México

Un trovador canta después de la extinción del mundo

Luis Gutiérrez Ruvalcaba

jueves, 27 de junio de 2013
Ciudad de México, jueves, 20 de junio de 2013. Palacio de Bellas Artes. G. Verdi: Il trovatore, Opera en cuatro partes (1853). Libreto de Salvatore Cammarano con adiciones de Emanuele Bardare. Mario Espinosa, puesta en escena. Gloria Carrasco, escenografía. Ángel Ancona, iluminación. Jerildy Bosch, vestuario. Alicia Sánchez, coreografía. Elenco: Walter Fraccaro (Manrico), Joanna Paris (Leonora), Edinéia de Oliveiras (Azucena), Jorge Lagunes (Conte di Luna), Rubén Amoretti (Ferrando), Sandra Maliká (Ines), Gilberto Amaro (Ruiz), Roberto Aznar (Un viejo gitano), Alejandro Ramírez Coreño (Un mensajero). Coro y Orquesta del Teatro de Bellas Artes. Director: Federico Santi. Aforo: 1800 localidades. Ocupación: 85%

Il trovatore es una ópera que me desconcierta pues la considero un brinco atrás en el desarrollo operístico de Verdi. Después del trío del último acto de Rigoletto, en el que logra hacer que la naturaleza cante como parte fundamental del drama musical, Verdi vuelve a componer una ópera con el modelo típico del discurso musical del bel canto. Por ejemplo, en la primera parte el primo tempo está representado por el estilo declamatorio de Ferrando y el coro aunado al ímpetu creciente de la orquesta que prepara el cantabile del aria de Leonora, cuyo tempo di mezzo, o transición, es un rápido intercambio de ideas con Inez, que culmina en una florida y brillante cabaletta. El modelo se repite a lo largo de toda la ópera. Hay que hacer notar que el tempo di mezzo más bello y espectacular de la ópera romántica italiana es el célebre Miserere del aria de Leonora en la cuarta parte.

Por otro lado, esta ópera puede definirse, parafraseando a Julian Budden, como “el dramatismo musical del momento expandido”. Dos ejemplos claros que justifican este título suceden en la segunda mitad de la segunda parte, en la que el aria de Di Luna se congela en el tempo di mezzo en el que el coro y Ferrando repiten hasta la saciedad el profundo texto que dice “Ardir! Andiam, celiamoci, Fra l’ombre, nel mister! Ardir! Andiam… silenzio! Si compia il suo voler!” y en la frase en que Leonora repite varias decenas de veces en el final de la misma parte: “Sei tu dal ciel disceso, O in ciel son io con te?” Con esto cierro mi caso en el sentido de que esta ópera es un retroceso en el desarrollo operístico de Verdi, aunque reconozco que contiene muchísimos pasajes musicales de gran belleza y dramatismo, lo que hace una de las piezas favoritas de muchos aficionados a la ópera.

Verdi pensó inicialmente en La zíngara como título inicial para la ópera y escogió el tema de la hoguera/el fuego como tinta de la obra. Aunque, como sabemos, cambió el título, no lo hizo con la tinta. El fuego físico aparece en la forja de los herreros, en el relato de Azucena al lanzar su hijo a la hoguera -por cierto, esto la pinta como una mujer sumamente estúpida, cuyo acto la hace enloquecer- así como en la escena final de la ópera en la que la vieja gitana manifiesta su temor cerval por la hoguera: Il rogo. Por supuesto las pasiones exacerbadas del cuarteto de personajes no son otra cosa que fuego del comportamiento animal que precedió a la chispa de inteligencia que encendió la razón en el ser humano.

El ponedor de escena y su equipo creativo decidieron ignorar esto que es tan obvio en esta ópera y decidieron que su “Trovador se ubica en el futuro, después de que el mundo ya se ha extinguido” y otras barbaridades. El hecho es que la supuesta catástrofe logró dos efectos patentes en la escenografía: desplazar la órbita actual de la tierra a una más cercana a la de Júpiter -que aparece a lo largo de las cuatro partes- y la desaparición absoluta del fuego: ¡bueno, ni un cerillo se enciende a lo largo de toda la ópera!. No entiendo de verdad por qué ‘Azucena’ manifiesta ese terror ante la idea de algo que no existe, en cambio existe un verdugo con un hacha amenazante que manipula durante unos diez minutos.

