Reino Unido

Flauta desafinada

Agustín Blanco Bazán
viernes, 15 de noviembre de 2013
Londres, jueves, 7 de noviembre de 2013. Teatro Coliseum. English National Opera. La flauta mágica, ópera en dos actos con texto de Emmanuel Schikaneder y música de Wolfgang Amadeus Mozart. Director de escena: Simon McBurney y compañía de teatro Complicité. Escenografía: Michael Levine. Vestuarios: Nicky Gillibrand. Reparto: Tamino, Ben Johnson. Pamina, Devon Guthrie. Papageno, Roland Wood. Papagena, Mary Bevan. Sarastro, James Creswell. La reina de la noche, Cornelia Götz. Monostatos, Brian Galliford. Primera dama, Eleanor Dennis. Segunda dama, Clare Presland. Tercera dama: Rosie Aldridge. Orquesta y coros de la ENO digidos por Gergely Madaras. Co-producción con la Ópera de Holanda (Amsterdam) y el Festival Internacional de Arte Lírico de Aix en Provence.
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¿Son los grandes directores teatrales necesariamente buenos regisseurs de ópera? Sí y no, puede responder la English National Opera (ENO) a la luz de su experiencia con La Flauta Mágica.

La puesta de Nicholas Hytner, que luego de casi treinta años bajó de escena el año pasado, no pudo haber sido mas exitosa en su luminosidad, y su genial mezcla de egiptología visual y vaudeville inglés en la caracterización de personajes. En las antípodas se ubica la versión que Simon McBurney y su compañía de teatro Complicité (la Fura del Baus británica) acaban de estrenar en la ENO.

Según sugiere el programa de mano, la propuesta es asociar la obra de Mozart con el espacio espectral eternamente nocturno y tormentoso de La tempestad de Shakespeare. Una enorme tarima cuadrangular y movible impone proezas gimnásticas a cantantes que ocasionalmente bajan al foso de la orquesta para negociar con los solistas flauta y campanillas. También hay una asidua sucesión de vídeos y proyecciones al fondo desde una temible serpiente, una noche estelar y un pizarrón donde una mano escribe al comienzo con tiza “La flauta mágica, primer acto”. Sin banalidades como ésta última, no hay, supongo, una producción de ópera lo suficientemente atractiva para quienes enviarán al día siguiente los twitters de aprobación que inmediatamente serán reproducidos en el sitio web de la ENO. Y poco se puede escuchar del trío inicial de las damas (excelentemente cantadas) por causa de las carcajadas del público cuando estas se presentan como tres machonas en traje de campaña de soldados de guerra en Irak para franelear al inconsciente Tamino y mover sus pelvis con gestos tan mecánicos como procaces.

Ben Johnson (Tamino) y Devon Guthrie (Pamina) en 'La flauta mágica'. Londres, English National Opera, noviembre de 2013. Dirección musical: Gergely Madaras. Dirección escénica: Simon McBurney y Complicité.

Sí, en lo que a comicidad respecta, nos encontramos frente a un nuevo experimento de comedieta de suburbio inglesa. Nada hay en esta producción de ese milagro de teatro musical llamado 'sutileza mozartiana', esa suprema mezcla de ironía y distanciamiento que vibra en todos y cada uno de los personajes operísticos del famoso y único Amadeus. Hay sin embargo algunos destellos de genuina convicción escénica, por ejemplo Pamina y Tamino nadando en una agitada pecera para pasar la prueba del agua. ¡He aquí uno de esos fantásticos golpes visuales a que nos tienen acostumbrados McBurney y su Complicité! Imposible olvidar que fueron también estos artistas quienes nos hicieron volar a un similar mundo de fantasía en El maestro y Margarita uno de los mas grandes shows teatrales presentado hace algunos meses en Londres.

Los tres mensajeros de 'La flauta mágica'. Londres, English National Opera, noviembre de 2013. Dirección musical: Gergely Madaras. Dirección escénica: Simon McBurney y Complicité.

Otro momento de gloria, o mejor dicho, el 'otro' momento de gloria fue ese final donde la plataforma se convierte en un inmenso círculo solar en cuyo centro yacen Pamina y Tamino circundados por los hombres y mujeres haciendo de rayos. También fue original la Reina de la Noche como una decrépita bruja que luego de cantar su primer aria apoyada en un bastón, espeta la segunda desde una silla de ruedas. Para anular cualquier tipo de ilusión, los geniecillos son decrépitos y raquíticos, y Papageno trabajador manual viejo, roñoso, desganado y zafio hasta el punto de hacer pis en una botella de vino. En el dúo final con Papagena, el pobre termina sentándose en un escalón para prevenir un infarto cardíaco, según lo traiciona la mano que se lleva al corazón.

Mucho ruido y pocas nueces es mi opinión sobre esta Flauta Mágica, con tantas pretensiones de deslumbrar visualmente y tan superficial en el movimiento de personajes. En medio de una incesante sucesión de trucos y movimientos se descuidaron aspectos de fundamental importancia, como por ejemplo el definir con claridad psicológica la evolución dramática de Pamina y Tamino, y la relación de ambos con Sarastro. Y la abandonada ordinariez de Papageno quitó a este personaje esa mezcla de inocencia y entusiasmo virginal que sólo comparte con Pamina, gracias a la cual el dúo de ambos (“Bei Männer”) se transforma en uno de los núcleos dramáticos fundamentales de la obra.

Ben Johnson (Tamino), Devon Guthrie (Pamina) y Coro en 'La flauta mágica'. Londres, English National Opera, noviembre de 2013. Dirección musical: Gergely Madaras. Dirección escénica: Simon McBurney y Complicité.

Contribuyó a la desgana general una dirección orquestal rutinaria y un desigual conjunto de cantantes entre los cuales sólo se distinguieron por su color y seguridad de impostación el Tamino de Ben Johnson y la Pamina de Devon McGuthrie. Cornelia Götz apoyó bien la coloratura en sus arias como Reina de la noche, pero el resto fue de una proyección débil y despareja. El Sarastro de James Crewswell tuvo problemas de entonación en el registro grave y Ronald Wood sorteó la desgarbada caracterización impuesta por McBurney con buena voz y tal vez una pizca de gracia en alguno de sus recitados. La mejor voz fue la de Mary Bevan como Papagena. Y también Brian Galliford supo recitar y cantar bien su Monostatos.

Mi conclusión, inevitablemente personal ante un espectáculo teatral tan deslumbrante como aburrido, es que Mc.Burney y su equipo Complicité son demasiado inteligentes para la Flauta Mágica. Denles Shakespeare y Brecht cualquier día, pero no algo tan imperfecto para sus intelectos y su originalidad creativa como La Flauta Mágica. Saben, indudablemente, proponernos una riquísima asociación de ideas dramáticas deslumbrantemente visualizadas. Pero no saben tocar ni las campanillas ni la flauta de Pan.

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