Discos

El Trío Arbós, al rescate de la memoria histórica musical española

José-Luis López López
martes, 15 de abril de 2014
Sonata Concertata a Quattro. Spanish Piano Quartets. Julián Bautista, Seconda Sonata Concertata a Quattro Op. 15. Joaquín Turina, Piano Quartet in A minor Op 67. Fernando Remacha, Piano Quartet. Intérpretes: Trío Arbós (Juan Carlos Garvayo, piano Steinway & Sons D; Miguel Borrego, violín; José Miguel Gómez, violoncello) & Rocío Gómez, viola. Director musical: Francisco Moya. Ingeniero de grabación: Cheluis Salmerón. Producción: IBS Artist & Trío Arbós. Productor ejecutivo: Gloria Medina. Textos de Juan Carlos Garvayo. Traducción al inglés: Gordon Burt. Diseño gráfico: Enrike Ghares. Equipo de grabación de IBS: Horus by Merging, Pyramix Daw, Schoeps & DPA mics, Ghotam & Shoeps cables, PSI monitors. Booklet de 20 págs. en español e inglés. CD DDD de 63:34 min de duración, grabado en el Conservatorio Teresa Berganza de Madrid, 26-28 de enero de 2013, Agradecimientos especiales: Isabel Lozano (Biblioteca Nacional Española) y Margarita Remacha (hija del compositor). Pintura de cubierta: "Mediterráneo: tierra de pasión" (Arnesa). © 2013 Copyright IBS Artist. Dep. L. GR 2039-2013 | IBS-42013
0,000398 El Trío Arbós (Premio Nacional de Música -Interpretación- 2013) y la viola de Rocío Gómez afrontan en este CD la indispensable y meritoria tarea de recuperar unos trazos de la memoria histórica musical española, en este caso referida a un período (la II República), que, liquidado por las tropas franquistas ante la indiferencia de las democracias de aquel tiempo, fue condenado, durante los largos años de la dictadura del vencedor, al vituperio o al olvido. No es el caso del sevillano Joaquín Turina (1882-1949), que se integró en el régimen del General Franco (prueba de ello es que fue nombrado Comisario de la Música en 1941), pero sí, indudablemente, los del madrileño Julián Bautista (1901-1961), que eligió el exilio exterior (Buenos Aires, República Argentina, donde residió desde 1940 hasta su muerte), y el navarro Fernando Remacha (1898-1984), que optó por el exilio interior en su Tudela natal (donde primero fue arrestado y, más tarde, liberado gracias a las gestiones de su hermana, casada con un requeté) y murió en Pamplona. No obstante esos destinos dispares tras la Guerra Civil, es completamente congruente la inclusión en el CD de los respectivos cuartetos para cuerda (violín, viola y violoncello) y piano, incluido el de Turina, ya que este género camerístico escasea sobremanera en la primera mitad del siglo XX español. Resulta completamente notable que en un plazo de siete años (1931-1938) aparecieron tres obras maestras escritas para esta formación, de la cual no existían prácticamente ejemplos en la historia de la música española: las de Turina (1931), Remacha (1933) y Bautista (1938).

Este CD no ofrece los tres cuartetos en el orden cronológico de su composición (aunque sí el librillo, con notas de Juan Carlos Garvayo, pianista del Trío Arbós), sino en el siguiente: Bautista, Turina y Remacha. Ignoramos la razón. Nosotros seguiremos, en esta recensión, el orden en el que suenan los cuartetos en el disco.

