Ópera y Teatro musical

Gloriana, homenaje a una reina

Jaume Creus i del Castillo

martes, 20 de noviembre de 2001
En 1558, Isabel I de Inglaterra e Irlanda subía al trono al fallecer su hermanastra católica María Tudor. Casi cuatro siglos después, el 2 de junio de 1953, Isabel II era coronada como reina del Reino Unido y primera autoridad de la Commonwealth of Nations, después de ser proclamada el 6 de febrero de 1952. Habían transcurrido seis días desde la coronación cuando en la Royal Opera House Covent Garden se celebró una gala especial para presentar el estreno absoluto de Gloriana, la ópera que Britten había querido escribir para homenajear a su nueva reina y que ésta aprobó sin ninguna objeción (sólo algún censor se quejó por la escena en que una mujer vacía el contenido de un orinal sobre los partidarios de Essex), más halagada que no otra cosa.Después de Billy Budd, celebrada por su intensidad y densidad sinfónica, y del Canticle II, por aquellos días Britten buscaba tema para una nueva ópera. En el invierno de 1951-52 había estado discutiendo con William Plomer, su nuevo libretista, sobre la posibilidad de adaptar un cuento de Beatrix Potter, The Tale of Mr. Tod, una historia de animalillos cómicamente cruel. Por problemas de derechos decidieron dejar el proyecto aparcado y plantearse, en cambio, crear una historia original apta para niños. El resultado inicial fue una obra de ciencia-ficción con el título provisional de Tyco the Vegan. Y parece que Britten empezó a trabajar en el proyecto con material que le proporcionó Plomer, según se desprende de las cartas que el músico envió al libretista desde Austria, donde estaba esquiando con Peter Pears en marzo de 1952. Les acompañaban los Harewood (él, primo de la reina, y ella, hija del editor Erwin Stein, que entonces trabajaba en Boosey & Hawkes editando la música de Britten).Con esta pareja hablaron, lógicamente, de ópera y de posibles temáticas apropiadas al género. Incidieron en la importancia de las óperas nacionales ("si ahora no hay ninguna ópera británica, ¡pues componla tú!"); apareció en la conversación, entre otras y como era inevitable, Boris Godunov, basado en la obra de Pushkin, y no tardó en surgir la propuesta de escribir sobre algún soberano de la historia de su país. Al repasar los personajes, en seguida quedó claro que la mejor opción sería la época de Isabel I: precisamente en el momento en que Isabel II ascendía al trono, ¿qué mejor oportunidad para acercarse a la nueva reina y obtener su beneplácito y también -algo importante- su reconocimiento y amistad para épocas posteriores? Además, la relación entre Isabel I y Lord Essex ya había dado juego, tanto en el terreno operístico como literario. Donizetti ya se había ocupado de él, y Lytton Strachey había escrito Elizabeth and Essex: A tragic History (1928), un libro bastante conocido en aquellos años. Todo parecía encajar para terminar siendo la nueva ópera de Britten. Lord Harewood dio los pasos pertinentes con el secretario privado de la reina a fin de someter a la soberana la idea de esta ópera, que le sería dedicada con motivo de su coronación. A finales de abril de 1952 se obtuvo la aprobación real ("The Queen has graciously given her O.K.") y la financiación del Tesoro en colaboración con el Covent Garden. William Plomer aceptó escribir el libreto y Tyco the Vegan quedó definitivamente arrinconado.William Plomer era un amigo de E.M. Foster, que había sido libretista, junto con Eric Crozier, de Billy Budd y era el reconocido autor de novelas como Una habitación con vistas, Viaje a la India o Maurice; ésta última no se publicaría hasta después de su muerte por su contenido explícitamente gay. Al igual que Foster, Plomer también era mayor que Britten y también discretamente homosexual, pero en su caso hasta el punto de ocultar sus sentimientos reales y escribir desde posiciones contrarias a sí mismo. Para estos escritores, la homosexualidad no escondida de la relación Britten-Pears era casi una bandera, no exenta de investigación policial en algunos momentos, que los dejaba marcados a los ojos de una cierta sociedad bienpensante y, por descontado, hipócrita, de cuyas filas surgirán algunos de los detractores de Britten y parte de las ácidas críticas a Gloriana: las envidias por las distinciones de la reina, los falsos aspavientos por la actitud libre del músico, las reticencias ante el éxito indiscutible y el ascenso de Britten en el panorama operístico británico fueron los hilos de la trama que mantuvieron en un cierto ostracismo a esta ópera.Ayudado por el libro de Lytton Strachey y el 'correctivo' que suponía la biografía de Elizabeth I de J.E. Neale (1934), William Plomer empezó a preparar el libreto: introdujo en él un notable perfume isabelino, con fórmulas lingüísticas debidamente arcaizantes, y estableció lo que sería el entramado de la ópera, más como una serie de tableaux ilustrativos de algunos aspectos de la vida de la soberana (incluida la escena, extraída de Elizabeth and Essex, de la irrupción del conde por la mañana temprano en las estancias privadas de la reina, descubriéndola vieja y sin peluca, desarreglada, "tal como soy") que un trabajo introspectivo o psicológico de la relación amorosa de los protagonistas. Hay que decir que esta solución no era inusual: en realidad, el propio Boris Godunov, que había salido a relucir en las conversiones preparatorias, también se presenta en forma de cuadros, mezclando situaciones históricas con escenas íntimas, tal y como aparecen en la obra original de Pushkin, que a su vez había utilizado la monumental obra histórica de Karamzin sobre los zares para documentarse. Igualmente, la ópera Henry VIII de Saint-Saëns utiliza unos recursos parecidos para dar cabida a la trama personal dentro del contexto histórico, haciendo transcurrir unos años entre uno y otro acto. Y será Britten