Reportajes

El Ballet de Víctor Ullate, una compañía a la medida de su director

Ana Isabel Elvira Esteban

miércoles, 21 de noviembre de 2001
Cuando el 28 de abril de 1988 se encendieron los primeros focos del Teatro Arriaga de Bilbao se daba luz a uno de los proyectos más deseados por Víctor Ullate: la gestación de una compañía de danza. Un grupo escénico que permitiera dar salida profesional al creciente número de jóvenes bailarines formados en su escuela, creada en 1983, y que entonces comenzaba a mostrar al público sus buenos resultados. Se trató de una brillante actuación, largamente ovacionada y aplaudida. Fue todo un éxito. Se reconocían el esfuerzo, el trabajo y los frutos de este ex-bailarín que había vuelto a España y estaba decidido a dejar constancia de su paso por la escena española. Se trataba de dar un paso firme dentro del lento y tortuoso camino que la historia contemporánea de la danza ha trazado a lo largo del siglo XX en España, y la huella había quedado profundamente marcada. Ya no había marcha atrás.Nacía así una de las compañías de danza que mayor trascendencia han tenido en el desarrollo del arte coreográfico español de la recién pasada centuria. Una agrupación que ha sabido aglutinar distintas sensibilidades estéticas y coreográficas, evolucionando de forma paralela y al mismo tiempo que lo ha hecho la propia sociedad española tras la disolución definitiva de la dictadura política franquista; aunando tendencias tradicionales más conservadoras junto a gustos acordes con la vigente sensibilidad contemporánea, y reuniendo entre sus filas a un elenco versátil, flexible y muy dúctil.Desde sus inicios el Ballet de Víctor Ullate se ha ido adaptando a los gustos del consumidor español. Un público que se ha ido formando y educando a la par que los propios bailarines, y que a su vez ha sabido responder en la mayoría de las ocasiones al producto ofrecido por esta joven y cambiante compañía. Joven por la edad media de sus integrantes, que suelen situarse en la veintena, y cambiante porque una vez estabilizado como grupo ha estado sometido a la constante ida y venida de sus miembros. De tal modo que en la actualidad apenas quedan algunos de los bailarines que participaron en su presentación. Un proceso de cambio continuo que no ha impedido, sin embargo, el que la compañía haya continuado su trayecto y su viaje a través del acontecer coreográfico español y europeo. Del mismo modo que no ha impedido su constante evolución, tanto técnica como artística.También dicha evolución ha marchado de la mano de la propia progresión de los miembros del elenco quienes, además de transformarse en artistas maduros, en algún caso han mutado su trayectoria y se han convertido en maestros, coreógrafos, e incluso diseñadores de vestuario y decorados. En pocas palabras y utilizando una metáfora, han evolucionado dentro de su propia profesión de forma absolutamente natural, del mismo modo que un árbol crece a partir de una semilla y germina lentamente, desarrollándose con mayor ímpetu cuando las condiciones climáticas son mas favorables hasta que logra dar sus frutos. Y esos frutos, que en un principio están llenos de savia y de verdor, poco a poco maduran hasta convertirse en una fruta jugosa y apetitosa; no sólo por su fragancia sino también por el dulzor de su carne. Del mismo modo el Ballet de Víctor Ullate de nuestros días ha alcanzado su madurez y ha hecho patente la consecución de esa meta inicial que se marcó en 1988, y por ello el público se siente atraído por el repertorio que ofrece, por la calidad técnica y por las cualidades artísticas de los bailarines que lo componen.Aunque fuera de nuestras fronteras no se sepa, la realidad política que determinada el panorama cultural español es compleja, o cuanto menos incierta; por eso el navegar por las procelosas aguas del océano dancístico español puede resultar en muchas ocasiones arduo y muy peligroso. Sobre todo porque se trata de un mar bravío e intranquilo, surcado por múltiples e inesperados vientos que pican su superficie hasta convertirlo en olas de gran tamaño y que pueden hacer naufragar la embarcación. Sin embargo, la nave abanderada por Ullate ha sabido bregar con cautela y maestría en la mayor parte de sus ya numerosos viajes ultramarinos, y ha llegado a buen puerto sin haber