Francia

La revancha de Fauré

Jorge Binaghi
miércoles, 26 de junio de 2013
París, jueves, 20 de junio de 2013. Théatre des Champs-Elysées. Pénélope (Montecarlo, 4 de marzo de 1913). Libreto de R. Fauchois. Música de G. Fauré. Intérpretes: Anna Caterina Antonacci (Pénélope), Roberto Alagna (Ulysse), Marina de Liso (Euryclée), Vincent Le Texier (Eumée), Edwin Crossley-Mercer (Eurymaque), Julien Behr (Antinoüs), Sophie Pondjiclis (Cléone), y otros. Versión de concierto. Coro (preparado por Patrick Marco) y Orquesta Lamoureux. Dirección: Fayçal Karoui
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"Mi punto de partida es que las cosas que han sido, son; y que lo que antes ha tenido un valor, está. Aunque no se vea, es más, es lo único que de verdad está…" (Juan Garaizábal refiriéndose a su Memoria del jardín, en El País de 22/6/13, suplemento Babelia, pag. 10)

Parece raro juntar el nombre de Fauré con la palabra ‘revancha’. Sin embargo, es la que cabe. Su única ópera, estrenada hace un siglo aquí mismo con gran éxito (y sólo pocos meses de su estreno absoluto en Montecarlo -donde no gustó-) se ha repuesto poco en Francia y apenas ha salido fuera del Hexágono.

Yo tuve la suerte de conocerla hace 51 años en una memorable versión en el Teatro Colón (la Argentina era así el tercer país después de Francia y Bélgica en escucharla). Para los que descreen de la memoria, ahí está la grabación, que es un reflejo bueno aunque no exacto de lo que aquello fue. Para los que creen que sólo el pasado es bueno, juzgando por aquellos parámetros (no por los únicos actuales que serían entonces inexistentes al no haber punto de referencia posible), el presente puede ser igual de bueno siempre que se respete al autor, se lo procure entender, se lo acepte (mejor si se lo quiere) y se trate de servirlo en vez de servirse de él. Esta vez, para los que se llenan la boca con las nuevas producciones o tendencias escénicas o las presuntas capacidades interpretativas de hoy en relación con las de ayer, fue en forma de concierto. Y no faltó nada, no sólo porque la mayor debilidad de la obra tal vez esté en el libreto (si fuera por los libretos, pocas óperas se salvarían de la hoguera), sino porque todos dieron el máximo y tenían mucho que dar. Por eso había localidades agotadas y muchos interesados en algún sobrante, pero, que yo haya visto, ningún revendedor. El ‘evento’ estaba ausente porque lo era de veras.

El coro y la orquesta Lamoureux estuvieron fabulosos, magníficamente concertados por el joven (todo es relativo, pero es joven) Karoui, que fue para mí toda una revelación y a quien sólo le faltó -en el segundo acto y en el final del tercero- un mayor equilibrio entre voces y orquesta (desde el punto de vista ‘comparativo’, fue mejor director que Fournet en aquella ocasión, pero no tan buen concertador).

Momento de la interpretación de 'Pénélope' de G. Fauré en versión concierto. París, Théatre des Champs-Elysées, junio de 2013. Anna Caterina Antonacci (Pénélope), Roberto Alagna (Ulysse) y otros. Fayçal Karoui, director musical.

Todos los cantantes resultaron adecuados según las dificultades de los respectivos roles. De los decididamente comprimarios sobresalió Pondjiclis, una voz y cantante sumamente interesante. De los dos pretendientes principales sólo se puede hablar muy bien de uno y superlativamente del otro (resultaron superiores a los de aquella vez): Julien Behr es un tenor interesante y decidido y así sonó su Antinoüs. Edwin Crossley-Mercer (Eurymaque) cantó a lo grande y con gran sentido de la palabra (la dicción de todos fue estupenda) y sólo le falta solucionar alguna apertura de la voz (fueron momentos fugaces) para tener una gran carrera por delante. Vincent Le Texier triunfó en Eumée sobre todo por la veteranía (pero en el recuerdo quedó por debajo del Angel Mattiello de entonces). Marina de Liso hizo un debut con muy buena recepción por la limpidez de su emisión y su buen color oscuro en Euryclée (digamos un empate con Solange Michel entonces).

Alagna es lo que de mejor puede ofrecer hoy Francia -u otros países- para determinados roles de tenor francés: este (Ulysse) es uno de ellos. Por belleza de voz resultó superior a Guy Chauvet, que tenía medios y presencia más adecuados y un fraseo algo menos enfático, pero la labor de Alagna no desmerece por eso y mereció desde luego sus aplausos y flores.

Crespin fue en su momento una Pénélope inolvidable, única a comenzar desde su timbre legendario y de sus célebres manos de auténtica ‘tragédienne’ (imagino que nadie dirá que por cantar entre los cuarenta y ochenta del siglo pasado seguramente resultaría ridícula como actriz hoy). Antonacci, de la que fue amiga y valedora en vida, y que siente auténtica admiración por ella, resultó, a fuer de ser ella misma, con su timbre de bronce, su articulación magnífica y su gran expresividad, totalmente distinta e igual de memorable. Las leyendas suelen tener sentido y las realidades, cuando tienen bases sólidas, también y unas refuerzan a las otras; sólo basta con tener auténtica grandeza, no una creada por el mercado o la desmemoria que nos ayuda a creer que estamos ante lo mejor cuando se trata sólo de un sucedáneo aunque -en el mejor de los casos- sea bueno o decoroso. Aquí no hubo sucedáneo, porque el resultado fue de nivel superior, tanto que sirvió para validar aquel pasado y fortalecer un poco más un presente más de una vez tambaleante por las falsas escalas de valores. Que los aplausos del público consiguieran la repetición del concertante final de la obra da la medida de lo inhabitual de esta función. Sin embargo, fue única y nadie consideró necesario escenificarla.

Al parecer France Musiques no la transmitirá, algo extraño cuando se retransmiten casi todos los conciertos y óperas sin parar mientes en su calidad presunta o real -y no sólo por esa emisora. Espero que alguien salve, ya sea en forma oficial o no, este ejemplo de que hoy las cosas se pueden hacer tan bien como siempre, que es justamente de lo que se trata, de mantener un nivel y no rebajarlo con el pretexto de que ‘ahora mejor no se puede’. Esta es la prueba de que sí se puede. Y de paso se rompería una lanza por un título que vale mucho la pena y que tendría que tener más lugar en el repertorio.

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