España - Cataluña

Wagner en Tarragona

Josep Mª. Rota

lunes, 3 de marzo de 2014
Tarragona, domingo, 16 de febrero de 2014. Teatro Tarragona. Maribel Ortega (soprano) y Josep Fadó (tenor), solistas. Orquesta Sinfónica del Conservatorio de Música de la Universidad Nacional de Colombia. Guerassim Voronkov, director. Richard Wagner, Der fliegende Holländer (obertura), Mit Gewitter und Sturm (canción del Timonel), Tannhäuser (Dich teure Halle), Die Meistersinger von Nürnberg (obertura), Die Walküre (escena 3ª del acto 1º), Parsifal (Hier war das Tosen), Lohengrin (preludio del acto 3º), Tristan und Isolde (preludio y Mild und leise). Platea llena; anfiteatro vacío

El bicentenario del nacimiento de Wagner se saldó en Tarragona bajo mínimos. No así el de Verdi, que se festejó con una magnífica Traviata en el Teatro Tarragona. Lo único que se escuchó del Mago de Bayreuth en 2013 fue el Idilio de Sigfrido; además, por partida doble. Primero, por la Orquesta de Cámara Catalana en el Teatro Metropol; después, por la Orquesta Camera Musicae en el Teatro Tarragona. El magnífico concierto dedicado a Wagner, con coro y orquesta, que presentaban los Amigos de la Ópera de Sabadell en diciembre no tuvo su oportunidad en Tarragona. La concejala de Cultura prefirió la Norma de Bellini; el presupuesto no daba para más. ¿Algo más que el presupuesto no daba para más? Tuvo que ser la iniciativa popular, a través de los Amigos de la Ópera de Tarragona y, especialmente, de Juventudes Musicales de Tarragona, quien empeñara sus esfuerzos para traer a Wagner a Tarragona. Enhorabuena a todos ellos y, por encima de todos, al Maestro Guerassim Voronkov por lanzarse a la aventura de ir a taquilla con una orquesta de jóvenes músicos.

Hermoso concierto el que disfrutamos en el Teatro Tarragona. Generoso en la extensión y en la intensidad. Todas las pegas sobre el calibre de la orquesta y las voces, así como la sonoridad de la sala no pueden ni emborronar ni empequeñecer el excelente resultado global del concierto, obra de la fuerza carismática del Maestro Voronkov, por quien parece que no pasan los años. Su energía vital se transmitió a los músicos en forma de sentimiento y expresión, que llegaron al corazón del público.

En el primer acorde del Holandés se vio que la orquesta no podía ofrecer una verdadera tempestad, acaso una marejada. El viento consiguió soplar en la cara, sin embargo. El Preludio al acto 2º de Tannhäuser tampoco levantó el vuelo, pero se ajustó a la introducción de lo que venía después. Fue a partir de la Obertura de los Maestros Cantores que la orquesta se alzó majestuosa y solemne, con una contundencia inesperada. ¡Qué belleza de timbres, qué riqueza de armónicos, qué precisión de acordes! En la Valquiria, el Maestro Voronkov estuvo atento a los cantantes, mantuvo el pulso de la acción, se embriagó con la primavera y se lanzó a la carrera con los jóvenes incestuosos. Después nos regaló un Lohengrin y un Tristan de gran belleza y enorme sensualidad. Antes nos había dejado boquiabiertos por medio de su Parsifal, que dibujó con trazo fino y coloreó con una paleta amplia y brillante. Los fragmentos inconclusos se cerraron con el acorde sin añadidos (Timonel y Maestros sin la cadencia al uso, Lohengrin sin el añadido del Frageverbot). Sólo la escena de las Muchachas Flor se cerró con los acordes del final del acto 2º.

Las voces de Maribel Ortega y Josep Fadó superaron la prueba con un resultado global notable. Sus voces se prestan más a Elsa y el Timonel que a Isolda, Siglinda o Sigmundo; sin embargo, defendieron dichas partes con dignidad, arrojo y convicción. Entrar en el detalle (que si el La de Wälsungen Blut, o el Si de teure Halle resultaron más gritados que cantados, o que la pronunciación del alemán de ambos resultara sólo aproximada, o que los Wälse sonasen abruptos, etc.) no ha lugar, pues igual que la orquesta y el concierto en general, la actuación de Ortega y Fadó fue más que meritoria. ¿Acaso el público de Tarragona podía esperar más?

La escena de las Muchachas Flor contó con seis voces solistas, empastadas y atrevidas; una de ellas, Ángela Simbaqueba, asumió la parte de Kundry; la bella voz de David Rivera dio vida a Parsifal. Unas bailarinas adornaron la escena con sus movimientos. Por cierto, dichas bailarinas tuvieron la mala pata de interrumpir la música con sus esperpénticas pantomimas en diversas partes del concierto en las que no venían a cuento (Holandés, Valquiria); pésima idea de la coreógrafa de turno. La música resultó herida de consideración, pero consiguió sobrevivir.

En conclusión, una velada que respondió con creces al cartel anunciante, Wagner, arte total, gracias al Maestro Guerassim Voronkov.

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