Discos

Flores de silencio

Paco Yáñez
lunes, 27 de enero de 2014
Toshio Hosokawa: Concierto para violonchelo; Voyage VII; Metamorphosis; Silent Flowers; Landscape I & V; Urbilder; Blossoming. Olivier Dartevelle, clarinete. Mayumi Miyata, shō. Jeroen Berwaerts, trompeta. Rohan de Saram, violonchelo. Quatuor Diotima. Orchestre Philharmonique du Luxembourg. Robert HP Platz, director. Wulf Weinmann, productor. Frédéric Briant, ingeniero de sonido. Un CD DDD de 50:22 y un SACD de 69:37 minutos de duración grabados en la Philharmonie de Luxemburgo, en el Mozarteum de Salzburgo (Austria) y en la Stephanuskirche de Munich (Alemania), del 19 al 25 de marzo de 2009 y del 11 al 15 de enero de 2010. NEOS 11028 (conciertos) y NEOS 11072 (cuartetos). Distribuidor en España: Sémele Proyectos Musicales
0,0002819 Regresamos al catálogo del compositor japonés Toshio Hosokawa (Hiroshima, 1955) por medio de dos nuevos compactos del sello NEOS que abordan su obra orquestal y de cámara continuando una serie de registros que ya había visitado nuestro diario con motivo de la edición, en el año 2009, del primer volumen de sus conciertos para solista y orquesta [leer reseña].

En aquel momento destacamos el diálogo que en la música de Hosokawa se establece: un sincretismo bidireccional que ha sabido recoger las esencias de Japón y Europa a través de una profundización en las antiguas tradiciones niponas así como en las técnicas europeas de vanguardia; síntesis de tiempos y espacios que ha conocido en su escritura instrumental brillantes soluciones tanto en lo armónico como en lo tímbrico. Los conciertos que hoy abordamos aportan distintas respuestas a esa construcción intercultural, con una evolución que se va adentrando en los terrenos del silencio y la depuración sonora, de una sencillez que es al tiempo un nuevo modo de respirar la música y una apertura a la serenidad y a la contención de la música cortesana japonesa.

Es así que la más antigua de estas partituras, el Concierto para violonchelo (1997), está aún marcada por la exploración tímbrica en un sentido más virulento, más avantgarde. Se trata de una pieza doblemente elegiaca, en memoria de dos de los maestros orientales de Hosokawa: Isang Yun, fallecido el 3 de noviembre de 1995, y Tōru Takemitsu, muerto pocos meses más tarde, el 20 febrero de 1996 (aunque en sentido estricto esté dedicada al segundo). La naturaleza es un referente para esta partitura, con sus procesos de arborescencia, que aquí tanto implican al violonchelo solista como a la orquesta -intrincadamente relacionados-, en la que proliferan sonoridades que van de un lenguaje de alturas a procedimientos extendidos de carácter ruidista. La parte solista es de un virtuosismo extremo en cuanto a digitación, de gran contraste entre registros agudos y graves: regiones que el trasfondo orquestal matiza en muy diversos niveles y sutilezas. La lectura realizada por Rohan de Saram al violonchelo es espectacular, abrumadora, y tanto se detiene como un suspiro en los compases de silencio, densos, sorpresivos y repletos de ecos, como se explaya en timbres complejos de enorme atractivo en sus pasajes más vehementes y abigarrados. La Orchestre Philharmonique du Luxembourg vuelve a sorprender en estos repertorios, con un refinamiento tímbrico muy rico en detalles. Robert HP Platz retoma la batuta en esta segunda entrega de los conciertos de Hosokawa, con la misma delicadeza y conjugación de modernidad y poesía que en el primer volumen. Gran página, este concierto, quizás la más atractiva del compacto.

A la estética que escuchamos en el concierto para trompeta, cuerda y percusión Voyage VII (2005) se accede directamente desde Metamorphosis (2000), concierto para clarinete, orquesta de cuerda y percusión. Ambas depuran progresivamente las aristas del Hosokawa de los años noventa, penetrando un universo de gestos reducidos y orquestas que extienden la voz del solista a modo de eco. Si en la página para clarinete aún escuchamos improntas de las segundas vanguardias, con sus proyecciones fonéticas al instrumento, en el lenguaje de la trompeta todo se ha simplificado hasta recalar en unas líneas melódicas recurrentes que se lanzan al efectivo instrumental para encontrar sus reverberaciones y nuevos perfiles, en general muy consonantes con el reducido y parco estilo del solista, con lo cual la página en su conjunto se antoja escasa tanto técnica como expresivamente, resultando este Hosokawa tan depurado mucho más interesante en el universo del cuarteto de cuerda que en esta misma reseña abordaremos. Tanto Olivier Dartevelle, al clarinete, como Jeroen Berwaerts, en la trompeta, firman versiones notables, más atentas a lo meditativo que al virtuosismo. En general, no me parecen a la altura de Rohan de Saram, si bien sus compases tampoco albergan la plétora de recursos que pone Hosokawa en manos del violonchelista, siendo aquí más importante la respiración circular, el juego de lanzar al ensemble motivos que éste devuelve transformados, haciendo del viaje (imagen tan habitual en el imaginario del nipón) un proceso de ida y vuelta, de encuentros y giros en espiral sobre un yo revisitado desde ángulos profusamente interrelacionados.

