España - Canarias

Bautismo canario de los ‘Chicagoers’

Alfredo López-Vivié Palencia

viernes, 17 de enero de 2014
Las Palmas de Gran Canaria, viernes, 10 de enero de 2014. Auditorio Alfredo Kraus. Chicago Symphony Orchestra. Riccardo Muti, director. 10 de enero de 2014. Giuseppe Verdi: Música de ballet de Macbeth; Richard Strauss: Muerte y transfiguración, op. 24; Sergei Prokofiev: Selección del ballet Romeo y Julieta. 11 de enero de 2014: Ludwig van Beethoven: Sinfonía nº 5 en Do menor, op. 67; Hector Berlioz: Sinfonía fantástica, op. 14. XXX Festival Internacional de Música de Canarias. Ocupación: 100%

“No me gusta salir de gira; si he venido a Canarias es porque me lo ha pedido mi amiga Candelaria”, declaraba Riccardo Muti en la rueda de prensa previa a estos conciertos. Ciertamente, la presencia de la Orquesta Sinfónica de Chicago con su maestro titular para inaugurar la trigésima edición del Festival Internacional de Música de Canarias se debe en buena medida al empeño personal de su directora, Candelaria Rodríguez.

Aunque ese empeño ha sido saludado con tantos elogios como denuestos, y en esta ocasión tirios y troyanos tienen, ambos, su miaja de razón. Por una parte, la imagen del Festival consiste en la atracción de turistas melómanos de todas partes con el doble gancho del clima canario y las buenas orquestas, y además la de Chicago aún no había debutado en él: es decir, en pleno invierno no hay otro lugar en el planeta donde pueda uno ir a la playa por la mañana, y asistir por la tarde a un concierto de este calibre. Por otra parte, las telarañas de las arcas públicas también han invadido el Festival hasta reducirlo a una cuarta parte de lo que había llegado a ser; y las cuatro actuaciones de los “Chicagoers” (los dos programas se repiten en Santa Cruz de Tenerife) se meriendan casi un tercio de tan esquilmado presupuesto, provocando una reducción considerable del número de espectáculos; de manera que ha habido quien reclamase más conciertos, pero de menos relumbrón.

El caso es que el Auditorio Alfredo Kraus estaba lleno como nunca antes lo había visto. Y los de Chicago hicieron honor a la palabra de su director napolitano, que en la mentada rueda de prensa les había calificado como “la orquesta más importante de los Estados Unidos”. Resultó chocante, de entrada, que se hubiera dispuesto la orquesta en un único plano sobre el escenario, sin las acostumbradas tarimas para madera, metales y percusión (hay quien dice que fue por razones de espacio, pero espacio había, aunque no sobrara). Por suerte, esto no supuso apenas merma alguna en la apreciación de las mil cualidades de quien, para más de uno, es la orquesta más importante del mundo. El año Verdi acaba de terminar, pero cualquiera que conozca a Muti sabe que es prácticamente inconcebible un concierto suyo –sobre todo fuera de casa- sin que suene la música del parmesano: el ballet de Macbeth para abrir boca; y la boca bien que se abrió, porque nadie como Muti es capaz de tocar esto con tal convencimiento, con tal entusiasmo y con tal brillantez. Y por si alguien no quería caldo, taza y media, porque al final del concierto se dio como propina la obertura de Nabucco: no deja de asombrarme ver a Muti -por supuesto con la partitura delante- haciendo estas cosas una y otra vez, con la habilidad de enfatizar todo lo percutivo de esta música sin que suene ni vulgar ni machacón, y siempre transmitiendo la sensación de que le va la vida en ello. Pero es que le va la vida en ello: “cuando me muera, buscaré en el cielo al maestro Verdi y le preguntaré si lo he hecho bien; si me dice que no, me moriré otra vez.”

Y el año Strauss acaba de comenzar. No es el bávaro un compositor al que se asocie fácilmente el nombre de Muti; y a estas alturas, me temo que las cosas no van a cambiar. Su Tod und Verklärung se interpretó con gran claridad, y eso en sí ya es un gran mérito, habida cuenta del enorme dispositivo orquestal requerido; pero la clave en esta música reside -creo- en conseguir mantener el pulso en medio de tantas ondulaciones sonoras, y ahí Muti no estuvo siempre al quite: la introducción salió serena y bien respirada, y gran parte del desarrollo posterior tuvo la grandeza que rezuma esta obra, pero en la desintegración del sonido que precede al gong a Muti se le escurrió la orquesta entre las manos; y los últimos y gloriosos minutos que siguen sonaron estupendamente construídos, pero Muti tuvo la ocurrencia de hacer unos ritardandi exagerados en cada escalón dinámico que me resultaron contraproducentes para el crecimiento de la emoción.

Por el contrario, Muti conoce bien las suites del Romeo y Julieta de Prokofiev (su ya antigua grabación con la Orquesta de Filadelfia no es que sea una referencia, sino -en mi gusto- “la” referencia), de manera que con los mimbres de Chicago el espectáculo estaba asegurado, tanto desde el punto de vista meramente sonoro (la célebre presentación de los “Capuletos y Montescos”, la trepidante y vertiginosa “Muerte de Tebaldo”), como desde el punto de vista dramático (la desesperación de “Romeo ante la tumba de Julieta”). Aquí el único ruido que sobró fue el del respetable, que se mostró demasiado constipado entre número y número.

Dos sinfonías para el segundo concierto. Muti ha sido de los pocos maestros que, en medio de la marabunta historicista, ha seguido haciendo su Beethoven a la antigua, y esta vez volvió a hacerlo con las sesenta maravillosas cuerdas de Chicago, sin escatimar el vibrato, con los ataques bien elegantes, y empleando tiempos cómodos y amplios (la única concesión “históricamente bien informada” estuvo en la timbalería). Su lectura de la Sinfonía en Do menor fue impecable, aunque “impecable” en Beethoven significa que le falta rugido, y en ese sentido sí lamento que no fuera “auténtico”. A destacar el andante, del que Muti –genio y figura- hizo un movimiento cantabile como nunca había escuchado; y mención de honor para el oboísta Eugene Izotov, cuya cadencia en el primer tiempo fue un alarde tanto sonoro como poético.

La Sinfonía fantástica fue de esas cosas que se guarda uno en la memoria para contárselas a los nietos. No soy capaz de imaginar una interpretación mejor. El espíritu nebuloso de la primera parte, la vorágine del vals, la contemplación de la escena campestre (de nuevo exhibición del oboe), y el doble aquelarre del final, cada uno fue un poema sinfónico en sí, con un Muti atentísimo a cualquier variación del discurso y con una orquesta en estado de gracia, equilibrada al máximo nivel en precisión y rotundidad. Se acaban los adjetivos para elogiar el empaste milagroso y la potencia inagotable de estos músicos (no sólo la legendaria sección de trombones, sino también, por ejemplo, unos violonchelos grandes como el océano que se hace presente a través de la cristalera del auditorio; o las tubas, que podrían competir con la sirena del mejor transatlántico), su articulación inmaculada, sus sutilísimas gradaciones dinámicas... es decir, el trabajo enorme de orquesta y maestro en una rendición que se me antoja perfecta.

Por supuesto que también en el segundo concierto el público dedicó su ovación puesto en pie, y también fue correspondido con propina, esta vez absolutamente inesperada: “No quiero que se vayan ustedes a casa con el infierno y el demonio que acabamos de oír, sino que se vayan tranquilos: tocaremos la obertura de la opereta Indigo de Johann Strauss.”

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