España - Madrid

Una ópera difícil

Maruxa Baliñas
martes, 22 de julio de 2014
James Conlon © RAI / jamesconlon.com James Conlon © RAI / jamesconlon.com
Madrid, sábado, 14 de junio de 2014. Teatro Real. I vespri siciliani, ópera en cinco actos de Giuseppe Verdi, con libreto de Eugène Scribe y Charles Duveyrier. Versión italiana de E. Caimi. Intérpretes: Franco Vassallo (Guido di Monforte), Julianna di Giacomo (Duchessa Elena), Piero Pretti (Arrigo), Ferruccio Furlanetto (Giovanni di Procida), Francisco Tójar (Sire de Bethune), Luis Cansino (Conte Vaudemont), Adriana di Paolo (Ninetta), Antonio Lozano (Danieli), Alejandro Gónzalez (Tebaldo), Fernando Radó (Roberto), y Eduardo Santamaría (Manfredo). Coro de la Comunidad de Madrid (Pedro Teixeira, director). Coro (Andrés Máspero, director) y Orquesta del Teatro Real. James Conlon, director musical.
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Creo que es de justicia comenzar esta reseña con una felicitación general a todos los participantes en esta representación, tanto los músicos como la propia organización del Teatro. No es fácil escuchar unas Vísperas sicilianas y más raro aún que la interpretación tenga la calidad alcanzada en esta ocasión. Después de escucharla me reafirmo aún más en mi admiración por los cuatro cantantes protagonistas, que se ven obligados a encarar unos papeles muy exigentes. Los aplausos a Piero Prettri –quizá el más débil de los protagónicos- al final de la representación me parecieron excesivos si se juzga sólo por su desempeño sonoro, pero justísimos si van dedicados a un cantante que está en escena y cantando durante gran parte de los cinco actos. Y no mucho menores son las exigencias a Julianna di Giacomo, quien canta menos tiempo, pero casi siempre con un gran nivel de exigencia. Su parte no tiene casi escenas de relleno. También a Vasallo y Furlanetto se les pide un gran rendimiento y buena parte de su maestría se reflejó precisamente en su inteligencia a la hora de repartir esfuerzos y buscar momentos de relajación.

Como es bien sabido por nuestros lectores, I vespri siciliani es la primera ópera que hizo Verdi para París y -como él mismo escribió en diversas ocasiones- el trabajo no le resultó sencillo. París exigía unas óperas muy amplias, con varios números que incluyeran ballet, y una grandiosidad en el tema y el montaje que molestaba a un Verdi que ya estaba explorando sus capacidades de concisión en el desarrollo argumental, concentración del dramatismo, veracidad, etc. Y sin embargo, consiguió ser convincente en los cinco actos, unas tres horas de música, y crear una ópera que ciertamente no es de fácil escucha pero se lleva bien, incluso cuando -como en este caso- no existe la ayuda de la escena.

Esta dificultad es evidente desde el primer momento. La Obertura fue espléndida, sobre todo con Conlon en la batuta, pero a lo largo de la representación se vio que el coro era demasiado numeroso, que la orquesta fuera del foso tendía a tapar a los cantantes, que los tempi elegidos por Conlon no siempre eran cómodos para la voz, etc. O sea, el problema que se plantea casi siempre con las óperas en concierto, el difícil equilibrio entre lo instrumental-musical y lo estrictamente vocal o narrativo. En este sentido de equilibrio entre las partes, el tercer acto resultó el más acertado, así como el final de la ópera, aunque en ese momento ya era muy evidente el cansancio de los cantantes. A destacar también en el cuarto acto la escena del 'De profundis', donde confluyó todo: orquesta, solistas, coro ....

La mejor cantante fue sin duda Julianna di Giacomo (Duchessa Elena), que además de su bello timbre posee un fiato amplio y buena potencia de voz, que se une a una experiencia que la convirtió en la única cantante a la que en ningún momento le tapó la orquesta ni le falló la sonoridad. Hizo un precioso ‘Juramento’ en el segundo acto y se lució en todos los dúos y escenas de conjunto. O sea, de esas cantantes que aprecias en sí mismas y que además mejora la prestación de sus acompañantes, por lo que el placer es doble.

De Piero Pretti (Arrigo) lo que más me impresionó fue su valentía. Comenzó la ópera algo destemplado e incluso con problemas de afinación, pero cuando calentó resultó un gran cantante, por lo menos en los tres primeros actos. Sin embargo la voz parecía algo forzada casi desde el primer momento e incluso en ocasiones amenazaba romper, algo que no ocurrió hasta su solo inicial a comienzos del 4º acto: a partir de entonces la voz tendía a sonar sucia, pero cantó todo y de un modo profesional, y cuando en el último acto tuvo que hacer su último 'Addio' a Elena no dudó en arriesgarse y subir al agudo, siendo premiado con un decidido 'Bravo' del público, que estuvo 'aplaudidor' en todo momento y especialmente al final de la representación.

Vassallo y Furlanetto me recordaron, especialmente tras el descanso de los tres primeros actos, uno de esos épicos partidos de tenis entre Nadal y Djokovic, ambos igualmente agotados físicamente pero luchando por cada punto. Furlanetto ya no es el gran bajo que recordaba -hay pequeños errores, cierto vibrato sobrante- y a Vassallo también se le nota el paso del tiempo, pero ambos cumplieron sobradamente con sus partes en el aspecto expresivo y se midieron muy inteligentemente con las dificultades vocales, buscando momentos de descanso o relajación, de tal modo que su interpretación sonó mejor de lo que -objetivamente hablando- estaban haciendo. A destacar la maldad de Furlanetto en el último acto: siempre me asombra su capacidad para hacerse odioso, incluso cuando no puede actuar, a base de detalles mínimos pero que se agradecen mucho en una versión de concierto como esta.

Entre correcto y muy bueno el resto de los cantantes. A menudo se dice que la calidad de una ópera o de una orquesta se mide por la calidad del peor de los componentes, y esto es algo en lo que el Teatro Real ha mejorado enormemente a lo largo de los años. En estos momentos hay en España una buena cantera de cantantes capaces de resolver eficazmente cualquiera de los roles secundarios de una ópera y dar un marchamo de calidad a la representación. Así lo entendió el público, que al final de estas Vísperas aplaudió no sólo a los protagonistas, sino también a prácticamente todos estos cantantes secundarios, prolongando lo que ya había sido una larga velada.

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