El segundo compacto está dedicado a los cuartetos de cuerda de Toshio Hosokawa, en los arcos del Quatuor Diotima. Hasta ahora, contábamos como gran referencia con la lectura del Arditti Quartet, grabada en agosto de 1995 para el sello Montaigne (MO 782078). El propio Arditti acaba de volver sobre la obra de Hosokawa, en su último registro para el sello Wergo (67612), disco que esperamos reseñar en fechas próximas para contrastar con estas lecturas del Diotima. Hasta cierto punto, se trata de tres compactos que no se solapan completamente entre sí, pues ninguno de ellos es plenamente coincidente en obras (aunque con los dos registros del Arditti cubrimos todo el abanico, con partituras que implican a otros instrumentos, en los quintetos con arpa, flauta y shō). Se trata de un universo de cámara que, como afirma Walter-Wolfgang Sparrer, surge del silencio cual trazos, por lo que lo relaciona con la caligrafía nipona, con su ramificación en el espacio, así como con el proceso de floración, de nuevo uniendo la música de Hosokawa y una naturaleza tanto lo ha inspirado.

Sparrer habla de una música de cámara en forma de meditación, que surge del silencio -un silencio hermético hermanado con la poesía japonesa (en la que se distingue el sonido del silencio y el sonido de la voz)- y que tras una proliferación sonora progresivamente compleja, sesudamente articulada (fruto de su conocimiento de lo más sólidamente estructural del pensamiento musical europeo), vuelve al silencio a través de una disolución. Un viaje, de nuevo; otra forma de circularidad, como lo era Voyage VII, si bien aquí ya afianzada desde mucho antes, y de ello Urbilder (1980), primer cuarteto de Hosokawa, es un magnífico y seminal ejemplo, tramado sobre una escritura muy refinada, virtuosística, concentrada, que contenía en sí misma buena parte de lo que iba a ser... Landscape I (1992) concentra la dinámica de surgimiento-afirmación-disolución en procesos sucesivos en los que se atomizan las estructuras a base de impulsos; impulsos que realzan cada tono, su plenitud sonora, la diferenciación que se establece con el subsiguiente impulso, con su distancia interválica, con la caracterización de cada altura y timbre en una dinámica muy visual de primer plano/fondo: paisaje, así pues, sonoro, o caligrafía del espacio. Landscape V (1993) analiza los paisajes desde otros ángulos, no tan impulsivos, sino extáticos y más ligadamente evolutivos, a partir de la pintura de Mark Rothko -con sus paisajes horizontales en dos campos cromáticos estrechamente ligados- y del kuhmo -fenómeno natural finlandés en el que las nubes parecen cambiar sus densidades a partir de los cromatismos que en ellas modula la puesta de sol-. Al cuarteto se une aquí el shō japonés, instrumento que se antoja idóneo para recrear esas auras sonoras, esos acordes sostenidos repletos de iridiscencias, de tonos que proliferan y van creciendo, cual respiración de un universo que destaca sobre un cuarteto más estático y uniforme. Pieza de enorme belleza, el segundo plano del cuarteto va creciendo a medida que avanza su recorrido, ganando en perfiles, en abigarradas disonancias, en relieves y crispación, en contrastes.

Silent Flowers (1998) combina ambos universos de pulsión y condensación, además de su asomo al teatro nō japonés, a su gestualidad, al parco universo de su dramaturgia, lacónica pero plena de fuerza en cada irrupción, aquí sonora y huidiza, en articulaciones en cuatro fases que remiten a esa escena nipona, a su coreográfica representación. Por último, Blossoming (2006-07) da otro paso dentro de ese universo de formas orgánicas y floraciones, a partir de la flor de loto, una flor que es el yo reflejado en la naturaleza, y que con ella crece, se expande, anhela la luz y el cielo, pero sin por ello dejar de afianzar sus raíces. Raíces son las que desvela Hosokawa cuando nos dice que las melodías del gagaku, su proliferación en canon, estructuran su cuarteto, volviendo a sintetizar sus dos polos de referencia: lo oriental y lo occidental, en el compositor de Hiroshima ámbitos florecientes como en pocos.

Las versiones que el Quatuor Diotima desgrana en ese universo de flores silentes e irisaciones cromáticas son excelentes, de una definición armónica pasmosa, de un control del sonido apabullante, tanto por su perfección técnica como por su densa poética. Comparando su lectura de Landscape V con la del Arditti (Montaigne), el Diotima resulta más cálido, nítido y estructurado en cada una de las voces; también más audible cada capa, especialmente la relación entre shō y cuarteto (apoyados en una mejor grabación, más amplia, corpórea y nítida). En Landscape I el Arditti busca (y encuentra) más relieves, pero en global me quedaría con el Diotima de nuevo, por su mayor poética, por un estilo a la hora de atacar y desgranar las sonoridades que sin duda es más afín a Hosokawa. Habrá que esperar a una audición del antes mencionado disco de Wergo para comprobar en qué punto se encuentra el Arditti en estos momentos con respecto a la música del japonés. La forma en que el Diotima la entiende se antoja idónea, por lo que el disco se recomiendo solo.

Las tomas sonoras son, en ambos compactos, excelentes. En el caso de los cuartetos de cuerda se trata de un SACD con una fidelidad espacial impactante; un espacio que se descubre en las vibraciones del cuarteto, que se vive a través de la grabación con una fuerte sensación de directo, habitado por los instrumentistas galos en cada resquicio. Los libretos vienen firmados por Walter-Wolfgang Sparrer, y en ellos atiende brevemente a cada partitura, en el marco de las relaciones que Hosokawa establece entre lo oriental y lo occidental, siguiendo la estela de sus respectivos aprendizajes con Yun y Hosokawa: su viaje de regreso desde Europa a Japón; un viaje apasionante.

Estos discos han sido enviados para su recensión por El Arte de la Fuga
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