España - Euskadi

Bienvenido Mr. Lang Lang

Ainhoa Uria
lunes, 14 de octubre de 2013
Bilbao, martes, 1 de octubre de 2013. Palacio Euskalduna. Recital extraordinario. Wolfgang Amadeus Mozart, Sonata para piano nº 5 en Sol Mayor, KV. 283; Sonata para piano nº4 en Mi bemol mayor, KV, 282; Sonata para piano nº8 en La menor, KV, 310. Frédéric Chopin, Ballade nº1, op. 23 en Sol menor; Ballade nº2, op.38 en Fa mayor; Balade, op. 47 en La bemol mayor; Ballade nº4, op. 52 en Fa menor. Piano: Lang Lang. Aforo: 2164. Asistencia: completo
0,0002001

Lang Lang otra vez en Bilbao; no era para menos. Una hora antes del recital, el jardín de árboles futuristas de la explanada de lo que en su momento fueron los astilleros Euskalduna, se pobló de trajes bien planchados y vestidos vaporosos. Pianistas, personalidades del mundo de la música bilbaina y algún que otro niño se dejaron caer por las cercanías de lo que los asiduos a los eventos el palacio Eukalduna llamamos “el alga”. El alga es una escultura gigante de bronce en la que queda todo el mundo cuando acude a un acontecimiento como este.

Lang Lang cruzó esta avenida de las esfinges enmarcada por los árboles y el famoso alga hace diez años para hacer sonar el endiablado Tercer concierto de Rachmaninov. Y hoy en 2013, nos tenía preparado algo completamente diferente. Una primera parte dedicada a Mozart y un exuberante cambio, propinas incluidas, dedicada al polaco nostálgico: Chopin.

Las leyes de la física acústica dicen que el fondo del escenario, el suelo y el techo deben reflejar el sonido, y la pared en frente del escenario absorberlo. Hay muchos materiales encargados tanto de reflejar como de absorber; y poniendo como ejemplo máximo de reflexión el hormigón o el cristal y de absorción las propias personas, butacas y cortinones de terciopelo no conseguiríamos hacer un auditorio capaz para que la música corriera sin problemas. Por lo tanto, la elección de los materiales es clave para que en un auditorio se disfrute de la música. Una medida justa y equilibrada de materiales que absorban y reflejen el sonido es la panacea de ello. Entre los elementos de reflexión la estrella es la madera, puesto que tiene una reflexión como el PH 5.5, ni ácido ni base, pero tendiendo ligeramente hacia la base; moderada y cálida. Su hándicap es el precio, pero en eso no se pensó a la hora de hacer el auditorio del palacio Euskalduna. Aun así hay múltiples variables como el tamaño y las medidas de profundidad, altura y anchura, que no se solventan solamente con el tipo de materiales elegidos. Hay unas planchas en el techo que corrigen la sensación de sonido directo en el público, que aunque decorativamente sean agradables, cumplen su función. Y el resultado es muy positivo. Pero al cerrar el cajón del escenario con una plancha, de madera, claro, las proporciones del escenario disminuyen, y aunque el material sea más que adecuado, las condiciones acústicas empeoran. Esta es la causa de que el sonido sacado de las brillantes manos de Lang Lang pareciera salido de un altavoz al que se le había bajado el volumen y desmereciera el buen trabajo que estaba haciendo en el piano de cola, justo encima del foso de la orquesta. Esa carencia requería más atención por parte del público y no dejaba disfrutar del todo sus matizaciones musicales.

De todos modos, parece excesivo dedicar una primera parte entera a Sonatas de Mozart por eso de considerar que el piano es el instrumento rey del Romanticismo y, por lo tanto, al componerse para él ríos de tinta en esa época, considero que el recital podría haber pesado más hacia ahí. Por otro lado, estaba la paleta de colores que eligió para hacer sentir a Mozart. Tuve el placer de conocer a la pianista Almudena Cano que me decía que la dinámica, a la hora de interpretar obras de algunas épocas, no había que exagerarla. No estoy de acuerdo del todo con ese concepto porque, entonces, tampoco podríamos utilizar instrumentos posteriores a esas épocas con todas sus capacidades sonoras para tocar obras que en su momento se tocaban con medios más pobres; una cosa es acercarse a los siglos y compositores más antiguos para recrear lo que era su música y otra, tocar intentando imitar sus instrumentos con otros absolutamente superados que tenemos hoy en día. Es cuestión de gustos. De todos modos, lo que me dijo esa gran pianista tiene sentido en cuanto que, el que los pianissimi y los forti no pueden, en el Clasicismo, estar desvinculados unos de otros sin puentes sonoros de evolución. Vuelvo a decir que es cuestión de gustos, pero lo normal a la hora de tocar a Mozart es elegir una paleta con altibajos pero sin llegar a fortissimi con cuatro efes ni a pianissimi con cuatro pes. Lang Lang, o la acústica del escenario, nos daba contrastes en Mozart más propios de los súbitos de Beethoven.

Una vez hecho el análisis menos favorecedor, pero aún así vivido de forma muy latente, hay que decir que fue un Mozart muy sonoro, con muchos cambios en la emocionalidad; la sobretónica insistente del segundo movimiento de la Quinta sonata KV. 283 sumaba intensidad interna que poco a poco pedía el desenlace de las emociones que llegaban en el momento justo, en el Presto, Lang Lang cuida mucho el fraseo horizontal de la música dejando disfrutar de los temas y en la Cuarta sonata KV. 282 emplea unos trinos y grupetos técnicamente clarísimos. En todo momento se respira su visión romántica de la música aunque no descuida la visión neoclásica; la sensación es la de alguien romántico que ha conocido lo que fue el Neoclasicismo pero sin anclarse en él.

Pero, en realidad, lo que se esperaba de él era lo que pedía a gritos desde su primer acorde; la llegada del “Sturm und drang” (tormenta e ímpetu), término acuñado en la Alemania romántica por Maximiliam Klinger que dio paso a una era de filosofía que buscaba el estremecimiento de las personas. Así fue. Las Cuatro baladas de Chopin tenían un foco como centro; ahora sí, bajar la intensidad hasta el mínimo para sorprender con evoluciones muy intensas. Momentos muy emocionantes por parte de quien sabe cómo jugar restando y parando por momentos para atacar y dejarle a una en el sitio. La tercera Ballade, la op. 47 en La bemol mayor contrasta con la última, la Cuarta balada op.52 en Fa menor, que a modo de modo relativo clausura este recital extraordinario que da paso al comienzo de una nueva temporada de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa.

Comentarios
Para escribir un comentario debes identificarte o registrarte.