Alemania

Nihil novum sub sole...

J.G. Messerschmidt
viernes, 7 de junio de 2013
Múnich, lunes, 3 de junio de 2013. Ópera del Estado de Baviera. Simon Boccanegra ópera con música de Giuseppe Verdi y libreto de Francesco Maria Piave, Giuseppe Montanelli y Arrigo Boito según el drama homónimo de Antonio García Gutiérrez. Dirección escénica y decorados: Dmitri Tcherniakov. Vestuario: Elena Zaytseva. Iluminación: Gleb Filshtinsky. Reparto: Zeljko Lucic (Simon Boccanegra), Kristine Opolais (Amelia Grimaldi), Vitalij Kowaljow (Jacopo Fiesco), Stefano Secco (Gabriele Adorno), Levente Molnár (Paolo Albiani), Goran Juric (Pietro), Joshua Stewart (Capitán), Iulia Maria Dan (Doncella de Amelia). Coro de la Ópera del Estado de Baviera. Maestro del coro: Sören Eckhoff. Orquesta del Estado de Baviera. Dirección musical: Bertrand de Billy
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Pocas óperas de Verdi encierran tantos contrastes e incluso tantas contradicciones como Simon Boccanegra. Por su música es una de las mejores, sino la mejor de su autor. El libreto, en cambio, es uno de los más descabellados de todo el siglo XIX; en él se hallan asesinatos, muertes por penas de amor, ejecuciones, escenas de reencuentro, amores imposibles, raptos e incontables traiciones, intrigas, enemistades mortales, conspiraciones, revoluciones e intentos (fallidos o no) de golpe de estado... Será difícil hallar una producción que en sí misma refleje de modo tan literal como lo hace ésta tales diferencias cualitativas entre música y argumento.

En su faceta musical, esta producción (estrenada en 2011 en Londres) hace honor a la partitura de Verdi. Y ello pese a que dos de los cantantes protagonistas tuvieron que cancelar su actuación no demasiados días antes del estreno. La gran decepción fue la ausencia de Krassimira Stoyanova, que debía cantar el papel de Amelia Grimaldi y que fue substituída por Kristine Opolais. En lugar de Ramón Vargas, Stefano Secco interpretó el personaje de Gabriele Adorno.

La dirección de Bertrand de Billy ofreció a los solistas una estupenda base orquestal. La lectura de Billy tuvo dos premisas: la tersura melódica en las partes líricas y un dramatismo muy intenso, que dejaba advertir el rico colorido orquestal y la complejidad armónica de la partitura en los momentos de mayor tensión argumental. Con muchísimo cuidado se evitó todo sentimentalismo, todo patetismo. De algún modo, la parte orquestal dejó entrever la alta calidad de música 'pura' que tiene la partitura orquestal de esta pieza. En determinados pasajes, sin embargo, habría sido deseable un mayor control del volumen, que en algunos momentos se acercó al exceso. Por su parte, la Orquesta del Estado de Baviera respondió en todo momento de manera modélica y ofreció un sonido compacto, denso, pero con bien diferenciados planos tímbricos. Tanto técnica como artísticamente la labor del director y la orquesta fue sobresaliente. El coro estuvo igualmente a la altura de las circunstancias.

Para los solistas Simon Boccanegra es una obra cuya mayor dificultad estriba en la síntesis estilística que conlleva, pues en ella están presentes tanto el Verdi de 1857, año en que fue compuesta, y que aún estaba ligado a los ideales del belcanto belliniano; y el de 1881, fecha en la que la obra fue revisada a fondo y en la que el compositor había tomado ya el camino que lo conduciría a Otelo y Falstaff. Esta tensión entre dos polos aparentemente difíciles de conciliar es la que otorga a Simon Boccanegra todo su peso musical y la que pone a prueba las habilidades de sus intérpretes.

Opolais (Amelia Grimaldi), Lucic (Simon Boccanegra), y Chor der Bayerischen Staatsoper en 'Simon Boccanegra' de Giuseppe Verdi. Múnich, Ópera del Estado de Baviera, junio 2013. Dirección escénica: Dmitri Tcherniakov. Dirección musical, Bertrand de Billy

Zeljko Lucic supera brillantemente las dificultades de su papel y demuestra ser un muy buen Boccanegra. Técnica y vocalmente está a muy alto nivel: el timbre es muy grato, los armónicos ricos, la emisión limpia y bien focalizada, no se advierte ningún punto débil en todo su registro, el fiato es muy generoso. En el plano interpretativo Lucic resulta impecable y, sobre todo, convence por saber conjugar las diversas facetas estilísticas de su papel: domina tanto el belcanto lírico como el dramatismo contundente del Verdi tardío y pasa de un lenguaje al otro logrando transiciones naturales, sin fisuras ni sobresaltos. Su musicalidad, que sirve de medio para expresar una rica gama de hondos sentimienos, está fuera de toda discusión.

