España - Valencia

La sutil ironía del soldado José

Daniel Martínez Babiloni
miércoles, 26 de junio de 2013
Valencia, domingo, 12 de mayo de 2013. Sala Russafa. La historia del soldado. Música de Igor Stravinski y texto de C. F. Ramuz. Estreno: Teatro Municipal de Laussana, 29 de septiembre de 1918. Toni Aparisi, coreografía y dirección escénica. Claudio Zirotti, escenografía. Harold Zurigan, iluminación. Las Rómulas Tanya y Melany, vestuario. Toni Aparisi, soldado; Paloma Calderón, diablo; Irene Ballester, princesa; y Àngel Fígols, narrador. Solistas de la Orquesta Ciutat de Llíria. Gaspar Sanchís, director musical. Russafa en Dansa. Temporada Internacional Dansa València 2013. Aforo: 178. Asistencia: 100 %
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Stravinski nos mira desde el fondo del escenario. Su rostro forma parte de un gran puzzle cuyas piezas demarcarán paulatinamente el espacio escénico. El compositor apoya la barbilla en las palmas de sus manos y a través de unas gafas de pasta se adivina una mirada irónica. Como su propia música para La historia del soldado.

Grandes letras anuncian el título de la obra sobre un cartel de estética soviética. Pero aún estamos en 1918, casi al final de la Gran Guerra que acaba con el siglo XIX. Desde 1905 se habían sucedido movimientos revolucionarios en Rusia. La caída de los Romanov conlleva para el compositor la pérdida de su herencia y derechos por sus obras, un asunto que le preocupará durante largo tiempo. Aun siendo un momento angustioso, el compositor se encuentra, como muchos de los artistas e intelectuales europeos, en la neutral Suiza. Con lo cual, no es difícil acceder a alguna de las fortunas allí domiciliadas. Entre ellas, la del magnate, filántropo y clarinetista aficionado de Winterthur, Werner Reinhart. Su mecenazgo es imprescindible en esta empresa. Consiste en llevar por varias ciudades una obrita teatral, como si de cómicos de la legua se tratase, “para hacer algo de dinero rápido” (R. Taruskin). Piececita que estrena Ansermet, el director principal de los Ballets Rusos de Diaghilev, que triunfa en estos momentos en medio mundo.

Del texto de C. F. Ramuz, sobre una recopilación de cuentos rusos de Afanasiev, se podría esperar un contundente alegato antimilitarista, dadas las circunstancias y el horror que supuso el conflicto, como posteriormente denunciará Stanley Kubrick en Senderos de gloria. Pero lo cierto es que se trata de una banal fábula sobre la necesidad de acertar en las decisiones personales para tener una vida satisfactoria: “Hay que escoger. La felicidad ha de ser una. No puedes tener el sol y la luna.” En definitiva, un relato escapista que apunta al arte deshumanizado y materialmente descarnado del periodo de entreguerras. También, al propio neoclasicismo de Stravinski, sustanciado en Pulcinella y el Octeto inmediatos. Un arte, aparentemente apolítico y acrítico, que se llevará igual de bien con la Italia de Mussolini que con los EE.UU. de Truman.

Traer a colación esta Historia del soldado en el año del centenario de La consagración de la primavera, tiene mucho interés. Lástima que coincidiera en días y horas con un Pájaro de fuego en el Teatro Principal. Por cierto, el sonado escándalo del estreno de La consagración devino por la incomprensible coreografía de Nijinski y en menor medida por la música del ruso, aunque se insista en lo disgustadísimo que quedó el público con la partitura. La Historia del soldado está plenamente vigente. Se ha convertido en una metáfora de los tiempos que vivimos, al igual que entonces, de profunda crisis. Como José, vagamos de la mano del diablo neoliberal, más de tres años ya. Por ello: “Nada es lo que era.” O mejor dicho, si esto pasa alguna vez, nada debería ser lo que era. Tanto en el aspecto económico, como en el político y social, tras las revelaciones de ese libro que casi nadie ha querido leer: el del sentido común y la decencia. Pero claro: “Para leer este libro no hace falta saber leer -dice el diablo-. Es un libro que se lee solo. Es como un tesoro, solo hay que abrirlo: títulos, billetes, oro…”

La obra de Stravinski y Ramuz encontró en los solistas de la Orquesta Ciutat de Llíria y en Toni Aparisi unos interlocutores de alto nivel. La primera es un conjunto autogestionado, formado por acreditados profesionales, surgido en la ciudad valenciana conocida por poseer dos de las bandas de música más importantes de este país. Aunque funciona desde hace diez años fue formalizada oficialmente hace dos. Para llevar a cabo sus proyectos no duda en recurrir al crowdfunding y a llamar puerta a puerta a quienes gustosamente acceden a patrocinarla. Aparisi es un reconocido actor, bailarín y coreógrafo valenciano, alumno de la Merce Cunningham School Studio of New York, que cuenta con un Premio Max y dos Premios Abril.

La versión fue muy suculenta. Sanchís realizó una lectura escrupulosa y el conjunto hizo que la intrincada partitura pareciese fácil; “sencillo”, como pretendían los autores, y no solo en lo material. Los pasajes pastorales entre clarinete y fagot resultaron hermosos. Deliciosos los ‘Pequeños aires al borde de un arroyo’. La tanda de danzas de la segunda parte fue grácil y sugerente. Además, los músicos se complementaron con los bailarines formando un todo muy compacto. Como muestra, la continuidad estilística entre la ‘Marcha real’, a modo de pasodoble (interpretada con casta), y la españolización de la divertida escena de la princesa, con guiños muy finos hacia la actualidad monárquica. Los bailarines brillaron por la expresividad y precisión de sus movimientos, en muchas ocasiones realizados en paralelo. Fígols firma un trabajo impresionante. Pasó por todos los estados de ánimo que el texto contiene: furioso, divertido, melancólico, escéptico, inocente, taimado… Finalmente, tierno y emotivo en una sala que tiene el encanto de que los actores miran directamente a los ojos del espectador.

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