España - Madrid

Perfil bajo

Maruxa Baliñas
jueves, 26 de junio de 2014
Madrid, sábado, 14 de junio de 2014. Real Academia Española (RAE). Entrega del XII Premio SGAE de la Música Iberoamericana ‘Tomás Luis de Victoria’ y Concierto Extraordinario Monográfico Mario Lavista. Mario Lavista: Tres danzas seculares para cello y piano (1984, Jorge Fanjul, violonchelo, y Carlos Apellániz, piano); Marsias para oboe y copas de cristal (1982, Carmen Guillén, oboe, y Neopercusión, copas de cristal); Reflejos de la noche para cuarteto de cuerda (1984, Cuarteto Bacarisse); Salmo para soprano, cuatro crótalos y contrabajo (2006, Carmen Gurriarán, soprano y crótalos, y Roberto Terrón, contrabajo); y Danza isorrítmica para cuarteto de persusión (1996, Neopercusión).
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Personalmente esperaba que la entrega del XII Premio SGAE de la Música Iberoamericana ‘Tomás Luis de Victoria’ al compositor mexicano Mario Lavista (Ciudad de México, 1943) fuera una ceremonia solemne, con presencia de autoridades y cierto empaque. En vez de eso me encontré en lo que podríamos definir como un acto de ‘perfil bajo’: asistencia exclusiva de cargos de la SGAE (alguno de ellos ni siquiera iba de traje), y un público mixto en el que se mezclaban algunos mexicanos orgullosos de Mario Lavista y sus familiares y amigos, con gente apenas consciente de la importancia del compositor, que asistía principalmente porque el concierto que acompañaba al acto era gratuito. Ni siquiera estaban todos los miembros del jurado que el pasado mes de noviembre de 2013 decidió conceder el premio a Lavista, y tampoco el mundo de la música madrileña pareció volcarse en el acto.

Así planteadas las cosas, fueron los intérpretes del concierto que siguió al acto de entrega del premio los que realmente homenajearon a Lavista, y lo hicieron con auténtico respeto e incluso cariño. Como antes comentaba, en la cola de entrada al acto varias personas se preguntaban por la figura y la música de Lavista y mostraban su ignorancia. Creo que tras el concierto, la opinión de los asistentes era muy distinta: habían descubierto un nuevo compositor, y además de los buenos. Así lo indicaban los cada vez más entusiastas aplausos del público.

Cariño hacia España y la música española hubo también en el discurso de agradecimiento de Lavista, quien combinó inteligentemente los datos personales (su abuelo guitarrista flamenco y mozo de espadas, gran cocinero de paellas) con los estéticos y ‘generacionales’. Habló de sus estudios con Rodolfo Halffter en México, quien le dio a conocer la vanguardia europea y especialmente la Segunda Escuela de Viena, sus contactos con Bernaola, Barce y Marco –presente en la sala- durante su etapa  de estudios en París, y más recientemente su participación en cursos organizados por Mauricio Sotelo o como jurado en premios de composición de música para banda en Valencia.

Pero vayamos con el concierto, en el que la SGAE sí se volcó. La primera obra en sonar fueron las Tres danzas seculares para cello y piano, compuestas hace ya veinte años, pero que revelan bastante del compositor, toda vez que Lavista pertenece a esos compositores que una vez encontrado su lenguaje pueden evolucionar más o menos, pero se nota siempre una expresión propia que atraviesa toda su producción, o por lo menos así lo pareció en las obras que se escucharon en esta mañana madrileña y que abarcaban un total de 24 años de su carrera, desde 1982 hasta 2006. Las Tres danzas juegan especialmente con los efectos sonoros del violonchelo y en menor medida del piano, y aunque el programa del concierto habla de “la ampliación de su sistema armónico basado en el enlace de intervalos” refiriéndose al estilo de Lavista, lo más evidente en estas danzas fue “la exploración formal y de color armónico e instrumental”, otra característica suya muy propia según José Zárate, autor de unas notas al programa del concierto que reproducen la laudatio pronunciada por Zárate, el secretario del jurado que le dio el premio a Lavista.

