España - Cataluña

Clásicos del siglo XX y XXI

Josep Mª. Rota

lunes, 6 de octubre de 2014
Reus, domingo, 6 de julio de 2014. Teatre Fortuny. Samuel Barber, Adagio for strings; Salvador Brotons, Concert per a violí i orquestra, op. 67 bis; Jean Sibelius, Pelléas et Mélisande, op. 46; Helena Satué, violín, Orquesta Camera Musicae. Jordi Mora, director. Media entrada escasa
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Poca concurrencia en el Teatro Fortuny de Reus la noche del sábado para asistir al concierto de la OCM dedicado a clásicos del siglo XX i XXI. Estructura clásica también en el programa: obertura, concierto y sinfonía. En este caso, el papel de obertura lo hizo el Adagio de Barber, mientras que la segunda parte la ocupó la música incidental de Sibelius para el drama simbolista de Maeterlinck.

El Adagio de Barber es una pieza conocidísima, un clásico de la música de los EEUU, del siglo XX y, también, por qué no, de la música de cine. Para dicha obra, la plantilla dispuesta era 66543. El público estuvo muy atento y silencioso, tanto, que en esa mágica pausa que se produce antes de los compases finales, se podía oír el latido del corazón.

Para el Concierto de Brotons, se unieron a la cuerda arpa, percusión, y maderas y trompas a dos. El concierto es una reelaboración de la Sonata para violín y piano que compusiera Brotons años atrás. Actuó como solista Helena Satué, joven violinista formada en Barcelona, Madrid, París y Colonia. Violinista desde los cinco años, ganó su primer concurso a los doce. Como sucede a menudo en las obras contemporáneas, la dificultad de la pieza no deja lucir las dotes virtuosísticas del solista, como sí pasa en conciertos más efectistas. Además de ejecutar una interpretación técnicamente impecable, Helena Satué sacó un bellísimo sonido a su Guarnieri, sin apretar jamás, siempre con dulzura. Hay que decir que la obra era estreno absoluto en Cataluña.

La partitura de Pélleas sólo pide sección de cuerda de cámara, una flauta, un oboe que se alterna con el corno inglés, dos clarinetes, dos fagotes, dos trompas y percusión. A pesar de ser una obra de carácter intimista, lejos de Finlandia, Karelia y los grandes poemas sinfónicos, Jordi Mora sacó un considerable volumen a sus huestes, especialmente en Devant la porte de châteu y en el Entr'acte que precede a la muerte de Mélisande. Los siete cuadros sonaron diferenciados y con personalidad. La muerte de Mélisande fue especialmente emotiva. Como propina se bisó el festivo Entr'acte, que, si bien permitió el lucimiento de toda la orquesta, trompas finales incluidas, resultó chocante después de la muerte de Mélisande.

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