A su lado Vitalij Kowaljow crea un Fiesco no menos convincente en lo estilístico y en lo musical. Es de destacar la 'claridad musical' dentro de la oscuridad tímbrica de su voz. El contraste entre su Fiesco y el Boccanegra de Lucic está perfectamente logrado. Levemente engolado en el prólogo y en el primer acto, el joven Levente Molnár supera pronto estas dificultades y, con toda comodidad, ofrece un muy apreciable Paolo Albani. A Goran Juric nos habría gustado escucharlo en un papel de más envergadura que el de Pietro: si hemos de juzgar por éste, se trata de un cantante muy interesante.

En lugar de Krassimira Stoyanova, como decíamos, el papel de Amelia Grimaldi fue interpretado por Kristine Opolais. Esta joven cantante letona posee un tipo de voz que cae de lleno en la denominación alemana de 'jugendlich-dramatischer Sopran', una categoría que, en parte, se corresponde con la italiana de 'soprano spinto'. Lo cierto es que Opolais posee una voz voluminosa, generosa en los agudos, con un buen centro, pero un poco menos convincente en los graves. Estamos, sin duda, ante una cantante muy notable, tanto por sus posibilidades vocales como por sus cualidades artísticas. Ahora bien, Amelia Grimaldi no parece acabar de ser su papel ideal. La ya mencionada complejidad estilística de esta ópera no termina de convenir a sus características: así como en los momentos dramáticos, cuando deja surgir su spinto en toda su contundencia y brillo, su interpretación es estupenda por técnica y por intensidad emotiva, en los pasajes líricos echamos de menos una cierta 'cultura' del belcanto y advertimos un color algo vacilante, que produce algunos desajustes. También su demasiado cortante pronunciación de la 's' puede resultar molesta. Se trata de defectos menores, de ésos que se detectan cuando se hila fino, pues en conjunto Opolais es una cantante muy apreciable y su Amelia resulta musicalmente convincente. Creemos que no es aventurado considerarla como una intérprete muy prometedora para papeles algo más 'pesados', como Elsa, Tosca, etc. cuando llegue el momento.

En cierta manera, hallamos en una posición opuesta a Stefano Secco, un tenor que, si hemos de juzgar por esta velada, se encuentra en un muy buen momento. Con el tiempo, su voz ha ganado en consistencia y acaso también en volumen, pero sin perder melodiosidad ni ductilidad. Secco es, qué duda cabe, un tenor muy lírico, casi un tenor de gracia, y está sobradamente familiarizado con el belcanto, tanto en sus aspectos técnicos como expresivos. Su interpretación es un excelente ejemplo de cómo el papel de Gabriele Adorno puede ser abordado desde una perspectiva lírica sin que ello suponga ninguna desventaja. Por el contrario, en su versión se hace patente el bello ductus melódico con el que Verdi configuró al personaje. En caso de duda, la musicalidad debe ser la prioridad, y musicalidad es lo que a Stefano Secco no le falta de ningún modo.

Kowaljow (Jacopo Fiesco) y Lucic (Simon Boccanegra) en 'Simon Boccanegra' de Giuseppe Verdi. Múnich, Ópera Nacional del Estado, junio de 2013. Dirección escénica: Dmitri Tcherniakov. Dirección musical, Bertrand de Billy.

Como se ha visto, el aspecto musical de esta producción es muy brillante, como ocurre por otra parte con la propia partitura. Y para que la simetría no se pierda, la escenificación de Dmitri Tcherniakov tiene mucho en común con el libreto, a pesar de que no se atiene demasiado al mismo: ambos coinciden en ser un disparate. Ya en el programa de mano, el director de escena expresa su convicción de que Boccanegra no cree verdaderamente que Amelia sea su hija reencontrada, tesis que no se toma la molestia de justificar ni por escrito ni por medio de la acción dramática. Antes de que se levante el telón, el Sr. Tcherniakov tiene la bondad de hacer proyectar un texto en el que se nos explican los enrevesados antecedentes del drama. Como es natural, la acción del prólogo no se sitúa en la Génova del siglo XIV, como pretendía Verdi, sino en una escenografía inspirada por un cuadro de Edward Hopper, pintor que al parecer (¡argumento decisivo!) le gusta mucho al Sr. Tcherniakov; es decir, en un pasiaje urbano estadounidense de 1950 más o menos. Paolo y Pietro son dos gángsters de gabardina y sombrero. En un automóvil estacionado frente a un bar junto a la casa de Fiesco, un sujeto de camisa roja a cuadros y chaqueta de cuero negro se consuela de sus desdichas con una botella. Nos enteramos de que este borracho más bien tontorrón es el corsario Boccanegra, que ha liberado a Génova de la plaga de los piratas y al que Paolo quiere convertir en Dogo.

