España - Madrid

Una partitura que habla por sí misma

Mikel Chamizo
miércoles, 12 de febrero de 2014
James MacMillan  © James MacMillan / Facebook James MacMillan © James MacMillan / Facebook
Madrid, domingo, 19 de enero de 2014. Auditorio Nacional. London Philharmonic Orchestra. Lawrence Power, viola. Vladimir Jurowski, director. James MacMillan: Concierto para viola y orquesta. Gustav Mahler: Sinfonía núm.6 en La menor, “Trágica”. Ciclo Orquestas y Solistas del Mundo de Ibermúsica. Ocupación: 95%
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¡Qué importantes son las notas al programa para la música contemporánea! Al menos desde tiempos recientes, en que la mayoría de estrenos llegan acompañados de un pequeño ensayo que nos pone en antecedentes sobre lo que vamos a escuchar. Se ha desarrollado y definido un metalenguaje para hablar de la nueva música, a menudo extraordinariamente complejo y no pocas veces confuso. Los compositores proponen ideas cada vez más atrevidas -recientemente he escuchado obras inspiradas en las singularidades temporales de los agujeros negros, en el cine de David Lynch, una pieza que desarrollaba conceptos del pensamiento de Derrida, incluso un cuarteto de cuerda en octavos de tono que describía la vida en las cárceles turcas-, y, por esa razón, parece necesario señalar una ruta pedagógica hasta ese entramado intelectual. Luego se da el caso, demasiado común, de que la música no sea capaz de transmitir sonoramente lo que afirman sus notas al programa. Pero esa es otra historia...

El Concierto para viola de James MacMillan llegaba a Madrid pocos días después de su estreno absoluto en Londres. Al sentarme en mi localidad, dando por supuesto que ahí estaría, busqué en el programa de mano información sobre la obra que íbamos a escuchar. Pero apenas figuraba explicación alguna. Teresa Cascudo, la autora, aclaraba que en el momento de la redacción de las notas el compositor aún no había terminado el concierto y solo le había podido proporcionar el manuscrito del primer movimiento. Tras unas consideraciones generales sobre la figura de Macmillan, Cascudo solo podía limitarse a describir someramente lo que había visto en ese manuscrito.

Reconozco que no me gustó la situación: me he habituado a que una información previa condicione mi actitud de escucha y me incomoda tener que abordar la crítica de una obra de estreno, de la que no sé absolutamente nada, sin esa explicación. ¿Es honesto juzgar una obra cuando no dispones de las mínimas herramientas para discenir qué es lo que pretende, las estrategias con que lo intenta, y qué objetivos alcanza y en cuáles fracasa el compositor? En el repertorio del pasado esto es poco importante, porque en la mayoría de los casos una comprensión satisfactoria de una obra se puede referenciar en la propia retórica de la música o, en el caso de que esté presente, en el texto cantado; y, si el componente extramusical es importante, suele estar suficientemente estudiado y accesible a través de bibliografía o internet. Pero en la actualidad, con la inagotable pluraridad estilística y lingüística de este post-post-modernismo (o lo que sea) que estamos atravesando, un estreno absoluto es un salto al vacío para el público, que probablemente se estrelle de cabeza contra la ininteligibilidad de la música si no cuenta con el oportuno paracaídas de un explicación que le socorra.

Bien, el caso de este Concierto para viola de MacMillan resultó excepcional, pues esa explicación me pareció prescindible e incluso innecesaria. La partitura era tan rica en implicaciones, su lógica de situaciones sonoras y de causa-efectos formales tan bien hilada y sugerente, que el oyente podía proyectar sobre ella sus propias ideas sin necesidad de conocer las de MacMillan. El primer movimiento -quizá el más convencional en su estructura: una lírica introducción lenta seguida de un concienzudo y brillante allegro con rasgos de concerto grosso- dio paso a un segundo tiempo absolutamente fascinante. En él, la viola, junto con las cuerdas, despliega un discurso aparentemente sentimental, pero que con el paso de los minutos se va desvirtuando en algo que observa ese sentimentalismo a través de una lente perversa. Interrumpiendo ese discurso, o más bien arrollándolo, sobre tres o cuatro puntos del movimiento se eleva una sucesión de largos acordes de los vientos, cadenciando sobre un impresionante acorde mayor, que debería sonarnos optimista pero que se percibe como algo obsceno y peligroso. Una fuerza aparentemente positiva pero que es en realidad brutal, y que parece vigilar a la pequeña viola en su banal sentimentalismo, hasta que, en los últimos compases, ésta consigue escapar, como un pajarillo solitario, hacia el agudo.

No sé en qué estaría pensando exactamente Macmillan al escribir esto, pero, conociendo sus preocupaciones sociales y religiosas, uno cae en la tentación de sacar sus propias conclusiones. Yo quise entenderlo como una visión de nuestros falsos valores espirituales y éticos ante el trasfondo del capitalismo moderno, una feroz crítica a nuestro endeble sentimentalismo, que solo beneficia a una maquinaria sin sentimientos. La liberación de la viola de estos grilletes al final del segundo movimiento se reafirmaba en el tercero, que desplegaba un discurso pleno de vitalidad en el que hacía su aparición el folclore, en una grandiosa fanfarria de los metales y en el uso puntual de la viola como si fuera una fídula, símbolo de valores sencillos pero auténticos. Avanza el movimiento con una actitud luchadora que recuerda a Shostakovich, hasta que en el último tercio del movimiento, e inopinadamente, todo se detiene y la viola, junto con un grupo de cuerdas y la flauta, se sumerge en una liturgia. Un paréntesis, en el que describir lo que entona la viola como un rezo y una saeta se me antoja bastante exacto. Finaliza después el concierto, con unos compases entre caóticos y triunfales.

La anterior es, sobra decirlo, una lectura tan personal como imaginativa. Encaja con lo que escuché, como podrían encajar muchas otras interpretaciones de esta partitura. Pero me parece que eso es, justamente, lo valioso de la obra y lo que mejor arroja la imagen de la talla de MacMillan: que su música puede abordarse desde numerosas perspectivas y da pie a múltiples reflexiones. Exactamente como ocurre con los grandes compositores, categoría en la que creo que encajaría MacMillan sin mayor discusión, aunque algunos pretendan rebajar su categoría como creador con argumentos estéticos tan retrógrados como irrisorios.

La intepretación del Concierto para viola corrió a cargo de su dedicatario, Lawrence Power, que hizo una gran invención del mismo, recreándose con sus complejos cambios de carácter y comunicándolo con una autoridad evidente a pesar de ser su primer y, hasta el momento, único intérprete. Le acompañó Vladimir Jurowski con un gran cuidado en los matices tímbricos de la orquesta, fundamentales en este caso. En la segunda parte, dedicada a la Trágica de Mahler, Jurowski aplicó su gran técnica para lograr una versión funcional y transparente de la densa partitura mahleriana, dejando que hablase por sí misma, sin intentar explicarla o remarcar sus recovecos psicológicos, lo que funcionó bastante bien en el caso de esta sinfonía 'clásica', a su manera. Puede que hubiera una intención concreta al confrontar a Mahler con el Concierto de MacMillan, aunque la relación del escocés con Mahler se me antoje indirecta -seguramente a través de Shostakovich, quien si es una influencia evidentente en MacMillan-. En cualquier caso, la Trágica se vivió como un mundo totalmente diferente y la visión de Jurowski fue más que meritoria, como lo fue la ejecución de la London Philharmonic Orchestra.

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