Erlkönig de Schubert. La capacidad de esta artista para construir y variar este pequeño gran drama simplemente es de las que no se olvidan.

Las notas al programa de Lourdes Bonnet, bastante completas y que además huyen de algunos de esos elementos tópicos casi inevitables en España cuando se comenta La consagración (afortunadamente se habla de "escándalo" pero no de "fracaso"), contribuyeron al buen sabor de boca de esta gran velada. Podría pedirse, además, un solo criterio gráfico para los apellidos rusos (Músorgski-Diaghilev-Prokofiev-Glazunov) y una redacción correcta ("El caso de Debussy, podríamos decir que es excepcional"); aunque en esta concreta publicación predominan las virtudes.

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