quien, con su ya probado acierto, aglutinará musicalmente los distintos tableaux, expresamente separados y encabezados por un título, con el uso de leitvmotivs, variaciones temáticas y juegos tonales que dan a la ópera el encaje unitario propio de sus óperas. También se sirvió de su experiencia en obras como The Beggar's Opera o con la música de Henry Purcell, sin descuidar las danzas de época que, bajo el nombre de "Danzas corales de Gloriana", constituyen la parte más conocida y difundida de esta ópera de Britten.Con todo ello, dio a luz una obra poco agraciada desde el punto de vista de sus primeros críticos (precisamente por la escena de la visión de Isabel I ya anciana y desaliñada), pero quizás también porque al querer condensar su sabiduría acumulada y siempre expansiva en unos cuantos cuadros y con un plus de carácter nacional, le salió un raudal creativo encorsetado y ceñido, como los vestidos de la época que retrataba. Las fórmulas musicales utilizadas parecen a veces innecesariamente comprimidas, los preludios que separan los cuadros son, comparados con los casi poemas sinfónicos de Peter Grimes, más bien diminutos, precisamente para permitir los cambios de escena, y las fanfarrias y trompeterías que añade para dar pompa a las situaciones corales tienen algo de artificioso, casi próximo al tópico. Pero probablemente lo que resulta digno de destacar (y la opinión es muy personal) es el estadio intermedio que creemos supone Gloriana en la carrera operística de Britten. Surgía de la etapa anterior con un espectacular dominio de la orquestación y la tensión dramática. En Gloriana esta tensión es menor, seguramente porque esta vez Britten ha apostado por la línea más tradicional, más ligada a la obra de Purcell, teniendo en cuenta el destinatario de la ópera. La voluntad de retomar la tradición operística del siglo xvii no andaba demasiado lejos. Y eso es lo que hará en adelante. Britten se apartará de la espectacularidad y tenderá a la austeridad, como demuestra su siguiente ópera, The Turn of the Screw. En eso precisamente radica el punto de inflexión: en Gloriana trabaja el material sonoro 'a la manera de Purcell', pero sin profundizar en él, sin extraer una sabia nueva, lo que sí hará en la exuberante, mágica y minuciosa A Midsummer Night's Dream, mucho más isabelina (Shakespeare obliga) y a la vez moderna que ninguna otra ópera de su catálogo. Y en eso tiene más de un punto de contacto con The Fairy Queen de Purcell. Así pues, quizás habría que ver Gloriana como una preparación para el Sueño de una noche de verano, y para las tres Parables for Church que también escribirá con la colaboración de Plomer en los textos.El 8 de junio de 1953 se estrenaba Gloriana (que es el nombre que algunos poetas de la época daban a Isabel I por deferencia halagadora). Era la novedad de la temporada: esperada por distintos motivos por público y crítica, acabó siendo un pequeño fiasco. Ya hemos dicho que la crítica no se mostró del todo propicia, pero tampoco llegó a condenar la música en absoluto: se trataba, en el fondo, de cuestiones de moral victoriana y de gusto estético atrasado. Los asistentes a la sesión de gala (poco habituales de las representaciones del Covent Garden) dieron muestras de aburrimiento y enojo, como pudo constatar Joan Cros, la primera Gloriana. La discretísima acogida inicial y el furor de algún crítico hicieron exclamar a Britten en una carta a Plomer: "La ferocidad de las bestias salvajes siempre constituye un shock". Críticos y público coincidieron en preguntarse si Gloriana era realmente digna de una reina que ascendía al trono. Esperaban un homenaje a la primera reina Isabel, que sirviera de glorificación y exaltación de la segunda. No querían ver a una Isabel I dividida entre el amor ilícito por Essex, traidor de la nación, y el deber que finalmente le empuja a mandar ejecutarlo. En el fondo, consideraron la ópera como una pieza de circunstancias, con el añadido peyorativo que significa esta etiqueta. Pero justamente eso sí era fruto de las circunstancias; en cambio, en las siguientes representaciones el público habitual pronto dio su voto favorable a la nueva ópera de Britten, e incluso el propio músico escribía en aquella carta a Plomer de julio del 1952, quizás para compensar el mal sabor de boca: 'Ha sido un enorme éxito […], ha superado todas las demás óperas de la temporada.' Y en otra carta (ésta a Elisabeth Mayer): "La obra me parece la mejor que he compuesto hasta ahora."Pero, fuera como fuese, no volvió a escribir ninguna otra ópera para el Covent Garden; a partir de entonces las estrenó en Aldeburgh, su lugar de residencia. Y fuera como fuese, la verdad es que no se dieron demasiadas representaciones durante los años siguientes después de la fría acogida del estreno. Hubo que esperar hasta 1963, y aún en aquella ocasión (motivo para creer en alguna maldición de la ópera) coincidió con el asesinato de J.F. Kennedy, lo que alteró anímicamente las representaciones. Siguió una nueva producción en el Sadler's Wells Theater en 1966, que también se vio en el extranjero, lo que empezó a proporcionarle fama internacional. Pero el éxito definitivo llegó con la reposición que en 1975 llevó a cabo la English National Opera (ENO). Ahora, ya consolidada, puede ser valorada sin esas distorsiones iniciales que la desdeñaron y maltrataron de modo no merecido. A veces los mejores encargos se convierten en una fuente de problemas. Peter Pears pudo reafirmar su primigenia incomodidad ante la ópera diciendo que no lo veía claro desde un principio. Pero, ¿quién puede decir nunca las últimas palabras, si todos debemos desaparecer un día u otro? De los principales protagonistas, casi sólo queda ya la destinataria de la ópera, la reina Isabel II. Y los poetas de esta época no la denominan Gloriana.

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