Reino Unido

La Carmensota

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 8 de enero de 2014
Londres, jueves, 19 de diciembre de 2013. Covent Garden. Carmen, ópera en cuatro actos con libreto de Henri Meilhac y Ludovic Halévy, y música de George Bizet. Regisseur original: Francesca Zambello con reposición a cargo de Duncan Macfarland. Decorados: Tanya McCallin. Iluminación: Paule Constable. Coreografía: Arthur Pita. Reparto: Anita Rachvelishvili (Carmen), Roberto Alagna (Don José), Vito Priante (Escamillo), Veronica Cangemi (Micaëla), Simona Mihai (Frasquita), Nadezhda Karyazina (Mercédès), Adrian Clarke (Le Dancaïre), Stuart Patterson (Le Remendado), Ashley Riches (Moralès), y Nicolas Courjal (Zuniga). Orquesta y coros (Maestro preparador del coro: Renato Basaldona) de la Royal Opera House (ROH) bajo la dirección de Daniel Oren.
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Nada de “la Carmencita” en esta puesta publicitada por el Covent Garden como de “calentura española” (Spanish heat) y “pasión gitana” (Gypsy passion). De acuerdo a la directora de escena, estas acaloradas pasiones instigan a una Carmen puta y bestia a seducir moviendo la pelvis, abriéndose de piernas y refregando sus muslos contra la cara (y el resto) de Don José. La corpulencia de Anita Rachvelishvili empequeñeció a Roberto Alagna hasta el punto de ponerse a caballo sobre el infortunado brigadier en el piso de la taberna de Lillas Pastia. Realmente, era como para responder inmediatamente al clarín de retirada, aunque mas no sea para no perecer asfixiado.

Cuando comenté con un espectador sobre esta procacidad mal entendida como ibérica y en las antípodas de cualquier seducción o sensualidad genuina, éste me respondió que “¿por qué no? Finalmente, es una gitana”. Verdaderamente una respuesta digna de esos prejuicios raciales que hasta hace relativamente pocos años pedían un Mercader de Venecia con un Shylock que exagerara al extremo los prototipos antisemitas. Pena que la evolución teatral londinense no se manifieste en el mundo de la ópera.

Y como no hay España sin iglesia católica, en el último acto, ¡sapristi!, la gitana puta y su torero se persignan ante una Macarena paseada en medio de matadores, niños y majas. Completan esta postal para anglosajones de “visite España, fume y fóllese una cigarrera” un burrito que se pasea en el primer y cuarto acto con una naturalidad digna de ser copiada por el resto en esta producción tan agobiada por estereotipos.

Momento de la representación de 'Carmen' en la Royal Opera House Covent Garden. Dirección musical, Daniel Oren. Dirección escénica, Francesca Zambello. Londres, diciembre de 2013

Menos mal que el año pasado llegó finalmente a la English National Opera la regie de Calixto Bieito para permitir a los londinenses comparar la propuesta de la gitana zorra con lo que esta ópera realmente es, algo radical y fundamentalmente lo contrario a lo propuesto por Zambello. Parafraseando sus propias palabras, Carmen es un pájaro rebelde, una mujer que desafía los lugares comunes hasta el punto de transformarse en un mito simplemente con ser liberal, compleja e independiente, nunca sumisa a lo que esperan de ella Don José, Zuñiga, Mercedes, Frasquita, Escamillo, la Macarena o el público del Covent Garden.

Momento de la representación de 'Carmen' en la Royal Opera House Covent Garden. Dirección musical, Daniel Oren. Dirección escénica, Francesca Zambello. Londres, diciembre de 2013

Daniel Oren instruyó a la excelente orquesta de la casa a una versión de rutina, con algunos tiempos excesivamente lentos, que permitieron a una debutante en la casa, Veronica Cangemi (Micaela) demostrar una extraordinaria capacidad de fiato durante su aria que cantó con expresivo fraseo y calidez de timbre. Por todo ello fue justamente premiada con la mejor ovación de la noche. Compartió el premio al mejor fraseo de la noche Roberto Alagna, que cantó todas las notas con buen apoyo de registro, y buen mordente, squillo y fiato, pero con voz monocroma y algo estridente. Anita Rachvelishvili pasea hoy su Carmen por los mejores teatros del mundo y no cuesta mucho darse cuenta por qué: su voz es enorme, cálida y supremamente hábil para variar dinámicas y matices de color. En su contra juegan un fraseo a veces equivocado en sus énfasis y una tendencia a desbordar notas en el forte con alguna estridencia y pérdida de articulación. Buen fraseo en cambio en el caso de Vito Priante, cuyo Escamillo sufrió en cambio de algunos problemas de fiato e impostación algo frágil, empeorada por aceptar el capricho de la directora de escena de hacerle cantar la primera estrofa de su aria montado a caballo, pero, ya sabemos: “oooleee! y que viva España!” para esta audiencia resfriada por el viento y la lluvia londinenses. Por lo demás, poco parece haber importado a los responsables del casting que Priante sea esencialmente un barítono entre Mozart y Rossini.

Coros y orquesta y un buen trabajo durante el período de ensayos permitieron a esta regie equivocada e ingrata para los cantantes, satisfacer a un público siempre fiel a una obra maestra. Hubo lleno total en todas las funciones de diciembre.

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