sufrido pérdidas irreversibles en el camino. Ya por ello, por sobrevivir y mantenerse a flote, merece enhorabuenas y elogios. Pero también porque su capitán ha sabido alterar el contenido de la carga en función de los gustos ajenos y de las necesidades de cada momento, y ello ha permitido la continuidad de esa arriesgada empresa.Así, en las profundidades de sus bodegas esta artística embarcación ha acumulado un repertorio que fluctúa entre la contemporaneidad y la tradición, que oscilante ofrece hoy una obra del siempre prolífico y cambiante Hans Van Manen, mientras mañana presenta una versión personal de Ullate sobre clásicos como Don Quijote y Giselle. Un repertorio, sin duda variado, que exige a los bailarines una versatilidad fuera de lugar. Algo que, en los comienzos de nuestro recién estrenado milenio, se ha convertido en característica sine qua non se puede triunfar en el mundo de la danza y gracias a la cual el paisaje dancístico mundial está siendo habitado, cada vez con más profusión, por un numeroso grupo de los que fueron antiguos integrantes de esta compañía (véanse Ángel y Carmen Corella, Joaquín de Luz, Igor Yebra, Lucía Lacarra, Tamara Rojo o María Giménez dentro de un largo etcétera de nombres); puesto que gracias a su amplia formación y el bagaje de su experiencia escénica han sabido adaptarse con gran facilidad a las exigencias básicas del mercado coreográfico.Porque no todos pueden formar parte de esta compañía. Bailar en el Ballet de Víctor Ullate, valga la redundancia, requiere grandes dosis de profesionalidad, además de un conocimiento profundo del lenguaje académico y una poderosa energía interior. Ninguna de las obras que forman parte del repertorio, ya sean originarias de coreógrafos extranjeros o nacionales, pueden ser ejecutadas ni interpretadas sin dominar a fondo el idioma de la danza académica, y desde luego eso no es posible si se ponen en escena algunas de las versiones clásicas, de las piezas balanchinianas o de los pasos a dos tradicionales que a lo largo de sucesivas temporadas ha ofrecido esta compañía en distintos escenarios españoles y extranjeros. Éste es, quizás, uno de los grandes logros de su director: el aunar estilos en un mismo conjunto, del mismo modo que lo es el salir fuera de las fronteras que delimitan la piel de toro y ser acogido con bienvenidas y aplausos en países como Holanda, Francia o Italia; sin olvidar las pocas pero productivas incursiones por el nuevo continente y sus habitantes más norteños.Muchos lectores de este texto se estarán preguntando ¿por qué se le da tanta importancia a algo que parece tan obvio? Permítanme que se lo explique con pocas palabras: porque en España eso es una excepción. Durante muchos años, fundamentalmente a lo largo de la extensa dictadura que marcó la evolución política, social y económica española, lo único que este país consiguió exportar a Europa fueron grupos de danza de estilo estrictamente española, ya fuese ofreciendo el folclor más característico y peculiar de nuestras tierras o la idiosincrasia más rancia del flamenco; pero apenas existieron compañías que pudieran competir estilística y coreográficamente con la danza que se estaba gestando en el resto del continente europeo. Y una vez liberados de las cadenas autoritarias que nos aprisionaban, la desenfrenada proliferación de compañías que tuvo lugar durante la primera etapa de transición política, desembocó lamentablemente en su propia extinción. Así pues, pocos han sido los grupos supervivientes y entre ellos muy pocos ofrecen al público tal variedad de propuestas.Por ello es bueno conocer su trayectoria, iniciada originalmente con la aportación creativa de coreógrafos centro y norte-europeos como Jan Linkens (Haynd Symphony) o Nils Christe (Cuarteto), en conjunción con las propias obras del también coreógrafo Víctor Ullate (Amanecer y Arraigo). A éstas se fueron sumando otras pertenecientes a autores de la talla de Rudi Vanz Dantzig (Cuatro últimas canciones) o el prolífico Hans Van Manen (Cinco tangos). Y así se fue conformando un repertorio inicial marcado fundamentalmente por la influencia de la escuela neoclásica holandesa, con obras basadas en la utilización de un sobrio pero a la vez muy expresivo lenguaje académico, y por la inclusión de obras de factura propia procedentes de la