La Seconda Sonata Concertata a Quattro, Op. 15, de Julián Bautista, fue escrita en Barcelona, donde el autor resistía los últimos embates de la guerra, como vocal del Consejo Central de la Música republicano, obra que consigue terminar, pese a los frecuentes bombardeos y los cortes de electricidad, en el asombroso plazo de solo dos meses: 20 de julio a 20 de septiembre de 1938. (Ya en 1933, fecha de composición del Cuarteto de Remacha, había escrito la [primera] Sonata Concertata a Quattro, perdida, como tantas otras páginas suyas, en los bombardeos de Madrid, que arrasaron su vivienda). El estímulo inmediato que lo movió a esta hazaña compositiva lo podemos datar, exactamente, un mes antes. Durante una breve estancia suya en Londres (mes de junio de 1938) para escuchar su obra Tres ciudades, para contralto y orquesta, bajo la dirección de Hermann Scherchen, Bautista supo de la convocatoria de un concurso internacional de composición en Bélgica, auspiciado por el Quatuor Belge à Clavier, con motivo del décimo aniversario de su fundación. Participa en el concurso, junto con otras 121 obras. Y en carta fechada el 23 de diciembre del mismo año se le comunica que la Seconda Sonata Concertata a Quattro ha obtenido el primer premio, otorgado por un jurado compuesto, nada más y nada menos que por Alfredo Casella, Arthur Bliss, Jacques Ibert, Arthur Honneger y Alexandre Tansman. La Sonata fue dedicada a S.M. la Reina Elisabeth de Bélgica. Este premio resultó providencial: el compositor se negó a regresar a España, aunque las autoridades francesas trataron inhumanamente a los españoles exiliados, y fue internado en el campo de concentración de Saint Cyprien, en el Departamento de los Pirineos Orientales, donde fueron hacinados a la intemperie de sus playas miles de desventurados. Julián Bautista pudo salir gracias a las gestiones de su esposa ente el encargado de negocios de Bélgica en España, Walter Loridan: el reciente galardón sirvió como pasaporte extraoficial para sacarlo del campo y reunirse con su esposa en Bruselas. Desde allí saldrían, meses más tarde hacia Buenos Aires, para no volver nunca más a España.

La obra (25:11 min de duración en esta grabación), aunque se estrenó en la Salle de la Maison d'Art de Bruselas el 10 de marzo de 1939, no llegó a publicarse, a pesar de que la casa Max Eschig lo había prometido (Bélgica fue invadida por los alemanes el 10 de mayo de 1940), permaneciendo inédita hasta la reciente edición a cargo del Trío Arbós. Pieza importante y vigorosa, consta de tres movimientos:

El primero, Allegro assai, que comienza con ímpetu arrollador (sobre todo el piano), evocando un cierto «primitivismo» stravinskiano, aunque teñido de elegancia meridional. Un dibujo rítmico agitado en su martilleo continuo forma lo que podría llamarse «célula madre» de la Sonata, pues sus temas derivan todos de él. Dice, en las notas del librillo, Garvayo con certera pluma: «Ritmos incisivos, intervalos melódicos obsesivos y armonías punzantes desembocan en una especie de lirismo desencajado, en el que se alternan de forma dialogada los instrumentos del conjunto». Y es cierto: resulta fascinante la combinación de la claridad neoclásica, desenvuelta dentro de una textura general muy densa, con la maestría y el idiomatismo de la siempre problemática formación de tres cuerdas y piano: el milagro de la unidad de las aparentemente contradictorias nitidez y turbidez.

El sorprendente segundo y central movimiento, Andante sostenuto, es la cumbre emocional de la obra: una atmósfera intensa y angustiada, tratada con exquisita suavidad y ternura (la genialidad de la «unión de los contrarios» es un sello de Bautista, que ratifica la sentencia de Heráclito: «la armonía no manifiesta es superior a la manifiesta»), da un resultado, a veces extremecedoramente doloroso, a veces como delicadas quejas desoladas, sumamente líricas.

El Allegro deciso final cancela la atmósfera irreal del segundo movimiento, regresando, ya en forma de danza popular de gusto español o con aires de sinuoso baile ultramarino, con un trabajo armónico muy libre (sobre todo en el piano), al tempo inicial, concluyendo en una coda de sonoridad frenética, salvaje y rotundamente brillante.