La segunda obra del programa fue Marsias, una obra de unos 7.30 minutos de duración para oboe y campanas de cristal, que era además la más antigua de las que sonaron en el concierto. La obra me pareció muy interesante, principalmente por la utilización de efectos sonoros muy atractivos en los instrumentos -diafonías en el oboe mediante distorsiones, e incluso introduciendo un pañuelo como sordina y transformación del timbre y el registro, copas imitando el sonido electrónico, etc. - doblemente atractivos por tratarse de una obra de 1982. A esta creatividad tímbrica se unía una construcción formal sumamente eficiente, que hizo que la pieza pareciera un soplo, y por lo menos a mí me trasladara a un ambiente ajeno, a un mundo curiosamente debussyano, a pesar de las obvias diferencia de lenguaje. La interpretación de los tres percusionistas de Neopercusión y de la oboísta Carmen Guillén, a quien escuchaba por primera vez y me pareció una gran intérprete, fue de las mejores del concierto.

Sonó a continuación Reflejos de la noche para cuarteto de cuerda (1984), una de las obras más extensas del programa junto con el Salmo, que estuvo a cargo del Cuarteto Bacarisse. Zárate en sus notas resaltaba la importancia de esta obra, que sin embargo me interesó relativamente. Lavista explica la obra como una noche no angustiosa, pero sí confusa: “Todo lo que escuchamos en la noches es, probablemente, un eco de todos los ruidos producidos durante el día; y la noche, de alguna manera, convierte esos ruidos en sonidos nocturnos”. Idea atractiva que por momentos pareció traslucirse en la partitura, especialmente en unas preciosas melodías de armónicos y en un comienzo con ataques de arco o movimientos opuestos de arcos entre los cuatro instrumentos que creaban una confusión que bordeaba la agresividad sin llegar a caer en ella. Pero en muchos momentos la interpretación del Cuarteto Bacarisse no me llegó a arrastrar o a transportar como sí lo sentí en otros momentos del concierto.

El Salmo era la obra más reciente del programa (2006) y también la más extensa, aunque al contar con texto se hacía mucho más liviana. Fue la única obra vocal del programa, una pena puesto que Lavista es un compositor muy ‘textual’ incluso en su música instrumental. La soprano Carmen Gurriarán, muy volcada en la música contemporánea aunque también sea miembro del Coro Nacional de España desde 2010, hizo una interpretación ecléctica en su estilo: los “dominus” del comienzo sonaron como unas imprecaciones curiosamente barrocas al tiempo que contemporáneas, mientras el sonido de algunas partes que a priori parecían requerir un enfoque vanguardista fueron abordadas con una técnica muy convencional. Gurriarán se ocupó además de los pequeños crótalos metálicos. El contrabajista Roberto Terrón, que la acompañaba, gozó y nos hizo gozar de una partitura que le daba una posibilidad de lucimiento que no siempre los contrabajistas reciben de los compositores. Como en las anteriores obras del concierto, Lavista mostró una sensibilidad hacia la creación de atmósferas y la transfiguración de conceptos literarios en música que es uno de sus principales valores como compositor.

Resultó muy inteligente la elección de la Danza isorrítmica para finalizar el concierto. Se trata de una obra de poco más de cinco minutos, por momentos totalmente frenética, que entusiasmó a un público ya entregado entonces a la música de Lavista, por lo menos a juzgar por los crecientes aplausos a cada obra que sonaba. Cuatro percusionistas van proponiendo e imitando ritmos y sobre todo timbres de sonidos, y esto es un lenguaje que -como ya han deducido de los párrafos anteriores aquellos que no conozcan su música- Lavista domina. Si a ello se añade la entusiasta interpretación de Neopercusión, la Danza isorrítmica fue sin duda la obra más atractiva del concierto y que –por lo menos a mí- me dejó con muchas ganas de seguir descubriendo más música de Lavista.

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