cosecha de su propio director. Siguiendo esa misma línea estética, durante los primeros años de la década de los noventa les fueron sucediendo Alma de Alba (Olivier Perriguey), For a Close Friend (Jan Linkens), Before Nigth Fall (Nils Christe), Hammerklavier, In the Future, Grosse Fuge o In and Out (Hans Van Manen), pero ya en 1991 el perfil neoclásico centro-europeo se amplió y enriqueció con el peculiar matiz americano de Balanchine y su Allegro Brillante; al que siguieron en sucesivas temporadas Concerto Barocco y Tema y Variaciones, y que unidos a los nuevos ensayos creativos de la casa (Psicosis y Simun, de Ullate o Underground de Eduardo Lao) conformaron definitivamente la que sería, a partir de entonces, una trayectoria variada, múltiple y cambiante. La que caracteriza y define a esta compañía.Quizá el punto de inflexión más acusado en ese proceso de mixtificación estilística llegó con la puesta en escena de una pieza de tono estrictamente tradicional, Las Sílfides. La abstracta y deliciosa recreación romántica de Mijail Fokine que daría paso e inauguraría el acercamiento de la compañía a los clásicos, no sólo introduciendo en el repertorio los acostumbrados Pasos a dos de corte más académico, sino también obras completas de gran formato que nunca se habían abordado en España con una compañía propia, dado que requieren la inmersión de sus intérpretes en un estilo insuficientemente asimilado. Nos referimos a las dos versiones de Giselle (1995/2000) y la particular recreación de Don Quijote firmada por Ullate en 1997. No hay duda de que su deseo de versionar clásicos ha requerido grandes esfuerzos presupuestarios, pero también ha permitido a esta compañía crecer, lograr apoyos institucionales como el otorgado por la Comunidad Autónoma de Madrid (Comunidad a la que representa desde 1996) y sobre todo, demostrar que es factible lo que en España todavía se considera imposible: que una compañía española ponga en escena obras del repertorio romántico o académico con un elenco de bailarines formados dentro de sus propias fronteras. Y que lo haga bien.No obstante, la incorporación al repertorio de coreografías de pequeño formato, con estética absolutamente contemporánea nunca se ha interrumpido, aunque sí se ha transformado e inclinado hacia lo local. Pues, aunque en ocasiones se han rescatado algunas de las obras aportadas durante los primeros años de la compañía por los coreógrafos holandeses e incluso se han incorporado obras de otros creadores como Maurice Béjart (Sonata a tres y Nomos Alpha), la tendencia de la agrupación ha sido la de mostrar los trabajos ideados por artistas que forman parte del grupo desde su inicio, Eduardo Lao (Tierra madre, Tsunami, Burka, Gogh) y Víctor Orive (Solo cíclico, Homéricas), o que se han incorporado después como José Cruz (Luna Mora, El lenguaje de las lágrimas; además de los elaborados desde entonces por el propio Víctor Ullate (l amor brujo, Volar hacia la luz, Tras el espejo, Jaleos, Ven que te tiente, Soleá Talata, Itu...¿bailas?, Seguiriya etc).En cierto modo podría decirse que a lo largo de la segunda mitad de su trayectoria la compañía ha ofrecido un repertorio españolizado, en el sentido de que la mayor parte de las coreografías proceden de creadores del propio país. Una decisión desde luego bastante inteligente, puesto que genera expectativas a quienes se les ofrece la oportunidad, y al mismo tiempo favorece el enriquecimiento y la continuidad de la propia agrupación. Además de contribuir al avance y el progreso de la propia danza española.Hay pues, en esta compañía un constante deseo de permanecer, aunque no de estancarse. Un deseo de mostrar, de crear y de seguir en la brecha. Un deseo de continuar en el tiempo y evolucionar. Algo que, como ya hemos apuntado más arriba, ha sido posible gracias a la disposición y el empeño de Víctor Ullate; y seguirá siendo posible siempre que se rodee de personas afines al proyecto, como es el caso de su director adjunto, Eduardo Lao, que las puertas sigan abiertas a la experimentación propia y ajena, y que la compañía se nutra de bailarines capaces de responder a tan difícil reto. Tan exigentes y profesionales como lo ha sido y sigue siendo, a pesar del paso del tiempo, su primitivo y actual mentor.

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