Una obra que exige tal conjunción y tal contraste necesita (y aquí encuentra) unos intérpretes tan excepcionales como los del Trío Arbós y la altista Rocío Gómez, que recrean un sonido conmovedor, extraño y adictivo.

Suena a continuación el Cuarteto con piano en La menor, Op. 67, de Joaquín Turina, compuesto en 1931. Casi una generación (16 y 19 años mayor, respectivamente) que Remacha y Bautista, en esos momentos, ya sólidamente asentado, miraba con respeto y simpatía, desde su estética nacionalista de principios pedrellianos pasados por el mortero de la rigurosa Schola Cantorum parisina, a los jóvenes «vanguardistas» del Grupo de Madrid (o de «los ocho», o «de la República»: Mantecón, Bacarisse, Remacha, Bautista, Rodolfo y Ernesto Halffter, Pittaluga y Rosa García Ascot, nacidos entre 1896 y 1906), gestado en la clase de Conrado del Campo del Conservatorio de Madrid (en el cual Turina era ya profesor).

La obra, estrenada el 11 de mayo de 1932 por miembros del Cuarteto Rafael, con Pilar Bayona al piano, recibió una crítica del ilustre Adolfo Salazar, publicada en el diario El Sol cuatro días después, de la que nos permitimos tomar prestados algunos párrafos: «El Cuarteto en La menor es una de las obras más considerables del afamado maestro sevillano. Está dividida en tres partes de no excesivas dimensiones, y el carácter general de la obra coincide con el estilo conocido en este compositor; es decir, un lenguaje de desinencias andaluzas conseguidas principalmente por el juego de las cadencias. La armonía está comprendida en los términos impuestos por esas desinencias modales, mientras que la conducción tonal responde al criterio de la Schola. Muy sencillo de contextura contrapuntual, el piano está concebido más bien como instrumento de color, en una alternativa que presta variedad al conjunto por oposición de timbres más bien que por su intervención en la textura general [...]. No hay otras fórmulas en la obra y la gracia y la frescura de su música corren enteramente a cuenta de la fácil inspiración y de la naturalidad de las ideas de Turina que, a su vez, responden estrictamente a su forma de hacer acostumbrada. Clara, de de una expansión cordial, agradable de oir y efectiva para los instrumentistas».

En efecto: el esquema formal seguido es el de una sonata con altas dosis de fantasía. El propio autor señala en su Cuaderno de notas (1946): «Está construido a base de un diseño generador que aparece en la introducción. Los temas son originales a pesar de su ambiente popular. Contiene tres tiempos: 1º Lied ampliado. 2º Scherzo en forma algo caprichosa. 3º Sonata, resumen de temas». El conjunto de la obra, con 16:46 min de duración, presenta las siguientes indicaciones de carácter: 1: Lento - Andante mosso, donde aparece el tema conductor de aire andaluz; tema que no es sino el marco para la inspirada saeta cantada por el violoncello. El segundo movimiento, Vivo, la mitad de breve que cada uno de los dos extremos, es ciertamente una especie de scherzo central, que lleva el sello del mejor Turina: movimiento alado creado por los pizzicati de la cuerda y vertiginosas escalas frigias de inconfundible acento andaluz. El tercer movimiento, Allegretto, como es habitual en las obras de formato mayor del autor, revitaliza a los temas anteriores, enlazándolos mediante una recapitulación cíclica, hasta la grandiosa culminación.

Se trata del Cuarteto más 'clásico' del disco, netamente 'turiniano', cuya interpretación por el Trío Arbós y Rocío Gómez es fluida, serena, y perfectamente respetuosa con el espíritu y el estilo de su compositor.