Sin embargo, el vestuario de los principales es tan corriente como el de hoy día, y a veces muy corriente desde el punto de vista estético, en tanto que el de los soldados es, o más futurista por recordar el de los habitantes subterráneos de la saga fílmica del Planeta de los simios, o una parodia de los espermatozoides de una célebre película de Woody Allen, con la diferencia que en la ópera son todos negros. También es necesario, claro, divertir al respetable con números de peleas medievales y la aparición continua de esbirros y prostitutas, complementadas por la colocación de unas momias, que parecen salchichones, durante la segunda mitad de la última parte.

Il Ttrovatore de Verdi en el Palacio de Bellas Artes de México, junio de 2013. Puesta en escena, Mario Espinosa. Dirección musical, Federico Santi.

Por cierto, la escenografía que se presenta son dos plataformas inmutables a lo largo de toda la ópera, otra que sólo se usa para sostener a Azucena y Manrico durante el aria de la gitana y la narración de sus desgracias, unas tiendas de campaña, que supongo representan a los ejércitos combatientes, que por supuesto aparecen y desaparecen a voluntad del ponedor, y un árbol metálico que cambia de ubicación en la cuarta parte. Debo de decir, también, que la iluminación fue una catástrofe de veras. Debo decir que esta puesta en escena me hace pensar que soy realmente imbécil, ya que soy de quienes pagan por ver algo que, o no entiendo o es una idiotez, en tanto que al ponedor y su equipo cobran honorarios por desperdiciar los limitadísimos recursos financieros de la Ópera de Bellas Artes.

La interpretación musical no estuvo al nivel de la puesta en escena, por fortuna, aunque tampoco fue de aquellas que se quedan en la memoria por muchos años. De hecho hoy día es muy difícil lograr un elenco que cubra con brillantez o aún con solvencia las exigencias vocales que Verdi atribuye a los personajes. En lo personal yo esperaba más de Walter Fraccaro, quien cantó más con estilo verista que belcantista o verdiano; debo reconocer su valentía al cantar “Di quale pira” en la tonalidad escrita. En mi opinión el abucheo que le hicieron muy pocos miembros del público fue inmerecido, sin que quiera decir que merecía una larga ovación.

Il Trovatore de Verdi en el Palacio de Bellas Artes de México, junio de 2013. Puesta en escena, Mario Espinosa. Dirección musical, Federico Santi

Joanna Paris inició sumamente nerviosa su actuación pero he de decir que fue ganando aplomo y logró buenos momentos posteriormente. No creo que llegue a ser una buena Leonora, de hecho hoy día las Leonoras no son más de tres, y puede ser que exagere.

Edinéia de Oliveiras tiene una voz con bello timbre pero sin la densidad y la voz de pecho que demanda el papel de Azucena. En lo personal, lamento que Jorge Lagunes no lograse emocionarme en alguno de los momentos en los que espero brincar del asiento, por la pasión que Di Luna manifiesta en su particella, quisiera haber sentido un hormigueo en el brazo al escuchar “Per me, ora fatale” en la cabaletta de su aria, pero no, no sentí una pizca de emoción. Rubén Amoretti fue un ‘Ferrando’ adecuado.

En mi opinión, lo peor desde el punto de vista musical fue la conducción de Federico Santi, quien fue incapaz de que los jugadores de la función, solistas, coro y orquesta, hicieran música en conjunto. En momentos se atrasaban los solistas o se adelantaba el coro o la orquesta. Cuando lograban reunirse en un compás se lograba una buena armonía pero esto sucedió menos veces de las necesarias.

Termino diciendo que disculpo totalmente a los músicos y cantantes, pues es una empresa hercúlea poder lograr una interpretación de Il trovatore si el ponedor de escena y sus secuaces eliminan el fuego en el escenario y en los cerebros y corazones de los artistas.

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