Argentina

Un muy buen director invitado

José Mario Carrer (1937-2022)
martes, 23 de julio de 2013
Bohuslav Martinů © Dominio público Bohuslav Martinů © Dominio público
Salta, jueves, 18 de julio de 2013. Teatro Provincial. Solista: Emilio Lépez Alonso (oboe). Orquesta Sinfónica de Salta. Director Invitado Maestro Emmanuel Siffert (Suiza). Modest Musorgsky (1839-1881) Una noche en el Monte Pelado. Bohuslav Martinú (1890.1959) Concierto para oboe y pequeña orquesta H.353. Dmitri Shostacovich (1906-1975) Sinfonía nº 10 op. 93 (Estreno en Salta). Aforo 80%
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El suizo Emmanuel Siffert, director titular de algunas orquestas europeas e invitado por otras de diferentes lugares del mundo, trajo con su acumulada experiencia un repertorio que mereció teatro lleno. Este tema del director invitado es digno de análisis porque, por alguna circunstancia, el público de la sinfónica presiente, injustamente, que el maestro extraño no ha de satisfacer sus propias expectativas. Lo único que se me ocurre, por ahora, es que en otras épocas vinieron directores de tan baja calidad, exceptuando la primera y la actual época de la orquesta, que tal vez eso juegue en la decisión de asistir o no. En este caso, la prevención negativa se equivocó pues el maestro Siffert redondeó una eficaz presentación con un repertorio de exigencia. Pulcro, prolijo, de gesto parco pero efectivo, de batuta firme, elegante, sin grandilocuencia pero atento a las cúspides sonoras, se lució largamente en el podio.

“Yo no creo en las brujas, pero que las hay, las hay” proverbio español de tipo discriminatorio en relación a la mujer, pero que conectado con ese conjunto de supersticiones que tienen que ver con un mundo sobrenatural, crea en el individuo y en su cultura, un espacio, un interrogante que tiene que ver con el miedo a lo desconocido. Por supuesto la respuesta individual depende de cada uno y así como hay gente que solo siente un ligero resquemor, hay otros que se aterran en función de la posibilidad de la existencia de estas personas con poderes fantásticos. Algo de eso trae un libro que cayó en manos del compositor ruso Modest Musorgsky y lo motivó a describir musicalmente una noche de aquelarre, una noche de reunión de brujas, una noche de luna llena donde se rinde culto a Satanás. Menudo tema, ¿no? Como era su primera obra sinfónica deseaba que alguno de sus amigos del “grupo de los Cinco” la revisara. Hay más detalles, pero la tarea finalmente cayó en manos del estupendo orquestador Rimski-Korsakov que propuso no pocos cambios, sobre todo tímbricos y terminó en una obra de poco mas de diez minutos, conmovedora, impresionante, terrible, con planos superpuestos, contagiosa, que va desde la asamblea inicial de las brujas, sus danzas, su homenaje al Mal, hasta que llega el amanecer y su huida a lugares escondidos. Lamentablemente para el autor, nunca se dio en vida de él mientras que hoy está en todos los repertorios del mundo. El maestro Siffert y la orquesta entregaron la página con arte inocultable en donde escuchamos pasajes solísticos de elevadísimo nivel.

El Concierto para oboe de Martinú lo estrenó la orquesta el 4 de abril de 2002. En ese momento apareció como una pagina insulsa, casi sin brillo, en donde la “nueva objetividad”, movimiento al que pertenecía el autor, no fue fácil de captar. Sin embargo es posible decir que en rigor puede hasta ser usada como pieza de concurso para el instrumento solista. Emilio Lépez, el oboe guía de la orquesta, lo tocó con brillantez al punto que hubo de repetirse su segundo movimiento en donde el músico tuvo enormes posibilidades para explayar su discurso como así también exhibir el hermoso sonido de su oboe. Los tres movimientos están dedicados deliberadamente al lucimiento del solo y el conductor así lo entendió, poniendo al reducido 'ripieno' instrumental a su servicio. Martinú fue un prolífico compositor checo de más de cuatrocientas obras, muchas de las cuales están destinadas, justamente, a explorar las posibilidades de muchos de los instrumentos de la orquesta.

Finalmente la poderosa Décima sinfonía de uno de los más grandes compositores del siglo XX. Esta obra, como gran parte de los trabajos compositivos previos del autor, tiene que ver con el modo en que la política se mete con el arte, el resultado siempre es desastroso. Stalin fue un tirano y como todo lugar donde el gobernante lo es, el resto de obsecuentes trata de congraciarse con él. Por tanto, no fueron pocos los funcionarios que visitaron al compositor para llevarle el mensaje de desaprobación de su líder. No cabe duda de que la música rusa ha dado, en el siglo XX, figuras portentosas en lo referente a creación artística. Arbitrariamente voy a elegir dos de esas figuras que tal vez hayan sido las mas importantes o tal vez no, pero para el caso sirven como ejemplo: Stravinsky y Shostacovich. El primero tuvo la suerte de salir de ese entorno opresivo que era la Rusia soviética y entonces su creatividad tuvo la libertad necesaria para ser lo que es. El segundo no tuvo esa suerte y decidió, o lo decidieron, quedarse. Su música fue catalogada de “porno-música”, de que no representaba el espíritu alegre y triunfalista que invadía, según el gobernante, el ánimo del pueblo y en consecuencia o la modificaba o debía pensar, cuando menos, en el vacío que se le haría, quitando algunas de sus sinfonías de circulación. Para los políticos, la música no era abstracta y en cambio tenía algún significado, el cual podía ser positivo o negativo. La Asociación de Compositores Rusos, influida por el cruel Andrei Zhdanov, se puso en la vereda de enfrente de uno de sus miembros. Hasta que murió Stalin y Shostacovich terminó su Décima sinfonía.

Hoy poco me importa si su carácter es optimista o pesimista, sólo me encuentro ante una obra de arte contundente, que algunos dicen es la descripción del tirano y otros dan otros significados. Es una pieza rica en detalles y contrastes, de un plausible equilibrio orquestal, una instrumentación fenomenal con cuatro movimientos que puesto a elegir, uno no sabe con cual quedarse aunque el segundo, un “allegro” breve, brutal, vigoroso, avasallante, donde Shostacovich intenta relatar el horror de la guerra, se destaca por su propio peso. Son poco más de cuatro minutos en una obra que dura casi una hora, pero de tal intensidad que su audición aplasta al oyente y hasta despierta la imaginación en el sentido que el músico ruso despliega todo su interior, ya libre del yugo que lo oprimía. Justamente aquí, en este movimiento, podría tener una visión diferente del tempo empleado, sin embargo y en resumen, el maestro Siffert consiguió una laudatoria traducción. El último acorde, seco, bestial, un mazazo auditivo, dejó sin habla al diletante. Cuando reaccionó comprendí que Shostàkovich había sido comprendido.

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