¿Génova?, ¿piratas?, ¿Dogo?, ¿en un cuadro de Hopper? Olvidemos estas prosaicas dudas y sigamos. El bonachón de Boccanegra no tiene madera de político, pero sus promotores no preguntan, mandan, y cuando les contradice lo meten de vuelta en el vehículo para que siga consolándose con su botella. Boccanegra, al descubrir en el palacio de Fiesco que su Amada María está muerta, intenta llevarse el cadáver, lo que da lugar a un pintoresco tira y afloja con los sirvientes de la familia, que al final consiguen quitarle a la difunta y llevársela de nuevo a casa. Sobre el prólogo no hace falta decir mucho más... Sólo señalaremos que existe una íntima compenetración entre la escena y la música, como se pone de manifiesto en el hecho de que las luces intermitentes del coche, en determinados pasajes, siguen con su parpadeo el ritmo de la música. ¡Impresionante! El primer acto (antes del cual el director de escena ha vuelto amablemente a informarnos por escrito del desarrollo de los hechos) transcurre en el presente, en nuestro presente. El decorado (?) representa de modo gélido y abstracto la vivienda en la que se aloja Amalia, de la que en el prólogo se hablaba como de una niña que había sido secuestrada, pero que ahora es ya una atractiva joven de atavío vagamente 'gótico' y que...

Secco (Gabriele Adorno) y Kowaljow (Jacopo Fiesco) en 'Simon Boccanegra' de Giuseppe Verdi. Múnich, Ópera Nacional del Estado, junio de 2013. Dirección escénica: Dmitri Tcherniakov. Dirección musical, Bertrand de Billy.

¡Perdón, perdón, aquí hay algo que no cuadra! Hagamos cuentas, por favor. El prólogo transcurría alrededor de 1950, si hemos de fiarnos del automóvil y del atuendo de los personajes. Estamos en 2013. La niña de entonces debiera estar ya prácticamente en la edad de la jubilación, incluso de la jubilación que la crisis ha hecho retrasar hasta los 67... ¿Tiene Amelia tantos años? ¡Qué bien llevados! En fin, dejemos estas mezquindades de lado y pasemos a Gabriele Adorno, que se presenta embutido, como un chorizo, en un traje blanco y negro de motociclista, con el casco en la mano. ¿Odia la diseñadora del vestuario a Stefano Secco? ¿O es que tiene algo en contra de Ramón Vargas y al pobre Secco le ha tocado purgar culpas ajenas? Sea como fuere, el pobre tenor no viste otra cosa hasta la última escena, en la que aparece engalanado de novio.


Con el paso de los años, el borrachín Boccanegra se ha convertido en un señor muy serio y aburrido, de traje gris, corbata y gafitas, algo así como un director de sucursal de una caja de ahorros. El gran consejo que preside, formado por otros señores como él, se reúne en una sala de conferencias con sillas de plástico y pizarra blanca de material sintético. No faltan los momentos involuntariamente jocosos, como cuando estos caballeros deciden hacer las paces nada menos que ¡con el rey de los tártaros! O cuando dicen que sacan o entregan espadas que no se ven por ninguna parte. Pasaremos por alto unas cuantas menudencias más y saltaremos al momento de la interminable agonía de Boccanegra. Un elemento fundamental de esta ópera es el mar. Por supuesto, Dmitri Tcherniakov no comete la trivialidad de insinuar su cercanía por ningún lado: éste es un Boccanegra de secano. Sin embargo, en el último acto, antes de cantar aquello de "Oh refrigerio! La marina brezza! Il mare, il mare!" Boccanegra dibuja en la pizarra unas olitas: el mar. Antes de morir, el héroe se quita la corbata y la tira a la papelera, luego se saca los zapatos y a continuación se empeña en ponerse un barquito de papel a modo de gorro en la cabeza, abre los brazos y juega a ser un avión. Después de muchos discursos se va del escenario caminando: esa es su muerte.

Secco (Gabriele Adorno), Lucic (Simon Boccanegra), y Opolais (Amelia Grimaldi) en 'Simon Boccanegra' de Giuseppe Verdi. Múnich, Ópera Nacional del Estado, junio de 2013. Dirección escénica: Dmitri Tcherniakov. Dirección musical, Bertrand de Billy.

Una cosa no criticaremos de la puesta en escena de Dmitri Tcherniakov: la dirección de actores. No la criticaremos porque no podemos, ya que no existe. Si algo se le ocurre a Tcherniakov son unas pocas 'genialidades' escénicas como la de la agonía de Boccanegra o, en ocasiones, mímicas ampulosas del más rancio estilo 'operístico'. Por lo demás, cada uno debe arreglárselas como puede. La mayor parte de los cantantes tiene la suficiente experiencia y presencia de ánimo para dar a sus respectivos personajes bastante más dignidad de la que sería de esperar en estas circunstancias. Quien no se las arregla tan bien es Kristine Opolais. ¿Por qué va Amelia encogida? ¿Por qué parece siempre al borde de un ataque de espasmos? ¿Por qué se desmaya tan a menudo? ¿Sufre de una rara enfermedad psicosomática? Pobre chica, con todo lo que le sucede, no sería raro... Opolais es una mujer de excepcional belleza y de simpatía extraordinaria, pero también, ¡ay!, nos parece bastante patosa, que ni en el momento de los saludos, acabada la ópera, es capaz de hacer las paces con la cola, no muy larga, de su sencillo vestido de novia. ¿O también esto es parte del concepto escénico?

Como hilarante parodia de ópera con un fondo musical de gran lujo, esta producción es perfecta. Pero eso es algo a lo que ya estamos muy acostumbrados. Nihil novum sub sole...

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