Pero, al igual que el de Julián Bautista, el Cuarteto para piano y cuerdas de Fernando Remacha es innovador para su época y merece incorporarse al legado de la renovación musical española del siglo XX. Ambos, Bautista y Remacha, se conocieron en Madrid en la clase de Conrado del Campo. Los unió su escasa diferencia de edad (poco más de dos años: Remacha nació el 15 de diciembre de 1898 y Bautista el 21 de abril de 1901), el frecuente trato, la coincidencia como autores en numerosos conciertos, el trabajo compartido en la empresa cinematográfica Filmógrafo (en la que Remacha, que ocupaba un cargo de responsabilidad, introdujo a Bautista) y, sobre todo, su adhesión y colaboración con el gobierno de la República a través del Consejo Nacional de Música (que, al final, condujo al desarraigo de ambos, igual de amargo, pese a elegir Bautista el exilio exterior y Remacha el interior, y la consiguiente erradicación de la memoria musical española de dos de los compositores más dotados de su generación).

Fernando Remacha ha sido calificado como «el compositor navarro más relevante y silenciado del siglo XX». Desde que decidió refugiarse en Tudela, la ciudad que lo vió nacer (no sin riesgo, pero preferible a la miseria y degradación de los campos de refugiados españoles en Francia), y, finalmente, consiguió la libertad (aunque no el reconocimiento que su arte merecía: este le llegaría dos años antes de su muerte, con la concesión del Premio Nacional de Música, categoría de Composición, en 1982). Abandonó la creación hasta los años 50, y en 1957 pone en marcha el Conservatorio Pablo Sarasate de Pamplona, del que fue director hasta su jubilación.

En la década de los 20 y 30, hasta el final de la Guerra Civil, fue considerado uno de los exponentes más importantes de la música española: el 22 de diciembre de 1933, el Cuarteto para piano y cuerdas recibió por unanimidad el Premio Nacional de Música. Y diez años antes había ganado el Premio de Roma de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, lo que le permitió trasladarse a Roma para estudiar con Gian Francesco Malipiero.

La obra (de cuyo estreno no se ha encontrado aún constancia firme) dura 21:23 min y se distribuye en tres movimientos. Dentro de la estética neoclásica dominante en el ámbito meridional europeo, el Concierto tiene una estructura formal nítida, apolínea (en su sentido más afilado y solar -tan brillante como cruel-), con cada tiempo concebido en torno a las formas clásicas puras por excelencia. El primero, Allegro moderato, en forma sonata; el segundo, Andante, como Lied ABA; el tercero, Allegro vivo, es un rondó. Se atisban aquí y allá influencias del Stravinski neoclásico en la precisión formal, en los ritmos incisivos y gestos abruptos, y en un cierto gusto por la «disonancia malévola». Y también están presentes Ravel, en los agudos pasajes líricos; y Prokofiev en el color y la fantasía que empapan toda la obra; e incluso el Shostakóvich jánico, Doppelgänger humorístico y a la vez obsesivo y sarcástico.

No obstante, esos 'perfumes' se diluyen y casi desaparecen, abducidos por el sentido global de esta obra extraordinaria, cuya escucha nos traslada a un mundo aparte, de un lenguaje radicalmente personal, propio, nuevo. El movimiento inicial es contundentemente rítmico, de un contrapunto magistral, con sus contratantes disturbios entre el primer y el segundo tema: ello da lugar a una escucha asombrosamente imprevisible; allí donde se podría esperar el dulce discurrir de la estética neoclásica consabida, aparece un torrente de música fresca, auténtica, prodigiosamente elaborada. El segundo movimiento comienza con un inocentemente engañoso tema, con armonías 'equivocadas' (intencionadamente) en el acompañamiento pianístico, seguido de un fragmento central hiperintensamente neobarroco, iniciado por la viola. Brillante euforia y virtuosismo despreocupado se condensan en los ostinati y en el ritmo 'atarantelado' (como escribe Garvayo en las Notas) del movimiento final, ese Allegro vivo que cierra esta obra portentosa.

En suma: un disco excepcional, sensacional, en el que se desvelan, eminentemente subrayados por una interpretación 'desde dentro', tesoros escondidos de la historia musical española. Justicia poética, memoria revivida; pero, sobre todo, un caudal de recóndita, profunda, belleza.

Este CD ha sido enviado para su recensión por IBS Classical
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