España - Extremadura

Cumpleaños feliz

Samuel González Casado

martes, 18 de junio de 2013
Badajoz, lunes, 10 de junio de 2013. Teatro López de Ayala. Elena Gragera (mezzo). José Ferrero (tenor). Grupo Instrumental del Festival Ibérico de Música de Badajoz. Álvaro Albiach, director. Mahler: Das Lied von der Erde. Ocupación: 80%

Resulta realmente esperanzador que un festival modesto, como el Festival Ibérico de Música de Badajoz, consiga llegar a su trigésimo cumpleaños aumentando su número de patrocinadores justo cuando la crisis golpea a todo el mundo y, en especial, a este tipo de manifestaciones culturales que a veces son consideradas prescindibles.

En el caso del festival, el buen hacer de la Sociedad Filarmónica y el excelente apoyo popular augura larga vida a estos conciertos primaverales, de gran tradición en la ciudad del Guadiana. Concretamente, el hecho de montar Das Lied von der Erde con tan buenos resultados ya indica el grado la capacidad organizadora de los responsables del festival. Se trataba de una opción arriesgada, pues a la dificultad de encontrar solistas con prestancia hay que sumar que el grupo instrumental es de nueva creación, con todo lo que ello supone.

Aparte, estamos hablando de la versión para orquesta de cámara de Arnold Schönberg y Rainer Riehm, lo que por un lado implica un equilibrio especial respecto a instrumentos y cantantes difícil de conseguir si no se cuenta con un director de las cualidades de Álvaro Albiach, y por otro le otorga excepcionalidad e interés al concierto. Desde luego, como digo, encontrar unos cantantes que den la talla en esta obra tiene su dificultad, sobre todo en el caso del tenor, que se enfrenta a una parte plagada de tremendos escollos, insalvable para muchos.

No es el caso del albaceteño José Ferrero, cuya técnica le otorga una inusitada facilidad de movimiento a lo largo de toda la tesitura, con lo cual logra lo más difícil y en este caso lo más meritorio: la sensación de comodidad en el que escucha, que yo jamás había experimentado en directo en sus tres lieder. Esta es la primera, e importantísima, gran cualidad de su interpretación, a la que se une la voluntad del cantante de no escatimar nada y de llevar a sus últimas consecuencias su concepto, valentía que el público sin duda debe apreciar y que muestra a las claras el compromiso que Ferrero tiene con su oficio.

Estas dos cualidades a su vez llevan aparejadas un par de defectos. Esa técnica que le da tanta facilidad de movimiento es poco flexible para algunas de las exigencias que demanda el lied, respecto al que la capacidad de recogido y coloreado es fundamental, por mucha escritura dramática que pueda contener. El sonido de José Ferrero, cuyo punto fuente son las vocales abiertas, carece de ductilidad para ser modificado desde los resonadores superiores. Por ejemplo, entre otras cosas los pianos y pianísimos están sin resolver, y no se demostró capacidad técnica para armar una línea de canto variada desde unas premisas básicas que todo liederista debe dominar. Esto nos lleva al segundo defecto, relacionado con lo anterior y con la segunda virtud (la valentía): el tenor intenta ser expresivo y dar entidad al texto desde un fraseo crispado, violento, lo que supone una concepción (¿anti-concepción?) que no casa con lo que estilísticamente demanda este género.

Esta apreciación no se basa en un gusto personal o prejuicios, sino en la práctica: simplemente esta forma de cantar el lied no funciona, pues así se encuentra más cercana al efecto externo que a la efectividad de la planificación desde las palabras y su significado, un arte refinado que permite una elaboración musical suprema y que, con sus contadas excepciones, alcanza su máxima expresión a partir de unas cualidades emisoras y tradición docente determinadas. Además, digamos que llevar hasta sus más extremas consecuencias la capacidad que puede otorgar a Ferrero su material -eminentemente lírico- no es la más inteligente de las estrategias, ya que la palabra "límite" está claramente relacionada con "limitación", y el tenor bordeó el abismo en alguna de las descargas en agudo en las que en principio parecía sentirse más seguro. Ferrero debería exigir a su instrumento lo que debe dar, y debería procurar que lo dé por mucho tiempo.

En Elena Gragera encontramos una mezzo de voz no muy grande pero bastante bien aprovechada desde unas premisas técnicas que no le otorgan grandes dosis de libertad. El centro de la cantante está muy metido en el papel "mezzosopranil" tal y como a veces ha sido entendido. Hablo de un sonido expansivo, de resonancias bajas y sin referencia en el agudo, cuyo plato fuerte siempre va a ser la escritura lírica que no ofrezca especiales dificultades en cuanto a tesitura. Los graves suenan blanquecinos y están poco apoyados (en lo cual, según parece, influye la voluntad de la cantante, y puede suponer un rasgo preventivo en relación a la salud vocal). Los agudos están retrasados y en bastantes ocasiones se accede a ellos con portamentos. Todo ello complica la vida a Gragera por ejemplo en algunos endiablados pasajes de Von der Schönheit (¿a quién no, realmente?), que son rapidísimos y necesitan una precisión y medias tintas entre impostado y desimpostado de los que esta mezzo carece cuando se demanda agilidad.

Pese a lo anterior, en el caso de los otros dos lieder, Der Einsame im Herbst y el monumental Der Abschied, Gragera puede lucir espléndidamente sus puntos fuertes, ya que la escritura es relativamente central y pausada. Estilísticamente la mezzo posee algunas cualidades muy importantes. Es una cantante inteligente y muy elegante, que utiliza impecablemente el ataque para engendrar un fraseo sutil que siempre está justificado, y que llega fácilmente a emocionar. Emplea magníficamente la mixtura entre graves y centro, y así por ejemplo las escalas ascendentes suenan muy homogéneas. Además, y más generalmente, conoce a la perfección cuál es la naturaleza de lo que puede ofrecer, y a partir de ahí desarrolla un juego de variaciones de dinámica que hacen que su discurso musical jamás peque de monótono. Quizá faltó un puntito de trascendencia en la conclusión, una pequeña vuelta de tuerca a todo lo que se había ofrecido hasta el momento, pero no puede negarse que esa media hora resultó hipnótica y que asistir a ella fue todo un privilegio.

Álvaro Albiach merece una mención especial en todo este logro. Elegido recientemente titular de la Orquesta de Extremadura, se trata de un director del que ya he hecho un par de críticas en Mundoclasico.com, siempre de óperas, y que nunca ha dejado de aprender y de crecer artísticamente. Su carácter es conciliador en múltiples sentidos, y siempre está dispuesto a embarcarse en proyectos interesantes cuyo premio se encuentra más cercano a la satisfacción artística que a la gloria mediática. Su disposición para abordar con garantías todo tipo de repertorio, a veces en situaciones no muy favorecedoras, es encomiable.

En el caso de la obra de Mahler, se las apañó para dar protagonismo a un grupo instrumental nuevo, formado por profesionales que ofrecieron buen nivel (mención especial para trompa y maderas), y para unir estilísticamente a cantantes dispares, a la vez que cuidó del equilibrio general (como ya se ha dicho, algo nada sencillo en esta versión de cámara) y ofreció, sobre todo en Der Abschied, momentos de recogimiento que mostraron especial complicidad con la soprano. Un pequeño fallo de entendimiento con el tenor, que se comió su frase "Ein Vogel singt im Baum" (en Der Trunkene im Frühling), quedó en simple anécdota y no empañó un resultado general tan placentero como inesperado.

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