España - Aragón

Esfuerzo recompensado

Javier del Olivo

miércoles, 6 de noviembre de 2013
Zaragoza, jueves, 24 de octubre de 2013. Teatro Principal. Viktor Ulmann, Der Kaiser von Atlantis. Libreto de Peter Kien. Martha Eguilior, dirección de escena. Cristina Baldetti, escenografía y vestuario. Martha Eguilior y David Pujol, iluminación. Begoña Sierra, estilismo. Toni Marsol, Kaiser Overall. Josep Ferrer, der Lautsprecher/der Tod. Antoni Comas, Harlekin. Walter Castillo, Ein Soldat. Martha Mathéu, Bubikopf. Claudia Schneider, der Trommler. Orquesta Reino de Aragón. José María Sánchez-Verdú, director musical
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Hay ocasiones en que una representación de ópera es mucho más. Es un compendio de circunstancias, esfuerzos y emociones que desembocan en una noche especial. Este es el caso que nos ocupa: la puesta en escena de Der Kaiser von Atlantis de Viktor Ulmann. La ópera, creada y ensayada el campo de concentración nazi de Terezín (en alemán Theresienstadt) por este compositor y músico nacido en el antiguo imperio austro-húngaro y de origen judío, es ya, por las condiciones de su gestación, un acontecimiento especial. Ullmann, que había sido alumno, entre otros, de Schönberg o Zemlinsky, es internado en el campo y allí intenta dinamizar, en lo posible, la vida cultural de los internos. Hay que recordar que Terezín prentendía pasar por un campo modelo donde los internos recibían un trato más “humano” de sus carceleros. Posteriormente se demostró el cruel cinismo que esta propaganda escondía. El propio Viktor fue despachado desde allí a Auschwitz para su exterminio.

La obra, con libreto del también interno Peter Kien, es una sátira sobre la muerte, el poder y lo absurdo que resulta que el segundo quiera vencer a la primera. Parece increíble que entre los componentes que aparecen en un texto, tremendamente poético pero también satírico, encontremos cariño, esperanza y humor, eso sí, todo teñido de un deje de amargura. Los valores de la partitura los explica muy bien Sánchez-Verdú en el interesante artículo que se incluye en el excelente programa. En sus notas se mezclan, con maestría indudable, influencias que van de Mahler al cabaret de entreguerras pasando por la tradición musical judía, Berg o los maestros de Ullmann, nombrados más arriba. Una orquesta de cámara es utilizada con una ductilidad camaleónica como el recurso barroco de acompañar algún recitativo con clave. Resulta sorprendente que una obra con tantos valores sea tan escasamente representada.

Otro de los hitos que ha supuesto esta representación ha sido quién la ha puesto en pie. Zaragoza no es conocida por su afición lírica ni por la abundancia de representaciones de este género. Carente de un espacio adecuado para una ópera de dimensiones digamos que normales, ni políticos ni responsables culturales se han preocupado en tiempos de bonanza económica de dotar a la ciudad, como hacían capitales de su nivel (Valencia, Bilbao, Sevilla) de una infraestructura que permitiera crear una temporada estable, aunque fuera modesta. Pasadas las vacas gordas, e incluso el último empujón de la Expo de 2008, ahora son impensables los dispendios pero sigue sin haber un interés institucional (sea éste local o autonómico) por el género operístico.

En este erial un grupo reducido de entusiastas está intentado levantar la Asociación Aragonesa de la Ópera Miguel Fleta. A fuerza de voluntad y empeño se han ido programando conciertos, recitales, conferencias y otras actividades. Faltaba dar el paso a una producción salida de la propia Asociación y con El Emperador de la Atlántida se ha conseguido. Hay que agradecer a las personas que lo han hecho posible un espectáculo muy digno y a un nivel tan alto para lo que se suele ver en esta ciudad. A todo ello ha contribuido también la campaña de micromecenazgo emprendido por la Asociación que ha permitido al aficionado de a pie ayudar a levantar un proyecto en el que creía.

No debe ser fácil plantearse la puesta en escena de esta obra. Existen varios caminos. Entre ellos ceñirse al libreto y representar la pantomima agridulce que se nos cuenta evitando referencias a las terribles circunstancias de donde fue gestada la obra, pero también hacer de esto último el eje sobre el que hacer girar la representación. Por esta senda camina Martha Eguilior responsable de la dirección de escena. Apoyada en una escenografía y vestuario obra de Cristiana Baldetti y una iluminación de la que es responsable tanto la directora como David Pujol, parece que su intención es trasladarnos a lo que pudo ser el ensayo general de la obra en Terezín. Y en ese contexto no se nos ahorra un ápice del horror que se pudo vivir allí (aunque me temo que la realidad supera muchas veces la ficción). El trabajo con los actores es bueno y el espectador casi se olvida del texto y lo que vive es la otra “realidad” de la obra, la del infierno de la represión nazi. Aunque a veces ese recordatorio nos parezca un poco excesivo.

En el plano musical destacar el buen trabajo de todo el elenco de cantantes que además deben hacer un profundo trabajo actoral. Extraordinario el barítono Toni Marsol en el papel protagonista. Su voz tiene un timbre muy atractivo y se mostró muy seguro en toda la tesitura destacando su excelente aria de despedida donde nos regaló el mejor momento vocal de la obra. Muy destacable también el trabajo del bajo-barítono Josep Ferrer en el doble papel de La Muerte y el Transmisor. Como Muerte mostró sus mejores cualidades: buena técnica y una excelente proyección. Aunque no tan brillante vocalmente destacar también a Antoni Comas como Harlekin al que dio ese tono burlesco, de circo, que el papel reclama. En el desagradable papel de “un soldado” Walter Castillo demostró sus cualidades como actor y cantó con corrección sus breves intervenciones así como el cuarteto final. Mucho se disfrutó de la bella voz de Martha Matheu que en su rol de “muchacha” tiene uno de los momentos más espectaculares de la partitura con “Ist’s wahr, dass es Landschaften gibt”. Exceptuando alguna tirantez ocasional en el agudo su trabajo fue sobresaliente, con gran proyección, fiato adecuado y unos reguladores perfectos. Con una voz más limitada, sobre todo en volumen, pero muy correcta también estuvo Claudia Schneider como “heraldo”.

Tener a José María Sánchez-Verdú dirigiendo musicalmente la representación ha sido un lujo. Comprende perfectamente la partitura y lo sabe transmitir en su interpretación. Atento siempre a los cantantes ha sabido encajar el puzzle musical de Ullmann. La orquesta Reino de Aragón, reducida aquí por exigencias de la partitura, quizá hubiera necesitado algún ensayo más, sobre todo las cuerdas, pero su trabajo, en líneas generales, fue satisfactorio.

El público, que llenaba en un 80% las plazas con visibilidad del Principal, agradeció con entusiasmo el trabajo de los artistas.

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